La conciencia, el mito y lo ontológico. Los egos y el observador

Literatura. Ciencia. Filosofía. Crítica.
Por Manuel Gayol Mecías.

 

Conciencia. Imagen tomada de Definición.

Ya puede hablarse, con toda responsabilidad científica, de que los animales no humanos tienen conciencia, puesto que durante la Francis Crick Memorial Conference, en la Universidad de CambridgeInglaterra, realizada el 7 de julio de 2012, trece neurocientíficos de renombradas instituciones, como Caltech, el MIT o el Instituto Max Planck, en presencia del científico Stephen Hawking, firmaron un manifiesto afirmando la existencia de “conciencia” en diversos animales no humanos (1).

Realmente la Conciencia Universal (o Dios) ha sido el punto original de la Creación (para los creyentes) y, por tanto, es vital —como ya hemos visto, es lo más extraordinariamente importante de la Creación—; algo que en esencia nos sugiere el punto de partida de todo. La conciencia no solo conforma la fuente originaria de la materia y de un diseño del universo caótico y al mismo tiempo puntualmente organizado (tanto que el caos da la impresión de ser ordenado), sino además es el punto de partida de lo mitológico (fe, creación poética, mística, arquetipos, imaginación e intuición) y de lo ontológico (ser fecundo y fecundado, ser con su problemática corpórea, ser con sus confusiones y aciertos existenciales, ser con su trascendencia). Y ambos efectos —lo mítico y lo ontológico— son esencias de todo lo creado.

Gilgamesh Part 1: The Creation of Enkidu | Mythic Mojo.

El mito —en su relación con la conciencia individual— aparenta ser una manera colateral de interpretar el mundo, pero si tomamos en cuenta que el mito o leyenda viene de la parte imaginaria de la conciencia; es decir, aun cuando puede ser realidad objetiva, asimismo es imaginación (y en mi criterio de Realidad, la imaginación y todo lo que venga de lo fantástico y lo imaginario, conforma la otra parte oculta del sentir y hasta del actuar del ser humano; o como decir, es el otro componente que influye y/o da vida a la realidad física), entonces la apariencia, para la conciencia, deja de ser tal y se convierte en un lenguaje semiótico más que, junto a los sueños, representa la función ignota o secreta de la mente individual, y de hecho pertenece al verdadero sentido de la Realidad.

De aquí que esa semiología, que es el mito, late oculto en el remoto inconsciente, si acaso, quizás colindando con los también invisibles parajes de la conciencia. El mito ha interesado siempre a los curiosos de la introspección, a los artistas, a los creadores literarios y asimismo a los más expertos investigadores de la psicología humana, entre ellos, interesó muchísimo a uno de los científicos que más contribuyó a otorgarle funcionalidad al mito, como fue Carl Gustave Jung con sus arquetipos. En este sentido, la doctora y profesora Margarita Mateo Palmer apunta:

Hay una amplísima variedad de puntos de vista sobre el mito como categoría útil para el análisis literario que abarcan desde los conceptos de Platón hasta perspectivas del siglo XX como las de Cassirer, Lévi Strauss, Barthes, Malinowski, Eliade, Campbell y otros, pasando por algunas escuelas como la ritualmitológica norteamericana, que ejerció una gran influencia sobre la crítica literaria de su tiempo, o la Escuela de Tartu de semiótica, que concedió gran importancia al estudio del mito (2).

Esta importancia es un despliegue de lo que, hasta hoy en día, en mayor o menor medida, se ha desprendido del reconocimiento del mito. No obstante, si bien es cierto que también ya abundan excelentes trabajos sobre los variados ángulos que puede dar el mito, aún no he entrado a ver las perspectivas de este en cuanto a su relación directa en el plano de la conciencia.

Siendo el mito un elemento principalísimo de lo imaginario que yace en el inconsciente, aun en su aspecto remoto como actual (este no se puede encontrar en otro estado que no sea el de la inconsciencia, según el propio Jung). No obstante, el carácter de arquetipo del mito, por lo remoto, y su aspecto fantástico como leyenda, al presentarse y entrar en el ámbito racional le hacen navegar muy bien como punto de partida y base de la conciencia histórica del ser humano. Desde su sentido de arquetipo hasta la semiótica como muestra de intencionalidad narrativa, el mito se establece a modo de un patrón profundo de la inconsciencia, pero en relación estrecha con la conciencia. En su carácter funcional como fábula, leyenda, ficción, quimera, tradición, invención y cuento el mito hace del asombro inconsciente un consciente mágico, enriquecedor no solo en lo personal, sino asimismo en lo cultural. Y es que el mito cuenta a modo de una representatividad de distintos tipos de culturas religiosas y paganas, así como de la literatura moderna, ya que en definitiva, a la hora de hablar de “creación del mundo” o de “creación del universo” (aclaro que fuera del contexto de las ciencias exactas y naturales), es el mito el que tiene una amplísima importancia de ser representación figurativa o simbólica en un sistema de valores dado, por ejemplo, la mitología griega, la mitología escandinava y la mitología occidental del siglo XX, entre muchísimas más.

Por tanto, repito, el mito es un elemento fundamental del inconsciente en su estrecha relación con el consciente, y como tal responde a ese carácter principalísimo que la mente (también conciencia en este caso) tiene como creación y origen de las cosas y del ser humano, incluso del contexto en que se ha desenvuelto ese ser humano.

Pixabay

Por su parte, lo ontológico atañe a todas las problemáticas de la relación entre el ser (su materialidad como cuerpo de carne y huesos) y el ser (alma como ropaje inefable, sublime, de la energía de la conciencia, pero tambien como interioridad del ser de carne y huesos). La página web de Historia de la filosofía, en su acápite de “Filosofía griega”, dice lo siguiente:

Ontología es la disciplina filosófica más importante. El resto de disciplinas (antropología, teoría del conocimiento, teología racional…) dependen de un modo u otro de ella. Etimológicamente la ontología se puede definir como el logos o conocimiento del ente. Y de forma técnica se la suele definir como la ciencia del ente en tanto que ente. Ente es todo aquello que tiene ser; del mismo modo que llamamos estudiante a toda persona que estudia, o amante al que ama, ente es el término que podemos utilizar para referirnos a las cosas en la medida en que estas poseen ser. Desde este punto de vista las piedras, los animales, las personas, Dios mismo son entes puesto que poseen algún tipo de ser, aunque cada uno a su manera. Los objetos matemáticos e incluso los meramente imaginados también tienen un ser (estos últimos un ser ficticio o irreal) (3).

Si la ontología es la “ciencia del ente en tanto que ente”, y el ser o ente —por su conciencia— recibe y procesa las percepciones que vienen desde el exterior, es naturaleza de la conciencia dar forma visual (visible) y función a toda la información que llega a nuestra mente. En este sentido, la conciencia re-crea esa información, ya que la devuelve dándole una forma específica a cada conglomerado de energía que percibe. De esta manera, el ser es la conciencia misma, ya que sin ella el ser entonces no puede percibir, no puede tener el conocimiento de lo que le rodea, y así no  seguiría siendo un ente para otro ser. En esencia, la conciencia es una procesadora de conocimientos de una manera creativa, puesto que toma una cantidad de energía y la transforma en imagen (forma y función) para definirla en objeto o en otro ser. Y a los dos les otorga además la potencialidad energética de su propia alma, excepto a determinadas energías oscuras que se presenten ante la conciencia y que pudieran constituirse en cosas y seres vaciados de luz.

Hombre-energía. Flickr.

¿Pero es esta energía independiente al ser corpóreo que tiene conciencia? Aparentemente sí, porque la energía parece ser una fuerza otra, pero en realidad no está totalmente separada de la conciencia individual, porque de alguna manera procede de la misteriosa fuente que llamamos Conciencia Universal. Pero su separación es solo aparencial. En esencia, la energía del ámbar está en todo, adentro y afuera de nuestro propio ser (cuerpo) y rodeando, en el interior, a todo el ser (ente anímico). Una energía ubicua que viene a ser una fuente sui géneris, invisible y latente tanto en lo animado como lo inanimado; impulso de ámbar para todo tipo de creyente, en general, que sería identificado como la energía, como la fuerza e impulso de la Conciencia Divina o de la simplemente Conciencia de Dios.

Repito, esa energía rige asimismo para las conciencias de los seres humanos (lo que quiere decir que la energía de la Conciencia Universal está enlazada con la energía de las conciencias individuales de los humanos, sin dejar de considerar la posibilidad de que también se entrelace con la energía que —por muy mínima que sea— se encuentra en la conciencia de los animales y, probablemente, de las plantas y de los demás objetos inorgánicos, en caso de que estas últimas realmente también tuvieran una conciencia de plantas o de flora. Por eso se ha llegado a decir, desde una perspectiva religiosa, que “Dios se encuentra en todas las cosas”). En otras palabras, la Conciencia Universal, insisto —mediante la energía del ámbar— está interconectada, con cada uno de los seres que existen y, por ser energía primordial, con toda la naturaleza del universo. Esta relación indisoluble propicia que la conciencia dé forma y sentido a todo lo que vibra en el ámbito exterior e interior del ser humano y de los extraterrestres, en el sorprendente caso de que por fin aparecieran.

En realidad, la conciencia es la creadora de la materia. Su sensorialidad permite otorgar forma, sustancia y concepto a las percepciones. Así, la conciencia viene del origen (Conciencia Universal); viene hecha para transformar la energía en materia y, a través de la luz en las conciencias individuales, dar vida a las cosas; es lo fundamental, base y punto de partida de toda la vida que nos rodea. Sin conciencia estaríamos ciegos, no podríamos percibir el mundo, no seríamos seres racionales, sino unos simples muñecos que nos moveríamos por instintos. No tendríamos libre albedrío ni destino divino, fuéramos solo cúmulos de vibraciones sin la inteligencia del ámbar (4), a la deriva y no tendríamos tampoco evolución.

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Bishop George Berkeley – Google Art Project. Wikimedia commons.

“Solo puedo conocer mi propio yo”, insinuaba George Berkeley, y daba una forma extrema del subjetivismo. Entonces mi “yo” creaba el mundo y el universo en torno a mí. Todo lo demás si lo percibo, existe porque yo existo. Esta es la posibilidad intuitiva y misteriosa de la conciencia. Según planteaba Berkeley, lo externo a nuestro alrededor se consumaba en uno mediante las percepciones. De aquí que percibir era (es) vivir el mundo en la mente. Este se constituye en uno de los sentidos del subjetivismo filosófico, en el que a mi propio entender todo lo externo existe dentro de mí mismo, y aquello que lo crea es la luz de mi conciencia convertida de pronto  en observadora.

La conciencia, al mismo tiempo que percibe, almacena esas percepciones y las ordena, y las organiza en función de una vida corpórea. Cuerpo que se percibe a sí mismo y que oculta el alma y la conciencia, y da vida a las cosas percibidas. Pero Berkeley, entre la de otros tantos expertos, nada más sería un punto de partida que me sirve para imaginar; es decir, especular, ya que mi conciencia y la mente (es reservorio interactivo) no solo crean las cosas del mundo y del universo conocidas por otros, sino que además la conciencia y la mente al crearlas imaginan, proyectan mi propio mundo diferente al mundo de los demás seres que también concientizan (y mentalizan) el entorno que les rodea y, asimismo, el suyo propio, ahora tan diferente de mi invención. Pero que al mismo tiempo, las cosas y los seres se ven iguales en sus especies y clasificaciones, aun cuando en cada momento del mundo y del universo se sienten diferentes. Es el “sentir” aquello que hace la más estricta diferencia, mientras que el “ver” y el “entender” lo uniforma todo en cuanto a un sistema de configuraciones y formas.

Woman-in-the-computer-matrix-image… Goodfreephotos.com.

Sin embargo, sucede que nuestra conciencia individual, desde que nacemos, se encuentra en dependencia de lo que nos enseñan. Por algún extraño y tamaño motivo (aún en el misterio de la matrix) aquello que aprendemos no responde a la verdadera realidad, sino a una vida de ilusiones (imaginaciones otras no relacionadas con la verdadera realidad corpórea que tenemos), espejismos y ensueños que vienen, desde que somos unos niños, alimentando esa entidad ficticia que llamamos ego y que, sin saber su origen ni por qué razón, nos domina. Y después que tenemos la edad adecuada, digamos, unos 7 años, empezamos a razonar erróneamente o, quizás, pudiéramos decir: “en otras coordenadas” —porque nuestros padres y la sociedad nos enseñan así, sin explicación alguna del porqué de este equívoco original o de esta otra dimensión egotista— las percepciones que vienen del ámbito que nos rodea. De manera que este primer ego —aun cuando parte de los primeros errores o, tal vez, “manipulaciones” de vida— es racional-otro y responde de una manera moderada a los impulsos que nos llegan.

Con el tiempo, en muchos casos, el ego racional se va deformando debido a la avalancha de conceptualizaciones desacertadas, de falacias que nos distorsionan el camino de la evolución. Es como si también la vida a través de nuestros padres, familiares y amigos, algo o alguien, nos la convirtiera en un laberinto, donde muchos senderos, no todos, por supuesto, nos condujeran a lo irracional.

El verdadero mundo se deforma cada vez más, y por ello el ego puede pasar de la moderación necesaria para poder ubicarse en esta vida, a la irracionalidad mental y al entorno objetivo muy fácilmente. Y es que vivimos en un orbe que está falseado y hasta deformado, si podemos emplear la metaforización, diríamos que es a modo de una matrix, como la de la película, que nos manipula y nos impone deformaciones para nublarnos la visión, y no dejarnos ver la verdadera realidad de los seres y las cosas. En otras  palabras, nos llevan a una involución que termina por convertirse en nada.

El ego irracional así busca constantemente la aprobación de los demás. La irracionalidad es la máscara de un “yo” que vive de fantasías en la que este yo se convierte en el centro de un contexto artificial. Con la máscara del disparate, según nos deja saber el escritor Armando Añel, queda atrás el ego moderado, yo racional, que más bien tiende al temperamento  de la humildad, a la sencillez de una vida sana en todos los sentidos. Pero cuando nos descuidamos y perdemos el control de nuestro yo racional, entonces todo lo descabellado de una existencia superficial se apodera de nosotros y nos transforma en seres inverosímiles, que van desde una locura, a veces supuestamente inofensiva, y en otras hasta las más aterradoras de las conductas.

El ego racional es el verdadero ser, que deja de ser tal porque ha cedido ante las tentaciones ficticias que marcan las relaciones en la sociedad y se convierte en irracional. Esto puede ser así. En otras tantas, puede ser que lo irracional se superponga a la inocencia del niño, y si esa alma trae un gran por ciento de oscuridad, es probable que se pierda en el laberinto borrascoso de la vida.

En realidad, el disparate en que vivimos nos aleja de las sencillas y justas emociones que pudieran anidar entre nosotros. Pasamos de la humildad y seguridad de lo que somos como seres humanos a la enajenación del “tener” y del Poder, que es el hecho de querer más y más, y medir la vida que llevamos por la ilusoria vara de un materialismo estúpido y decadente que nos pueda poner por “encima” de los demás. Nos transformaríamos en seres que creeríamos ser felices, sin darnos cuenta de que la felicidad no viene a ser ni el poder ni lo superficial. Nada que esté vacío puede ser feliz (aun cuando muchos aparentan estar llenos, pero es de “nadaísmo”).

El ego irracional en esencia es inferioridad; es temor a la vida y a los demás. Por lo que nos hace vivir en dependencia de un prójimo que se va a ver más como enemigo que como amigo. Las relaciones sociales se distorsionan porque vemos una hostilidad frecuente y, por tanto, buscamos defendernos del otro intentando superarlo en las habilidades y tenencias. Así, del exterior creamos fantasías, sin darnos cuenta de que para ser feliz nada de eso hace falta. Nuestra conciencia empieza cada vez más a perder concienciación.

Por eso necesitamos controlar y cuidar el ego racional, que como ya he dicho llega hasta ser humilde y moderado, aunque también logra proyectar su propia personalidad, y sus habilidades de individuo, para bien de los demás, y es lo más cercano al alma, a nuestro verdadero ser original. Lo que sucede —y es para bien— es que el ego racional, en su inteligencia, se reconoce en su autoestima, en su necesidad también de saber que él ocupa un espacio en este mundo, y que su espacio hay que respetárselo, pero al mismo tiempo —y por ello— respeta a los demás egos racionales. Es un ego de energía benéfica. Ese que posee una conciencia que, de hecho, siempre debe estar lista para saltar hacia adelante, para avanzar en una evolución de cosmogénesis, vinculada al alma, estrechamente ligada al ser que somos.

La observadora. Public domain

Ese control y cuidado lo realizamos a través de la observación inteligente y genuina de nosotros mismos. La autoobservación que debemos hacer es la de distanciarnos del yo humilde que somos y saber evaluar lo que nos rodea, darnos un tiempo a la reflexión interior y medir, sin reparo, las consecuencias de nuestros actos, aspirar a las pequeñas y a las grandes cosas, de una manera tal, que nos legitime y nos sirva para mantener la sencillez del ser. Debemos acostumbrarnos a esa sencillez y humildad y no dejarnos arrastrar por el ímpetu de la política materialista de este mundo. Pero, por supuesto, tampoco sin caer en la falsa modestia, que es otra forma de enmascarar al ego irracional.

El observador. PxHere

El observador es imprescindible para contrarrestar las fascinaciones e incitaciones desmedidas, el galanteo y coqueteo de una sociedad del desatino, el despropósito y el dislate. Sociedad y/o civilización que del espectáculo (Guy Debord /Mario Vargas Llosa) está pasando cada vez más al absurdo de lo descabellado (Añel). Sociedad que se ha hecho ya un sinónimo de vacuidad, de superficialidad, en la que está imperando no solo el espectáculo, como ha indicado el autor de La guerra del fin del mundo, sino además la insania total de una lucha egotista por la superioridad en todos los sentidos, el poder político y económico, el obtuso populismo tanto de izquierda como de derecha, la ambición del dinero, la avaricia de tener más a toda costa. De ahí las guerras y las catástrofes sociales en este mundo. En fin, una sociedad perdida en una dimensión virtual (matrixta quizás) que hace de nuestra humanidad un ciberespacio extremo, absorbente y hasta agonizante.

Vivimos, realmente, en una sociedad de las apariencias; en una “sociedad centrada por la moda”. Y ello es debido a “lo inseparable del nacimiento y desarrollo del mundo moderno occidental”, según como lo plantea el filósofo, sociólogo y profesor Gilles Lipovestky (5), quien abunda en lo siguiente:

Empíricamente podemos caracterizar la “sociedad de consumo” bajo diferentes aspectos: elevación del nivel de vida, abundancia de artículos y servicios, culto a los objetos y diversiones, moral hedonista y materialista, etc… Pero estructuralmente lo que la define en propiedad es la generalización del proceso de la moda. Una sociedad centrada en la expansión de las necesidades es ante todo aquella que reordena la producción y el consumo de masas bajo la ley de la obsolescencia, de la seducción y de la diversificación, aquella que hace oscilar lo económico en la órbita de la forma moda (6).

Estas características no parecen guardar el equilibrio entre un sentido de vida que sea positivo o negativo, puesto que más bien apuntan a lo segundo. Pero independientemente de ello lo que más me interesa aquí es resaltar que estas características contribuyen a deformar a un gran número de personas que, en sus inicios de vida, han tenido un ego moderado muy débil, una frágil racionalidad a la que le ha sido muy difícil controlarse, y en primera instancia me atrevería a pensar que esa “debilidad ante el mundo de la moda” ha podido ser en esa persona debido a su falta de educación y preparación que propicia su conversión a la persona-masa, o a la persona-Narciso sin contar que existen otras muchas personas con fuerte educación y cultura, que se dicen o se ven como intelectuales, y que, sin embargo, practican también una vida efímera (kitsch o cursi) (7); en otras palabras, su ego racional fácilmente pasa a lo irracional, a lo inmoderado e incontrolable de una personalidad que se deja arrastrar por la seducción del consumo.

Es indiscutible si “el orden estético-burocrático domina la economía de consumo, reorganizada en el presente por la seducción y la caducidad acelerada” (como plantea Lipovestky (8), el frágil ego racional entonces se desborda en su “dejarse seducir”, y la ambición se pone en acción constantemente para ganarle la carrera a la “caducidad” de los objetos, de su oportunidad de negocio, o a la “necesidad” de estar a la moda, de estar al día en el consumo.

Solo estudios de corte psicosociológico, dirigido fundamentalmente a estudiar y controlar las irracionalidades del ego, podría crear en la persona de hoy en día ese ego racional que se convertiría en el observador imprescindible para evitar los desbordamientos de personalidad y mantener así la moderación de un ego sensato. Por eso es tan necesaria una educación (en el sentido más ético posible), desde la primaria hasta la universidad, que conlleve un programa de valores para contrarrestar lo artificioso de la seducción del consumo; valores que en la actualidad nada más podríamos hallar en la naturaleza personal de una cuantía menor de seres humanos en comparación con las inmensas masas que conforman una sociedad interrelacionada siempre a nivel global. En verdad, a mi modo de ver más amplio, el consumo moderadamente bien atendido, no se concreta a un problema de seducción, de tentación, digámoslo también, sino que el problema está en la falta de valores de las personas, a los que no se les ha enseñado, además de la educación general que se presenta hoy en día, una educación mental con ética, una educación racional-espiritual.

Por eso, en el mundo actual, todo parece indicar (aunque no sea así) que hay más gente que está involucionando en comparación con aquellos que evolucionan hacia el espíritu teilhardiano del punto Omega (9).

Hablar aquí de este tipo de educación, no sería decir que el consumo es malo por indiscriminado, ni por cursi (en definitiva, habría que pensar que podría ser bueno o efectivo ante la posibilidad de ser útil realmente), sino porque existen innumerables personas que están obligadas a una mayor preparación para enfrentar los embates de un “orden estético-burocrático” (Lipovetsky); mucho más para aquellos que viven en los países totalitarios que aún persisten por ser dictaduras militaristas que se aíslan del mundo, con el propósito de proclamar su propio nacionalismo inventado.

Estos individuos, masificados en una perspectiva política, por padecer la miseria material y espiritual que le imponen sus regímenes, están ávidos de consumir; por la carencia que han vivido (y viven) no cuentan con ningún ánimo ni deseos de luchar contra la seducción del consumo, sino por el contrario, lo piden, lo requieren, necesitan respirar la atmósfera de “poseer, tener, acumular” cosas sin ton ni son. Su masificación, además de ser política, es también social, aparencial, superficial. Este es el peligro que emana de una sociedad oprimida y masificada ideológicamente: el hecho de que crea a un hombre nuevo vacío, enajenado ya por el sueño de querer vivir en el consumo. Y aunque no tiene la posibilidad de consumir, añora vivir en ese mundo.

No obstante, para las sociedades en los países capitalistas, y principalmente, en Occidente, la educación de cómo debe ser una sociedad equilibrada en su ética y estética también debe ser de imperiosa práctica. Este es uno de los mayores retos que tiene la humanidad occidental en estos días: el intento por lograr una forma de vida que implique los estudios requeridos para saber mantener, en su generalidad, el ego racional de las personas, de modo tal que cada quien sea un observador de sí mismo, para no perder el yo esencial de su interior. En realidad, es la educación económica y social la única vía por la cual la sociedad de consumo podría establecer un equilibrio entre la oferta y la llamada demanda (que en ocasiones, realmente es avaricia).

Conciencia. Cosmos. Dios. Pixabay.

Por su parte, la Conciencia Universal en sí misma, como entidad mayor, es la suma de todos los observadores, incluso podemos decir que es el Observador mayor. Aun cuando nos demos cuenta de que la Conciencia (10) no pudo ser el observador antes de la Creación, sino cuando se convirtió en la fuente del origen, y dio lugar al proceso de creación de los seres angélicos, al proceso del universo para nuestro caso, y del multiverso, si pensamos dentro de una profunda y general comprensión de la física cuántica… Y no pudo serlo porque cuando no había nada, la Conciencia, por tanto, no tenía que observar nada, a no ser a sí misma. Solo cuando Ella decidió la Creación es por lo que, entonces, pudo convertirse en el Observador de su propio ingenio y de su invención. Y esto, en cuanto trató de cuidar y equilibrar el orden y el caos de su diseño.

Sin embargo, lo fantástico aquí es que la Conciencia Universal viene a ser la fuente de todo lo creado a través de la energía del ámbar. Y la única respuesta que podría darse es que la Conciencia existió siempre. El día que muchos o todos los misterios se descubran, el del surgimiento de la Conciencia aún quedará por resolver, igual que el del big bang, que la ciencia no ha podido discernir de dónde salió. Pero pienso que no será así, o sea, que no se resolverán casi todos los misterios, porque siempre habrá misterio. La vida sin secretos y enigmas, sin intrigas e intimidades perdería el valor del asombro, de lo insólito y de lo extraordinario.  En verdad es necesaria la inquietud alrededor de uno, así, con la duda y la investigación siempre nos acercaremos más al verdadero origen del ser humano, para que la vida no siguiera siendo la virtualidad de una programación, que para más se continúa haciendo por otros con deficiencias sobre nosotros.

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Por otra parte, lo más que podría decirse de la Conciencia es que existió y existe perennemente. La Conciencia es fuente eterna. Y es el primer observador de la vida que Ella creó. La Conciencia, como es eterna, no nace ni muere. Simplemente ha estado siempre ahí, insisto. Es lo que quizás se podría aceptar de este, el mayor misterio.

La primera vida creada por la Conciencia fue la angélica (11), supongo; después fue el universo y/o los ocultos universos globulares o de burbujas (el multiverso); y por último la vida humana y, muy posiblemente antes, la vida extraterrestre, o quizás fuimos los humanos creados primero que las otras vidas del cosmos. El caso es que nosotros, y todos, tenemos un origen divino, por ser órganos y polvo de estrellas, en cuanto a que una semiótica de los astros, en su complejidad y ocultamiento, se ha relacionado históricamente con diferentes divinidades. En este particular, los primeros actos y reacciones de nuestro ser humano fueron expresados, archivados y proyectados a través de una voz y un contexto míticos. O sea, lo fantástico y aquello que se relaciona con lo imaginario de un Más Allá invisible surge, en primera instancia, como una característica poética, de sello abarcador, y una fuerza, desde una perspectiva de los arquetipos del inconsciente, dentro de la realidad humana.

Después vendría el Logos, con el que surgiría el ego para lo racional, así como el análisis o estudio, y la descripción de la Historia, de la realidad física o corpórea. El Logos fue transformando, de hecho, a la conciencia individual; es decir, a la de cada ser humano, y lo vino haciendo mediante un pensamiento cada vez más lógico y racional, hasta una etapa desconocida de la antropogénesis, que permitió el surgimiento de la irracionalidad. El ego fue racional primero e irracional más tarde. El ego racional conduce al alma, luego al espíritu y, por último, a la divinidad. El ego irracional solo conduce a la Nada.

Apéndice de lo primigenio
Del ego y sus transformaciones

En el principio, cuando el yo personal se manifestaba con muy poco raciocinio, era lo colectivo aquello que actuaba en la conciencia; o sea, la conciencia respondía al conjunto de la tribu, y el hombre era la tribu misma, pensaba como tribu, como su conglomerado humano. Cuando fue desarrollando un poco más su inteligencia, digamos, su ego o individualidad, el pensamiento se fue centrando en la persona; fue reconociendo más a su propia persona. La inteligencia y los conocimientos que venían de las percepciones se fueron individualizando más; lo que constituyó un gran paso de avance en el homo sapiens, e hizo que ya contara con un ego racional.

Prometheus. For stealing the secret of fire and giving it to mankind, Zeus bound Prometheus and had an eagle eat out his liver each new day, only to have the liver grow back each night – Berlin 2010. Flickr.

Con el tiempo, este hombre desembocó en el héroe, y con él surgieron los sapiens poéticos y míticos, y su religión fue animista, encontraba ahora sus ancestros y espíritus en la naturaleza. Hubo entonces grandes pasos de avance con este tipo de pensamiento heroico que pudo muy bien haber sido apuntalado por el uso del fuego. El ser humano convertido en héroe —representado por Prometheus— se irguió sobre sí mismo, como una vertical hacia el cielo adonde miraba curioseando las estrellas, y sintiendo que así, contemplando el firmamento, su interioridad se identificaba con la magnificencia de ese universo… Entonces, de la intimidad le salió ver que los espíritus, mágicos, no solo estaban en la naturaleza, sino que además se encontraban ya en un cielo más profundo y azul; y allí crearon la morada de sus nuevos dioses… Pero el tiempo pasó, y algún sentimiento extraño comenzó a revolotear alrededor de su conciencia (aún no sabemos por qué), y fue cuando al brujo de la tribu le dio por soñar con los dioses y convertirse así en la voz de los sueños, hasta que de la poesía pasó a la mítica fabulación de historias, de hechos que más bien eran ya ideales palabras que venían de los mismos dioses y que cautivaban, fascinaban y seducían a la tribu.

A partir de aquí, de la sublimidad, narrada como hermosas historias de bravuras y valentías, los personajes se fueron transformando en reyes y consejeros, en príncipes y princesas, duques, magos y militares que eran aclamados, pero también maldecidos, por los aldeanos y labriegos… Sin embargo, hubo de repente un momento en que la inteligencia se relacionó, primero sutilmente y luego de manera abrupta, con el poder, y la ambición surgió, y ese hombre —colmado ahora de riquezas—quiso más, y vio que podía obtener más porque ya no solo era inteligente, sino asimismo poderoso.

Y la soledad surgió en su gran tamaño. En muchos humanos hubo dejado de ser una inspiración intelectual, positiva, abarcadora del cuerpo y de la mente. Ahora, las percepciones que le rodeaban venían de su propio poder, y fue entonces que la captación de las impresiones y sensaciones del exterior no pudieron ser sino de separación, de incomunicación y de aislamiento. Se había convertido así en un ego irracional que le temía a la muerte. Un ego que ahora acababa de entrar en la total soledad del mundo.

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Notas:

1 “Decidimos llegar a un consenso —explica Low—  y hacer una declaración para el público que no es científico. Es obvio para todos en este salón que los animales tienen conciencia, pero no es obvio para el resto del mundo. No es obvio para el resto del mundo occidental ni el Lejano Oriente. No es algo obvio para la sociedad”. (Philip Low, en la presentación de la Declaración de Cambridge sobre la Conciencia, 7 de julio de 2012 (Wikipedia).

Por su parte, el caso de las plantas, y en general de la flora, aún está en discusión si en realidad —desde un punto de vista científico— estas tienen o no conciencia, aunque se conocen en internet varios artículos que hablan de la conciencia de las plantas, por ejemplo, desde una supuesta perspectiva científica, sin que todavía haya una constancia fidedigna por parte de la ciencia. Desde mi visión imaginativa me inclinaría por dar como certera esa afirmación. No obstante, trataré de no correr el riesgo de emplearla como plenamente afirmativa; es decir, solo haciéndome eco de su posibilidad científica, a no ser que pueda apoyarla dentro de un marco nada más imaginativo como es también el sentido especulativo y literario de este texto.

2 Consultar a Margarita Mateo Palmer, en su libro Paradiso: la aventura mítica (Editorial Atom Press Inc. www.atompress.org), en su capítulo “Desarmar el mito”, p. 27.

3 Ver: Historia de la filosofía/ “Filosofía griega”/“Ontología”: http://www.e-torredebabel.com/Historia-de-la-filosofia/Filosofiagriega/Presocraticos/Ontologia.htm.

4 En esencia, el ámbar (ese calificativo que le he puesto a la energía divina y física que anima o caracteriza a todos los seres y las cosas), es —como función sustancial— la inteligencia y la pasión mistéricas que abarca, mueve y cambia todo el universo.

5 Véase su libro El imperio de lo efímero (La moda y su destino en las sociedades modernas). [Traducción de Felipe Hernández y Carmen López], Barcelona, Editorial Anagrama, p. 23.

6 Lipovestky, op. cit., p. 179

7 Lo curioso es que son personas que han logrado ciertas habilidades en relación con las funciones del intelecto, pero ello no quiere decir que no sean solo frívolas. Su mediocridad (irracionalidad) egotista radica en que pretenden hacerse ver como intelectuales y, además, sienten muy fuertemente el ansia por sentirse encima de otros escritores. Esto, indefectiblemente, las convierte en aberrantes intelectuales de pacotilla.

8 Lipovestky: op. cit. pp. 179-80.

9 Consúltese en mi libro La penumbra de Dios (De la Creación, la Libertad y las Revelaciones). Intuiciones I, sus capítulos “El alma luminosa”, en su página 54, la nota 13; también “Del libre albedrío, la evolución y la ubicuidad”, p.133 y “Matices evolutivos de lo binario”, p. 140.

10 Repito, siempre que me refiera a la Conciencia (con inicial mayúscula), aun cuando no contemple el adjetivo “universal”, estaré haciendo referencia a la Conciencia Universal (o si se prefiere a la Conciencia de Dios).

11 Consultar en mi libro citado ya La penumbra de Dios… el capítulo titulado: “Lo angélico, la duda ingrávida y lo imaginario”, p. 49.

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Manuel Gayol Mecías is the Director and Editor of Palabra Abierta (“Open Word”; mu.gayol3@gmail.com), and a Cuban writer and newspaper man. He holds a 1979 Master’s Degree in Hispanoamerican Language and Literature from the University of Havana. He was a Senior Researcher in the Literature Investigation Center of the Casa de las Américas (Havana, 1979-1989), and was a member of the editorial board of Vivarium magazine, a review published under the tutelage of the Archidiosis of Havana. He has published innumerable critic essays, short stories, novels and poetry in many Cuban and foreign literary reviews and newspapers, and has been the recipient of various prizes in literature, among them the Short Story National Prize of the Union of Writers and Artists of Cuba (UNEAC), 1992, and the Enrique Labrador Ruiz International Short Story Prize of the Círculo de Cultura Panamericano (Pan-American Circle of Culture) of New York, 2004. He worked as editor of Contact Review, from 1994 to 1996. He worked at La Opinión Spanish Newspaper as Editor and Copyeditor (1998 to 2014). At present, he is one of the founders of the Club del Pensamiento Crítico at the Huntington Park Public Library. He is a member of Cuban History Academy in Exile, and a member of Cuban Pen Club in Exile, too, and vice president of Vista Larga Foundation. Published works include Retable of the Fable (Poems, Editorial Letras Cubanas, 1989); Multiple Appraisal of Andre’s Bello (Compilation, Editorial Casa de las Américas, 1989); The Jaguar is an Amber Dream (Short stories, Provincial Center of the Havana Book Editorial, 1990); Return of the Doubt (Poems, Vivarium Editions, Archiepiscopal Center of Studies, Havana, 1995); The Night of the Great Goth (Short stories, Neo Club Editions, Miami, 2011); Eyes of Red Goth (Novel, Neo Club Editions, Miami, 2012); Marja and the Eye of the Maker (Novel, Neo Club Editions, Miami, 2013); Inverse Trip towards the Reign of the Imagery (Essays, Neo Club Editions, Miami, 2014) and The Fire’s Artifice (Short stories, Neo Club Editions, Miami, 2014); Coincidencias de un editor (o el exorcismo de Joel Merlín) (Novel, Palabra Abierta/Neo Club Ediciones, Eastvale/Miami, 2015); La penumbra de Dios (De la Creación, la Libertad y las Revelaciones) (Essays, Palabra Abierta/Neo Club Ediciones, Eastvale/Miami, 2015); Las vibraciones de la luz (Ficciones divinas y profanas). Intuiciones II (Essays, Palabra Abierta Ediciones/ Alexandria Library Publishing House, Eastvale/Miami, 2016).

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