El tango, algo de perfiles adquiridos y propios

Written by on 28 julio, 2014 in Comentario critico, Periodismo - No comments

Periodismo. Comentario crítico. 

Por Eduardo Pérsico…

tango argentino

 En Buenos Aires todavía está muy vivo el tipo popular español, y todos los movimientos del compadrito revelan al majo. El movimiento de los hombros, los ademanes, la colocación del sombrero y la manera de escupir entre colmillos son de un andaluz genuino.

Domingo Faustino Sarmiento

Durante años se afirmó que el tango en Argentina era un género que naciera sin letras alrededor de 1880, originario rítmicamente de la habanera cubana y en la rioplatense Uruguay, Argentina recibiera sus primeras letras y giros temáticos. Afirmar que esos tangos iniciales fueron expresión bailable del compadrito, sería temerario, si de ese personaje sustancial ya por 1845 se ocupara Domingo Faustino Sarmiento, indudable personaje argentino, quien dijo en Facundo, civilización y barbarie lo expresado más arriba.

Pero  conjeturar que “ese andaluz compadrito” del que habla Sarmiento recién tuviera canto propio por el año 1900, medio siglo más tarde, fue para ocultar “desde los fabricantes de opinión”  la verdadera integración y movilidad social que ocasionara la inmigración recibida por entonces en nuestro país. Una curiosa desatención histórica por ahí algo corregida —vale decir— cuando el diario La Nación, por el año 1875, publicara dos fundacionales artículos sobre el lunfardo,  escritos por el redactor Benigno Baldomero Lugones. Publicaciones bien recordables, aunque luego ese mismo diario y durante décadas, esquivaría mencionar más datos y referencias sobre los modos de comunicación popular y otros perfiles de nuestro origen.

Según fuera la convivencia de los conventillos,  bailes barriales y otros hábitos de las clases bajas; asuntos que esos informadores escasearon o desecharon por muchas pero muchas décadas. En cuanto a los medios informativos de “clase alta” o infatuados de serlo —según ironizara don Arturo Jauretche—, entonces más los enaltecía la apropiación indebida de tierras para erigir un castillo en medio de la pampa que preocuparse por el devenir de los nuevos protagonistas sociales. Mecanismo de exclusión con que ese férreo grupo dominante suponía negar al sujeto social más común en la periferia, nutrida en los conventillos por un variado populismo de generar sus rejuntes étnicos en los aguerridos zaguanes.  Esos tan propicios para intercambiar además de ternuras, credos y hábitos en cada relación humana; desde la comida posible al modo de saludar. Y en esa original integración también emergerían los primarios balbuceos del  lunfardo que además de significar “un código entre dos para que no se entere un tercero”,  culminaría siendo un certero inconsciente de nuestra identidad.  

Por distinción no solo de género y origen, el lunfardo y el tango son independientes por distancia con todo tipo de coloniaje. Algo que risueñamente nos hace criticar el fervor tanguero “argentino francés” de los años 20, tan prefabricado que hasta produjera una  reacción de la revista El Hogar ante el peligro de “que a los porteños decentes, desde París le quisieran imponer el tango argentino”. Pero bué [sic], una idea muy ajustada a ciertos defensores de la decencia…

Sabiendo que el tanguillo andaluz, la habanera y el fado portugués le fueran sustanciales al tango así como a nuestra milonga,  la guajira flamenca, eso avalaría que la música del tango recibiera en cada época aportes en su armonía y composición sin perder su identidad. Eso es tan indiscutible como que sus iniciales letras  acaso tan disparejas y vulnerables,  hoy casi mágicamente perviven como un estilo literario entre nosotros. Y aunque  su temática pareciera abrumar de lo personal a lo social y las complejas armonizaciones de hoy exijan cada vez ejecutantes más aptos en  interpretarla, sin esas vanas discusiones, el tango como expresión cultural de los argentinos sostiene el sabor y carácter de su raíz.

Asunto que tan bien estimara el más lúcido y porteño Jorge Luis Borges —digamos el de “El Idioma de los argentinos” de 1928— que por 1930 expresara algo sustancial para la comprensión de ese espíritu que solemos llamar  “el ser nacional”: “de valor desigual por proceder de plumas heterogéneas, las letras de tango son un inextricable ‘corpus poeticum’ argentino que los historiadores algún día vindicarán”. Y este escritor argentino no afirmaría eso, según una ironía borgeana por el año 1930,  sino para establecer la verdadera dimensión cultural “a esas imperfectas letras atesoradas en El Alma que Canta”, una revista semanal muy popular y que sin duda Borges entonces consultara habitualmente. Concepto no definitivo ni categórico, pero atendible en esto de comprendernos lo mejor posible.

[Julio 2014]

 Eduardo Pérsico

 

 

 

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About the Author

EDUARDO PÉRSICO nació en Banfield, Argentina, y vive en Lanús. Publicó: 1978. Crónicas del Abandonado. Cuentos. Editor Mensaje. (Faja de Honor de la SADE) 1982. Gardel Supo Retirarse a Tiempo. Novela. Ediciones Corregidor. 1983. Resistencia Lunfarda. Poemas. Edit. Rueda. 1986. El Olvido está en Libertad. Novela. Editorial Futuro. 1989. De nuevo lejos de Uppsala. Novela. Bell Ediciones. 1991. Un Mundo casi Feliz. Cuentos y Poemas. Ediciones. Trilce. 1993. Nadie Muere de Amor en Disneylandia. Novela. Beas Ediciones. (Premio Fondo Nacional de las Artes) 1995. Cuentos con Mujeres. Beas Ediciones. 1998. Madame Bovary era una Buena Chica. Novela. Beas Ediciones 2001. El Infierno de Rosell. Novela. Ediciones del Leopardo. 2004. Lunfardo en el tango y la poética popular. Ensayo y Glosario. Proyecto Editorial, Ciudad Universitaria de la UBA.

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