Cuando “los otros” hablan

Written by on 2 Junio, 2017 in Critica, Literatura - No comments
Literatura. Crítica. Ensayo. 
Por Enrique Patterson…

La historia de Cuba puede leerse como el conflicto de dos proyectos de nación no cuajados. Uno excluyente e impuesto desde arriba, del cual no escapan muchos de nuestros próceres independentistas y los gobernantes sucesivos desde la época republicana hasta la fecha actual, y otro “que brota desde abajo” ―Fernando Ortiz― que toma su primera visibilidad histórica en 1812 con la conspiración de Aponte, y que, si bien no ha logrado plasmarse en instituciones democráticas representativas a nivel político, sí ha logrado ir conformando la sustancia de una cultura e identidad nacionales.

A esto súmase que hago una lectura de nuestra cultura desde la perspectiva de cómo esos imaginarios de nación pueden rastrearse en ella, en sus disímiles géneros y manifestaciones culturales; y si bien, esa cultura “que brota” se ha manifestado muy temprano y con fuerza en la música y la poesía, es ahora que observo que comienza a ocupar un centro de gravedad en la, por otro lado, excelente tradición novelística cubana. La tardía aparición de este factor como tema central de la producción novelística (cuya presencia por lo general se ha presentado de manera subordinada, subsidiaria) tiene sus razones.

La novela, como género literario, presupone una infraestructura económica e institucional mayor que la poesía, la pintura o la música y la relación del poeta o el músico con el público (mediada por el poder) es mucho más directa que la del novelista, casi siempre sometido a procesos de producción, distribución y consumo más condicionados por mediaciones sistémicas de mayor complejidad que a las que se someten el poeta, el pintor o el músico, sin que por eso estén al margen de dichas mediaciones.

Una zona de la novelística de las naciones jóvenes (y Cuba lo es, pues la nacionalidad realmente cuaja en el siglo XX después de la aparición de la radio) tiende a ocuparse en mostrar el cosmos de la vida en esos períodos formativos, mostrándonos el lado humano de la historia; que no es lo mismo que la historia de la formación del Estado a lo que se reduce la versión de la historia oficial. Eso no significa, sin embargo, que en esa narrativa todos los grupos sociales que forman la nación tengan voz propia, ni que sus voces sean escuchadas. En esa novelística casi todos los grupos sociales aparecen, son vistos, pero no siempre hablan con acento propio o son escuchados. Es lo que pasa con un personaje central en nuestra historia y en nuestra cultura, sin el cual no podríamos hablar de Cuba: el negro.

Cirilo Villaverde, autor de la novela “Cecilia Valdés”. Foto tomada de la página web El Taller Cubano.

En el caso cubano, la novelística  que se ha acercado a los temas del surgimiento y conformación de la nación (y en eso incluyo lo mismo a Cirilo Villaverde, a Carlos Loveira, a Lezama Lima como a Manuel Cofiño) ha adolecido de construir un relato desde la óptica positiva o negativa del discurso oficial o desde la recreación, a veces genial, de la memoria afectiva de los grupos sociales dominantes,  y de sus alternativos discursos de identidad (Lezama Lima), pero desde la perspectiva de las élites excluyentes. Por eso creo que El Lirio del Prado, la novela del poeta, compositor y novelista Reynaldo Fernández Pavón, introduce una diferencia a considerar en el continente de la novelística cubana.

La novela de Fernández Pavón sigue la historia de una familia cubana, sus avatares, tragedias y luchas por la supervivencia desde la experiencia de vida de “los otros”, los preteridos, los de abajo, de esos portadores que, si bien no lograron implantar su proyecto de nación, si conformaron una cultura y que con cuya historia, el autor de marras se propone desarrollar una novelística.

Esta obra literaria pudiera leerse como una  novela histórica, y en  cierto sentido lo es, pero sería una  lectura  limitada. La leo como la  reivindicación de la dignidad humana de los llamados  sujetos subalternos, como el  empoderamiento testimonial de los caricaturizados, como muestra de la universalidad de aquellos percibidos   como  bárbaros, como la  restauración de la voz de los tachados.

Y,  algo a considerar en este caso, la  obra es más una novela-testimonio que de ficción, pues en realidad se trata de la historia de la propia familia del autor. Rafaela  es… su bisabuela. Este enfoque testimonial se observa en la  propia estructura de la obra donde son los propios personajes quienes  hablan y que, al parecer, todos fueron reales. Se trata  de nuestras historias no contadas, del  silencio de  parte  de nuestro propio pasado familiar e histórico. Lo sé por la  cantidad  de historias semejantes que conozco, incluso  en  mi  familia, historias que ―desgraciadamente― no  sé contar. Dicho de otro modo: Mariana Grajales no fue un  personaje excepcional, solo un  personaje muy   conocido. Su rasgo distintivo no fue su patriotismo (nuestro  siglo   XIX está lleno del  patriotismo del que han carecido los siglos subsiguientes), sino su irreductible dignidad. Es lo que vemos en Rafaela, y los otros personajes de la  novela.  Es su  tema  central.

Dicho  esto:  hagamos una breve mirada ―esquemática por  razones  de  espacio― en la   historia de la literatura  cubana,  y  observemos  cómo aparecen  dos personajes  centrales:  la negra  y  la mulata. Sí, en femenino. Pues el  autor  tiene  un  interés especial por  los personajes femeninos. Si se trata de  darle  voz a lo silenciado, a lo tachado, ¿qué mejores  personajes que los afrodescendientes femeninos?, donde  a la  vez se  le puede dar voz a dos silencios  constantes en  nuestra  historia: la raza y el género.  Me  resulta evidente que las  relaciones raciales y de género forman  parte de la  estrategia de la narración.

Voy a  nuestra novela decimonónica  por excelencia,  Cecilia  Valdés.  Villaverde logra presentarnos un plano  social  abarcador del siglo XIX cubano en el núcleo donde realmente se conformaba el carácter nacional, o sea, la  vida  urbana. El cafetal, la plantación cañera son solo referenciales. Además, su personaje central es Cecilia, una mulata. Y,  negros, mulatos y blancos son personajes centrales de la novela. Villaverde, seguidor  del  naturalismo imperante [en su tiempo], toma  la realidad tal cual es. No  se podía  narrar la cubanidad  que surgía, cercenando alguna de sus partes constitutivas y, además, el  mérito de Villaverde radica en  considerar que los afrodescendientes son protagonistas en  el  relato de la  formación de la nación. El personaje central  es Cecilia, no Leonardo. Y,  detrás de  Cecilia, está  Chepilla, de la cual Cecilia aparece como  un epifenómeno. Hasta ahí  llega Villaverde.

Villaverde nos presenta a esos personajes subalternos como  principales, pero no  logra penetrar en la humanidad y dignidad de los  mismos porque los ve desde fuera. Dan lastima o pena, jamás admiración. Los  describe, no los pone  a hablar desde una humanidad que no les ve. Sus personajes afrodescendientes carecen de voz, son sujetos presentes pero tachados.

Tomo prestado un  término  althusseriano: en la literatura cubana los afrodescendientes, como personajes, han sufrido el  mismo  proceso   de tachadura  del   sujeto,  que  han  sufrido en los  proyectos  políticos  de las elites dominantes, y lo  que es  peor, esos sujetos ―ya mutilados  en  la  literatura― se han proyectado  como arquetípicos modélicos a  los  que  se induce  que se debe copiar. En un ensayo el ensayista cubano  Reynaldo  González, decía (sobre Cecilia y  la Mulata)  que “es un  típico personaje  de  tragedia que  vivía  su vida como si fuera una farsa”. El drama  es sofocleano: la bella mulata que ignora que se acuesta con su hermano y cuyo final conduce a una tragedia. Todos  los elementos se encuentran sobre la mesa, solo la estupidez o la  superficialidad le impiden comprenderlo.

Llama la atención, la  influencia que  la literatura, y la educación, pueden tener en la formación  de personajes  típicos, o  en  apariencia típicos de una  sociedad y que al poder, con  sus mecanismos, le interesa proyectar. Cecilia (el epifenómeno  blanqueado de Chepilla) se convirtió en  la  imagen  sublimada del ideal de belleza y placer del  macho criollo: vacía y sensual,  concubina  y complaciente. De ella se deriva  la llamada “mulata del  rumbo”, la cabaretera, ciertas prostitutas republicanas  o  las jineteras actuales.  La  pregunta pertinente no es si Cecilia era una personaje real; ¡claro que existieron muchas Cecilias en el siglo XIX! De  lo  que se  trata es si era  realmente un  personaje típico o, si  los  personajes que de ella se derivan resultan ser la imposición  que  las elites culturales y políticas criollas han impuesto como patrón que se copia y se repite.

Lo que estoy planteando  ―e interpreto  que  el  autor  de  la novela  sugiere― es  que culturalmente los  afrodescendientes han  sido “humanamente” tan tachados en Cuba que muchos  de sus comportamientos, al parecer  típicos,  responden al esquema  de la  mirada racista y  deshumanizada de los otros. La tachadura, como bien vemos en  Villaverde,  no significa eliminación. Por  el  contrario, es un proceso en  el que, a  la vez  que  se  muestra, se  cercena. El  otro  es presentado pero a  la  vez  silenciado. No se le permite hablar, se habla en su  nombre.

Espero que algún académico acaso le dedique una investigación a esta zona de nuestra cultura, pues  este proceso  de tachadura del sujeto siempre  se  acompaña de la estrategia de suplantación de la voz, si es que se les permite  hablar. En  el caso  de  Lezama, en Paradiso, el otro, los negros cocineros sólo se destacan por su función. Al  margen de eso son seres silentes, algo  que  se le agradece a la honestidad intelectual y artística  de Lezama:  si no  puedes  entender los  conflictos y la humanidad del otro, mejor no hablar  por  ellos.

Fernández  Pavón, en El  Lirio  del Prado, deconstruye esa iconografía históricamente distorsionada o  falsa  y regresa  al  mismo siglo XIX, de Villaverde,  y narra  en la novela la saga real de su familia en la  isla y el mundo.  Son  historias  comunes pero  desconocidas. Pero los problemas radicales se enfrentan por  la raíz. El  personaje  principal es  Rafaela, el  correlativo de Chepilla en Cecilia Valdés. Y ahí surge un personaje de dimensión universal, definido por   la consagración al trabajo digno, el espíritu emprendedor, la voluntad de superación, el orgullo, el amor a  la  familia, la solidaridad, la amistad  el arraigo en sus  raíces, la apertura a lo universal  y… el perdón.

Además, no aparece  como  una historia excepcional,  sino bastante típica como típica es la  tendencia humana a la  superación y el  progreso. El  autor nos deja con un deseo de querer saber más. Nos revela lo escatimado, lo tachado. En este sentido Fernández Pavón es el anti-Villaverde, y su novela El Lirio del Prado,  la anti-Cecilia Valdés.

No puedo dejar de referirme al exquisito trabajo de esta segunda edición de la novela, de la mano del poeta, ensayista y novelista Manuel Gayol Mecías. Algo que demuestra lo ya sabido, que detrás de un buen escritor, hay siempre un buen editor, mucho más cuando el editor es un escritor ya conocido y destacado.  Espero que el lector se quede con el deseo de continuar leyendo lo que me ha dejado la lectura de esta novela. Es lo que ocurre cuando los otros hablan.

[Este trabajo de promoción sobre El Lirio del Prado, novela de Reynaldo Fenández Pavón, fue enviado, por su autor, Enrique Patterson, especialmente para Palabra Abierta]

 

 

 

 

 

 

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About the Author

Enrique Patterson (1950,San Andrés, Holguín, Cuba). Se licenció en Lenguas y Literaturas Hispánicas en la Universidad de La Habana (1977) y, a la vez, se especializó en Historia del Pensamiento Filosófico en la Facultad de Filosofía de la misma Universidad’ donde ejerció como Profesor de Historia de la Filosofía hasta 1981, de donde fue expulsado luego de ser detenido por los órganos de la Seguridad del Estado, presuntamente, por sus ideas contrarrevolucionarias y su existencialismo. Fue uno de los fundadores de la Corriente Socialista Democrática y miembro activo del naciente Movimiento de Derechos Humanos de la isla. En 1992 partió al exilio, saliendo de Cuba gracias a las gestiones de José Francisco Peña Gómez, en ese momento vicepresidente de la Internacional Socialista. En el exilio ha ejercido el periodismo en la prensa plana, radial y televisiva, y el magisterio. Ha publicado ensayos en España, Italia, Venezuela y Estados Unidos, y ha participado en conferencias de temas culturales y políticos en EE.UU., América Latina y Europa. Fue miembro del consejo de redaccion de la revista cultural, ya desaparecida, "Encuentro de la Cultura Cubana", editada en Madrid, España.

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