“Tovarich” Castro, Rusia no es la URSS

Written by on 8 noviembre, 2018 in Academia, Critica, Historia, Política - No comments
Academia. Historia. Política. Crítica. 
Por Roberto Alvarez Quiñones.

Al parecer  la élite militar y civil  que manda en Cuba padece un mal que me atrevo a llamar el “Síndrome del Quijote”.  Confunde el deseo con la realidad.

Sorprende que desde la troika suprema  integrada por Raúl Castro, Machado Ventura y el presidente designado  Díaz-Canel,  hasta el último de los jerarcas castristas crean que los lazos de “solidaridad” que había con la Unión Soviética podrían  ser restablecidos con la Rusia de hoy.

Saben que no habrá subsidios, pero están esperanzados en que la ex Madre Patria del castrismo haga generosas concesiones en materia comercial, financiera y militar. Falsas ilusiones. La URSS “proletaria” de Marx y Lenin yace sepultada en las rojizas  murallas del Kremlin. Y allí mismo brotó la otra Rusia,  igualmente con ínfulas imperiales,  pero nacionalistas y capitalistas de pies a cabeza: el dinero por delante, o no hay negocio.

Una muestra ha sido el reciente viaje de Miguel Díaz-Canel a Moscú, adonde llegó a pedir ayuda económica y militar. Rápidamente  el segundo jefe del Gobierno ruso,  Yuri Borísov, aclaró en el canal de TV Rossía que la ayuda que su Gobierno prestará a Cuba no será en perjuicio de los intereses económicos de Rusia. Dijo que actuar de ese modo sería “insensato, inconveniente y podría repetirse la experiencia viciosa de la Unión Soviética”. “Por ello, —remató—  al ayudar a Cuba y a otros países no perdemos de vista nuestros propios intereses”.

Algunos podrían pensar que Borísov  lo dijo para tranquilizar a los rusos, que rechazan que Moscú pueda regalar a Cuba  dinero que ellos pagan en impuestos. No lo creo, Borísov envió un mensaje al jefe de  Díaz-Canel: “Tovarich Raúl, Rusia no es la URSS”.

Tal vez  las ilusiones de La Habana se basan en que Putin es un ex mayor de inteligencia, espía de la KGB en Dresde, Alemania Oriental, y todavía pudiera conservar un poco de su “corazoncito” soviético y darle una mano al castrismo.

No. Putin en suelo alemán vio desplomarse el Muro de Berlín,  y se dispararon sus ambiciones de poder y riqueza personal. Tenía magníficos contactos, y uno de ellos era Boris Yeltsin, quien en 1999 lo dejó como  sustituto suyo.  Desde entonces Putin es el hombre fuerte, y megamillonario,  de un país de autocracias sinfín que jamás ha conocido la democracia moderna de Montesquieu, Locke y Rousseau.

Gigante atómico con pies de barro, economía “emergente” 

También la élite castrista supone que con las ínfulas imperiales de Putin y su antagonismo con EE.UU.  Moscú puede desafiar cada vez más a Washington.  Error doble: 1) Rusia tiene  7,000 ojivas nucleares, pero  Putin sabe hasta dónde pueden llegar sus “atrevimientos” geopolíticos, y 2)  Rusia es un gigante atómico con pies de barro. No es parte del Primer Mundo.

La economía rusa es clasificada en la ONU como “emergente, en un grupo especial llamado BRICS, que integran también China, Brasil, México, India y Sudáfrica. Pero como emergente es prima hermana de Turquía, Chile, Argentina, Colombia, Polonia, Indonesia, Malasia y Tailandia,  por debajo de  Corea del Sur y Taiwán, integrantes ya del Primer Mundo.

En 1991,  al perder Rusia las 14 colonias que completaban la URSS,  los rusos se enteraron asombrados de que su país no era una potencia económica, sino que el Producto Interno Bruto (PIB) era inferior al de Brasil, igual al de México y la tercera parte del de la India. Y sigue siendo así. En 2017 el PIB de Brasil fue de $2.1 billones de dólares y el de Rusia fue de $1.6 billones. El de EE.UU. fue de $20 billones.

Como consecuencia de 74 años de comunismo, Rusia aún está atrasada con respeto a Europa Occidental.  Sigue siendo un país exportador de materias primas, igual que en los últimos 200 años. Hoy  los ingresos totales del Estado dependen en un 50% de esas exportaciones, sobre todo de petróleo, espina dorsal de la economía rusa, que 27 años después sufre aún las consecuencias devastadoras del “socialismo real”.  Utimamente su capacidad para satisfacer las necesidades económicas y sociales de la población no aumenta, sino disminuye.

Por su agresividad  geopolítica, Rusia sufre de sanciones económicas de EE.UU. y Europa. Encima tiene problemas de productividad que arrastra de la URSS. Según el Ministerio de Desarrollo Económico, el PIB en 2018 solo crecerá en un 1%, y hasta 2024 no logrará un 3%. La inflación subirá en 2019 a un 5%, algo fatal para el consumo y las inversiones. Y el barril de petróleo, se estima bajará a 56 dólares en 2019 y a $42 en 2020.

En tanto, la URSS  era un imperio con 15 repúblicas propias,  verdaderas colonias soviéticas rusas a las que les succionaba sus riquezas, y otros siete países de Europa del Este y uno de Asia (Mongolia) bajo su total control político.  Lenin y sus herederos formalizaron con carácter comunista el antiguo imperio iniciado por Iván el Terrible, primer zar ruso (césar en ruso), en el siglo XVI, y ampliado por Pedro el Grande en el  XVIII.

Es eso lo que añora Putin, pero inalcanzable en el siglo XXI. La URSS tenía 22.4 millones de kilómetros cuadrados, una superficie mayor que los 22.2 millones de toda la América Latina. Y el doble de la superficie de un continente, Oceanía.

Si Moscú logró tener cohetes intercontinentales nucleares y naves espaciales fue porque aquella URSS colonialista dedicaba el 17% de su PIB a la esfera militar, mientras el promedio mundial era de 1.1% en 1990, y un 5% en EE.UU., según la organización Rand.

Ni modernización militar, ni más comercio

Rusia no está en condiciones de dar “ayuda fraternal” ni a Cuba ni a nadie. Lo que puede hacer es apoyar al castrismo políticamente, y de forma  limitada coadyuvar a una mínima reposición del obsoleto parque militar de la isla, siempre que La Habana lo pague mediante ciertos créditos, como el concedido recientemente por $50 millones. Baste un detalle: si un avión ruso MIG-35 cuesta 40 millones de dólares. ¿Qué modernización militar puede lograr Cuba con $50 millones?  ¡Por favor!

Tampoco es posible aumentar en grande el comercio bilateral. Cuba no tiene ni cash ni casi nada que venderle a Rusia. Ya ni azúcar produce. Hace poco importó 40 mil toneladas de azúcar de Francia. La zafra 2017-2018  fue tan desastrosa que se dejaron de producir 300 mil toneladas que ya estaban vendidas.

El comercio bilateral ruso-cubano en 2016 fue de apenas de $223 millones, pero el intercambio comercial Rusia-Latinoamérica fue de $17,000 millones, según fuentes rusas.  Con “bloqueo” y  todo EE.UU.  envió en 2017 más mercancías a Cuba (alimentos por $250 millones)  que  Rusia. Y  los rusos no necesitan  médicos que no sepan su lengua.

Interés ruso en Latinoamérica no irá muy lejos

Moscú tiene interés en Latinoamérica y por eso apoya a cuanto gobierno se opone a EE.UU. Pero esa ambición tiene el handicap de los pies de barro. Solo intervendrá en Latinoamérica si saca claras ventajas económicas, como hace con el petróleo y el gas en Venezuela.  Sí aspira a seguir ocupando espacio económico y comercial en Sudamérica  si las empresas estadounidenses no se espabilan. Pero las aspiraciones hegemónicas rusas de mayor alcance se concentran en el Medio Oriente y en Asia Central  porque ese es su entorno inmediato.

El experto militar ruso Igor Korótchenko declaró a la revista Sputnik que Rusia debe volver a Cuba e instalar allí tres bases militares, una de inteligencia electrónica para espiar a EE.UU., una base para submarinos nucleares, y hasta desplegar allí sistemas de misiles.

Fue un bluff  para presionar al Gobierno de EE.UU. a que no salga del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio firmado por Gorbachov y Reagan en 1987 —que Rusia viola— y  para presionar a Washington a que deje  las sanciones a Rusia. Putin se ha endiosado con su ambición de gran potencia, pero no al punto de perder el contacto con la realidad.

Moscú no va a provocar una grave crisis con EE.UU. ni por Cuba ni por ningún otro país lejos de sus fronteras. Políticamente Moscú es aliado de Cuba, pero no ideológicamente. En Rusia el vocablo socialismo es una mala palabra.

Los rusos ya no siguen a Lenin, sino a Adam Smith cuando dijo: “No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”.  Ya en la patria de Stalin están vacunados.

 

 

 

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About the Author

Roberto Álvarez Quiñones (Cuba). Periodista, economista, profesor e historiador. Escribe para medios hispanos de Estados Unidos, España y Latinoamérica. Autor de siete libros de temas económicos, históricos y sociales, editados en Cuba, México, Venezuela y EE.UU (“Estampas Medievales Cubanas”, 2010). Fue durante 12 años editor y columnista del diario “La Opinión” de Los Angeles. Analista económico de Telemundo (TV) de 2002 a 2009. Fue profesor de Periodismo en la Universidad de La Habana, y de Historia de las Doctrinas Económicas en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI). Ha impartido cursos y conferencias en países de Europa y de Latinoamérica. Trabajó en el diario “Granma” como columnista económico y cronista histórico. Fue comentarista económico en la TV Cubana. En los años 60 trabajó en el Banco Central de Cuba y el Ministerio del Comercio Exterior. Ha obtenido 11 premios de Periodismo. Reside en Los Angeles, California.

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