El Orgullo Gay no se sostiene

Written by on 8 Julio, 2017 in Critica, Sociedad - No comments
Sociedad. Crítica.
Por Gustavo Catalán…

El pasado fin de semana se celebró en Madrid, con eco en la mayoría de capitales, el World Pride; en castellano, el orgullo mundial, más conocido como Día del Orgullo Gay y etiqueta para una efeméride homosexual que se antoja  (el nombre, que no la fiesta si es de su gusto) absolutamente impropia.

De acuerdo —¡faltaría más!— en que cada quién asuma y explicite, si le apetece, su orientación sexual, y el repudio o condena de la misma, como sigue ocurriendo en decenas de países, es claro exponente de espíritus y regímenes antidemocráticos sin ninguna justificación ético-racional. Sin embargo, ninguna opción debiera ser motivo de orgullo, e incluso interpretando el tal como reacción a la histórica represión, sigue sonando a desmesura y desenfoque. Porque, para empezar, la identidad de cada cual es poliédrica y denota escasa lucidez el resumirla exagerando —aunque sea un solo día— la querencia sexual como principal faceta, además de ser, dicha exhibición pública, claro signo de inseguridad como lo es cualquier exaltación de la propia identidad frente a terceros.

Madrid (30-06-2007) Europride 2007, la mega fiesta del Orgullo Gay celebrada esa tarde por el centro de Madrid. Imagen digital Juan Manuel Prats

Llega a ser quien eres, aconsejaba Píndaro, pero se hace difícil deducir que tras semejante espectáculo, persiguen la pretendida y deseable normalización con base en la egolatría y el griterío, artificiales penes enarbolados o culos al desnudo que remiten obligadamente a Cèline, cuando escribió que “Cualquier tonto del culo (traído aquí por literalidad y sin segunda intención) se mira en el espejo y ve a Júpiter”.

Habré de reiterar una vez más, siquiera por soslayar la acusación de homofobia, la oportunidad —la necesidad, si estamos por el progreso— de respetar escrupulosamente la otredad. Pero orgullo, ninguno: ni los manifestantes ni nosotros, los heterosexuales. En cualquiera, homo o hetero, habrá quien tenga motivos para sentir legítimo orgullo, pero no es uno de ellos la orientación sexual, ajena a voluntad o esfuerzo. ¿Debería haber también un día del orgullo femenino y otro para quienes calcen el número 43 de zapato? En síntesis: Día de la normalización, que no de un orgullo manifestado, además, con excesiva tosquedad por no decir grosería. Y para finalizar, lo de gais sigue sonando un algo impostado. Antes eran sodomitas hasta que un húngaro, en 1869, empleó la palabra “homosexual”. Han sido desde antiguo maricas, e ignoro si el anglicismo gay refuerza su orgullo, pero tengo por seguro que la reciente alternativa de letras sumadas (LGTBI) no se va a hacer extensiva en el habla cotidiana, así que, ¿por qué no designar las cosas por el nombre más usado? Pero no fueran a suponer lo que no es: tampoco me gusta, por seguir con los palabros, spoiler ni meme, más bien memez. Para colofón, he oído que a la LGTBI van a añadirle una “Q” y, a este paso, acabarán por hacerse con el abecedario entero, ordenado a su gusto. Otra peculiar forma de normalización. O de orgullo, si lo prefieren

Es difícil decir algo nuevo o formularlo de modo que no suene a más de lo mismo y, en tales circunstancias, la originalidad se antoja una empresa imposible. Como resultado y para evitar el aburrimiento, solemos hacer oídos sordos a la mayoría de críticas, denuncias o propuestas. Estamos más que hartos de frases hechas y discursos previsibles por parte de individuos u organizaciones, así que, al hilo de estas reflexiones, se me ha ocurrido un recurso que, si utilizado por todos, podría —siquiera transitoriamente— evitarnos la sensación de estar rodeados de los tópicos de siempre y, a través de la sorpresa generada, concitar de nuevo nuestra atención.

Se trataría en síntesis de que cada partido político y sus correspondientes voceros, cada grupo o colectivo, defendiese propuestas absolutamente contrarias a las que han venido preconizando hasta aquí, en la seguridad de que las suyas serían asumidas por otros. De hacerse extensiva la estrategia, no restaría eco a cualquiera de las que nos llegan aunque, promovidas por gente distinta, recuperarían el interés que han perdido por sabidas. Imaginen a Pedro Sánchez lanzado a una apología de los viejos barones de su formación; a Podemos subrayando las ventajas de la experiencia como legitimación de las viejas castas o al portavoz del PP recordando con ahínco a la audiencia, en forma de listado, los aciertos de González o Zapatero.

Recreen por un momento lo que podrían sentir de escuchar a Trump en un denodado empeño para procurar mayor bienestar a los inmigrantes ilegales, convirtiendo la lucha contra la pobreza en su prioridad y terminando con un ¡Viva Méjico! Supongan a cualquier grupo ecologista sugiriendo la conveniencia de recalificar el suelo rústico o aduciendo razones para poner en cuestión el cambio climático mientras el presidente americano se lleva las manos a la cabeza al tiempo que aporta datos científicos; a la confederación empresarial haciendo de la precariedad laboral su prioridad, mientras que los sindicatos afirmasen con rotundidad que la riqueza de estos debiera aumentar para que los empleos creciesen en paralelo. Y así hasta donde se les ocurra. ¿Inverosímil? Pues tanto como suponer que podamos seguir prestando atención a lo mismo y salido de las bocas de siempre; desde que tuvimos la primera erección —y no precisamente por la excitación que nos causaron—. O la primera menstruación. El atractivo no depende sólo de lo que se dice, sino también de quién lo propone y, en la experiencia de muchos, no hay como seguir en las mismas para, como movido por resorte, cambiar de canal.

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About the Author

J. GUSTAVO CATALÁN Nacido en Guipúzcoa. Licenciado y Doctor en Medicina (1990) por la Universidad de Barcelona. Especialista en Oncología y Endocrinología. Diplomado en Metodología Estadística por la Universidad de París y en Sanidad (Escuela Nacional de Sanidad,1982). Tras ocupar la subdirección del Centro Regional de Oncología de Baleares, jefe de la Sección de Oncología del Hospital General de Mallorca hasta 2002 y, posteriormente, jefe del Servicio de Oncología del Hospital Son Llàtzer (Ibsalut) hasta 2011. En la actualidad, ejerzo en el ámbito privado. Autor o coautor de más de 100 artículos y diez libros sobre la especialidad. Miembro electo de tres sociedades científicas nacionales y dos internacionales (European Association for Cancer Research y European Society for Medical oncology). He formado parte del comité editorial en cuatro revistas profesionales y becado por trabajos de investigación en ocho ocasiones. En 1987 obtuve el Premio Ciudad de Palma en el área de investigación científica. EN CUANTO A LAS LETRAS… En 1993, el primer libro de relatos: "De una cierta desmesura" (Edit. Prensa Universitaria. Palma de Mallorca) y, en 1997, el segundo: "Mi Giovanna por tres horas". Otros cuentos en volúmenes colectivos (1996, Edit. Noesis, Madrid; Edit. Ergon en 2005 y 2007…). Autor de las novelas “No habrá quien nos pueda separá más nunca” (Edit. Olañeta, Palma de Mallorca, 2000), “La fosa común” (Edit. Huerga y Fierro, Madrid, 2001) y, en la misma Editorial, “Tiempo de Despedidas” (2006) y “Frente a mí” (2014). También colabora en prensa con asiduidad. Autor de la columna semanal “Polvo de Letras” en la revista “Illespress” hasta su extinción y, desde hace 17 años, los domingos, columnista de opinión en “Diario de Mallorca”. En 2013 inició el blog “contar es vivir (te)” (http://gustavocatalanblog.com).

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