Los Castro, más fascistas que antes

Written by on 5 noviembre, 2016 in Critica, Política - No comments
Política. Crítica.
Por Roberto Alvarez Quiñones…

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El envalentonamiento de Raúl y Fidel Castro con las concesiones que le ha hecho el Gobierno de Barack Obama es de tal grado que  la dictadura se parece ya  más a los regímenes fascistas del siglo pasado que a cualquier otra cosa imaginada por Marx, Lenin, Mao, o el Che Guevara.

Ambos hermanos perciben la política del mandatario norteamericano como una victoria personal de ellos sobre el “imperio”. Se sienten más fuertes, aunque en verdad son más débiles.

raul-castroLo cierto es que su régimen  lejos de  estar derivando hacia un modelo más abierto económicamente y menos brutal con su pueblo, que se suponía era el objetivo  de la Casa Blanca, se está convirtiendo en un modelo social basado en la propiedad corporativa de las Fuerzas Armadas y en la represión rampante. Y tal protagonismo militar directo y desmesurado en la economía es  un claro rasgo  fascista.

La economía cubana está dejando atrás aceleradamente el andamiaje marxista-leninista instalado por el Che Guevara en los años 60, por encargo de Fidel,  basado en un plan central trazado  en la JUCEPLAN, que debía ser ejecutado por la burocracia civil de las llamadas “empresas consolidadas”, a cargo de las fábricas, el comercio, el transporte y los servicios.

Aquellas entidades estatales estaban  sujetas a un estricto presupuesto, convoyado por  la “emulación socialista”, los estímulos morales (banderitas y gallardetes colectivos), y el trabajo voluntario para forjar el “hombre nuevo”.

Ya no hay “consolidados” civiles. Hoy más del 80 % de la planta industrial,  de comercio y de servicios de la nación es de hecho propiedad directa de las Fuerzas Armadas, que ya controlan  el total de los ingresos en divisas, y  el turismo del país.

Barack Obama en Cuba 5Las empresas guevarista-estalinistas van siendo  sustituidas por  grandes corporaciones, grupos empresariales y compañías controladas por los militares, algunas  asociadas con inversionistas  extranjeros,  y a cargo de generales y coroneles u oficiales retirados del  MININT.

El general  Castro,  en sus breves  y muy escasos  discursos, no menciona a Marx o Lenin, ni teoriza sobre las musarañas de un “futuro luminoso”, como hacía su hermano. Prefiere cosas más mundanas.  Se dedica a afianzar el control de la economía por parte de su familia y de las Fuerzas Armadas.

Todas las empresas en poder de los militares  operan bajo leyes y métodos de gestión capitalista,  pero para beneficio de ellos mismos  y de  la élite dirigente del país, y no del pueblo cubano, y ni siquiera del Estado, pues no rinden cuentas al gobierno. Eso facilita  disponer de millonarias cuentas en bancos suizos y hacer  inversiones en Occidente, incluso en Estados Unidos,  lo cual es más práctico que filosofar o hablar de Lenin.

Mientras tanto, como  dijo  recientemente el diario “The Washington Post”,  la política de Obama hacia la isla consiste en decirle a Raúl Castro que haga lo que venga en ganas, pues “ningún nivel de represión podrá descarrilar”  el acercamiento a La Habana.

El modelo raulista, aún  empotrado en los restos de un estatismo estalinista  resquebrajado y  con un Partido Comunista en el que ya nadie cree, es estrictamente militar y con ribetes fascistas. Se viste de civil para venderse como inocente Caperucita y no como Lobo.

Los Castro detestan  oír hablar  de “empoderar” a los cuentapropistas. Esos son peligrosos competidores  que obstaculizan los planes de monopolizar todo lo que puedan de los distintos sectores de la economía nacional.  Generales,  coroneles, comandantes y sus familiares quieren  ser ellos solos  quienes se enriquezcan en grande al hacer negocios de tipo capitalista, por ahora con cualquier comerciante, turista o inversionista extranjero, y luego con los norteamericanos cuando se levante el embargo.

No  al desarrollo de negocios privados

Una evidencia de militarización económica es  la decisión del Gobierno de suspender la entrega de licencias para abrir  nuevos “paladares” en La Habana,  y arreciar los controles  que padecen sus propietarios. Ello se debe, pretextos aparte, a que los restaurantes y cafeterías privados constituyen  la actividad privada más exitosa que hay en el país actualmente.

El turismo se incrementa constantemente, y  los Castro perciben  que si dejan crecer al sector gastronómico privado luego será muy difícil competir con él.  Consideran  que un “exceso” de restaurantes privados es una  amenaza para sus planes de controlar  el  muy dinámico sector gastronómico.

Claro, el Estado ya no tiene cómo sustituir a los “paladares”. Prohibir su proliferación afectará  la oferta gastronómica al turismo, que crece ahora muy rápidamente. Eso perjudicará la economía, pero  la ambición y el deseo de controlarlo todo de los Castro es irracional. No solo no quieren más restaurantes privados exitosos, sino impedir que se desarrolle  cualquiera otra actividad privada en la isla.  Y punto.

La represión política en la isla es otro rasgo fascista más nítido que antes.  El general Castro no pronuncia discursos narcisistas inacabables, pero sí sigue la  táctica  que aprendió Fidel en sus estudios de Hitler, Mussolini y Primo de Rivera, cuando era estudiante de bachillerato en el Colegio de Belén: alimentar el odio de las “masas”  contra un supuesto enemigo.

Odiar a un enemigo imaginario

Como ya a estas alturas  nadie en la isla cree en Marx, Lenin y el comunismo, el dictador acude a una palanca  casi infalible para movilizar a la gente: el  rechazo al  “imperialismo yanqui”,  que ahora el régimen asegura cambió de estrategias para minar la revolución desde dentro. Esto explica el actual frenesí de propaganda política y patriótica,  el peor  desde que el general Castro asumió como nuevo faraón en jefe.

En la Alemania y la Italia de los años 30  sus gobiernos  fascistas sembraban  en la población el odio a un enemigo  imaginario interno o externo, para exacerbar  el nacionalismo y el patriotismo. Para ello era esencial la desinformación,  la propaganda más delirante y la represión política.  El Estado paternalista intervenía  en todos  los aspectos de la vida del individuo, al que liberaba así de su “miedo a la libertad”,  al decir del  psicólogo  alemán Erich Fromm.  No había  derechos individuales.

No se suprimió formalmente la propiedad privada,  pero las industrias fueron obligadas a producir lo que el Gobierno les ordenaba y  así  quedaron ensambladas al Estado. Los pequeños y medianos negocios se mantuvieron técnicamente privados pero totalmente sometidos a las directrices fascistas.

En Cuba, el Partido Comunista (para eso sí sirve) acaba de lanzar  estridentes campañas  propagandísticas de loas a la “Patria socialista” y de ataques contra el  “imperio”.  Una de ellas, la  “Jornada de debate por el deber patrio y antimperialista”, se prolongará hasta el 15 de marzo de 2017 y tuvo como ejercicio preparatorio una  audiencia en la Asamblea Nacional denominada “El pueblo de Cuba contra el bloqueo”.

No habrá buenas relaciones con EE.UU.

Paralelamente  fueron movilizados miles de jóvenes en todas las universidades del país en una campaña llamada “Avispero contra el bloqueo”. Y la obediente Unión Nacional de Escritores y Artistas (UNEAC)  dijo que EE.UU. impulsa una “guerra cultural” contra Cuba. En tanto, el primer vicepresidente del Gobierno, Miguel Díaz-Canel, llamó a los estudiantes cubanos a saber enfrentar “los desafíos que supone la avalancha mediática del imperio”.

En fin, la Administración demócrata no acaba de entender que no importa lo que le conceda a La Habana,  el castrismo jamás va a normalizar  las relaciones con EE.UU. y  nunca será  aliado de Washington.  Siempre va a estar alineado con los enemigos de EE.UU.:   Rusia, China,  Irán, Venezuela, Corea del Norte, Siria  y todo el polo geopolítico que se opone a la más antigua democracia del planeta.

Con la actual política, que al parecer será la misma de Hillary Clinton si gana las elecciones el día 8 de noviembre,  EE.UU. fortalece políticamente al régimen cubano y perpetúa la falta de libertades.

Ese será el verdadero legado de Obama. Sí, reanudó las relaciones diplomáticas con Cuba y convirtió en un colador el embargo comercial y económico a la isla, pero al precio de coadyuvar a un traspaso más cómodo del poder de los vetustos “héroes” de la Sierra Maestra a la familia de los Castro y el generalato más joven, sin avance alguno en  las libertades para los cubanos.

Irónicamente, Obama  pasará a la historia como el presidente norteamericano que contribuyó a que la dictadura castrista adquiriese rasgos militares más nítidamente fascistas que nunca.

 

Roberto Alvarez Quiñones, el Quiño

 

 

 

 

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About the Author

Roberto Álvarez Quiñones (Cuba). Periodista, economista, profesor e historiador. Escribe para medios hispanos de Estados Unidos, España y Latinoamérica. Autor de siete libros de temas económicos, históricos y sociales, editados en Cuba, México, Venezuela y EE.UU (“Estampas Medievales Cubanas”, 2010). Fue durante 12 años editor y columnista del diario “La Opinión” de Los Angeles. Analista económico de Telemundo (TV) de 2002 a 2009. Fue profesor de Periodismo en la Universidad de La Habana, y de Historia de las Doctrinas Económicas en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI). Ha impartido cursos y conferencias en países de Europa y de Latinoamérica. Trabajó en el diario “Granma” como columnista económico y cronista histórico. Fue comentarista económico en la TV Cubana. En los años 60 trabajó en el Banco Central de Cuba y el Ministerio del Comercio Exterior. Ha obtenido 11 premios de Periodismo. Reside en Los Angeles, California.

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