De mexamericanos, mesoamericanos, latinoamericanos y demás “triggers”

Written by on 7 octubre, 2018 in Critica, Ensayo, Literatura, Política, Sociedad - No comments
Política. Literatura. Sociedad. Ensayo. Crítica.
Por P. Sabbatius.

Tomada de la página de Fey Berman.

Leí con sumo interés en Palabra Abierta la reciente entrega de Fey Berman [1] de la “Introducción” de su propio libro Mexamérica, una cultura naciendo.

Aunque no tengo nada de etnólogo, antropólogo o historiador con maestría, doctorado o cualquiera de esas categorías que den licencia para pontificar acerca de los asuntos humanos, sí me ha guiado siempre una pasión innata por la historia, su devenir y sus paralelos.

Según yo lo veo, la idea básica de Berman es destacar la existencia de una cultura (¿nación?) embrionaria gestándose en el seno de lo que hasta nuestros días se conoce como United States of America. El termino mexamericano vendría pues a constituir una necesaria corrección a lo que esquemática y un tanto estúpidamente se ha venido designando como mexicans o hispanics, sin tener en cuenta que (como bien nota Berman) los mexamericanos son cosa aparte, no solo de los mexicanos de México y los demás mesoamericanos [2] que quedaron detrás, en sus tierras al otro lado del Río Grande, Bravo o como se llame, aunque luego pretenda incluir en el término a los otros inmigrantes caribeños y sudamericanos a los que asimismo se embuten tradicionalmente en la citada categoría de Hispanic, de forma automática, sin tener en cuenta las enormes diferencias de índole etnológica, cultural e ideológica que los separan entre sí y también del inmigrante mesoamericano típico. Aparte del idioma (hasta cierto punto), ¿qué tienen en común un argentino que ama a Gardel o Astor Piazolla con un sonorense que disfruta a Los Tigres del Norte? ¿O un haitiano descendiente de Dessalines que practica el vudú con un guatemalteco, descendiente de un constructor de pirámides maya, que le reza a la Santa Muerte (alias Huitzilopochtli)? ¿O  un aymara que arropado en su poncho arranca lastimeros quejidos a su quena evocando el triste y gris paisaje de su altiplano con una esteatopígica mulatona brasileña bailando samba o lambada en una ardiente playa de Rio o Bahía, llevando por único atavío un bikini hilodental y sin sostén? ¿O un cubano o un venezolano que huyendo de las dictaduras comunistas buscó auténtico refugio en USA con un mexicano (ilegal o no) que se pavonea por Los Ángeles con una camiseta del Che Guevara proclamándose luchador por el Socialismo mientras saborea una McDonald o maneja un BMW?

@FeigueBerman

Tengo que confesar que en un principio no vi por qué Berman se queja que “se haya escrito tan poco sobre los mexamericanos”, y que al parecer nada más ella ha tratado el asunto, dado que me costó comprender en qué se diferencia un mexamericano de un chicano, y no solo se ha escrito bastante sobre los chicanos durante décadas, no hay universidad gringa que se respete que se atreva a prescindir de una cátedra de Chicano and Chicana Studies… Una somera búsqueda en Google nos lleva a un sitio llamado SpanishDict [1], donde se define que “The term Chicano is normally used to refer to someone born in the United States to Mexican parents or grandparents and is considered a synonym of Mexican-American”. O, lo que parece lo mismo, mexamericano. En cuanto a que no existe ni en Estados Unidos ni en México un solo museo dedicado a la herencia mexicana en Gringolandia…” remito a los interesados al National Museum of Mexican Art de Chicago, cuya página web es http://nationalmuseumofmexicanart.org/

Sin embargo, pronto se comprende que la identidad entre chicano y mexamericano es sólo aparente, y Berman lo revela al desnudo. El punto climático de la construcción del concepto de la naciente cultura mexamericana (que no chicana) estriba en la masa crítica que han alcanzado los mexamericanos, “la diáspora más grande del planeta” como la llama Berman. Masa crítica (de “una vastedad inigualable al [sic] de otras comunidades nacidas de la migración”) que ha anulado (o está en proceso de anular) cualquier posibilidad de disolverse en el celebérrimo melting pot e integrarse al rompecabezas multicultural en que ha pretendido convertirse la sociedad (que ya no nación) norteamericana.

El detalle (como decía Cantinflas) está en que los chicanos (o mexican-americans), al igual que los italian-americans, irish-americans, jewish-americans, asian-americans y muchos otros whatever-americans, se insertaron en la matriz original de anglosajones y africanos con aspiraciones de integrarse, disolverse en el melting pot y finalmente convertirse en americanos y luchar por este país, de forma semejante a como los samnitas, iberos, celtas, cartagineses, númidas, ilirios, retios, britanos,  macedonios y otros terminaron convirtiéndose en romanos del imperio y militaron en las legiones, con la diferencia de que en aquel caso Roma fue la que inmigró a ellos.

Tomada de Flickr. Secretaria de Cultura de Ciudad de México.

Sin embargo, Berman nos presenta Mexamérica como algodiferente, una nación per se, aunque en estado embrionario, al estilo de lo que ocurrió en Europa con el influjo masivo de los pueblos germánicos alrededor y tras la caída del Imperio Romano.  No sé si en alguna parte de su libro Berman describe una de las características que más admiro del mexamericano, que es su asombroso bilingüismo capaz de switchear de español a inglés y viceversa dentro de la misma oración, en segundos. Me siento fascinado por ver cómo funciona el cerebro de estas personas, aunque me imagino que era algo muy similar a lo que pasaba con los francos, visigodos y longobardos en los siglos VI y VII que probablemente mezclaban de forma similar el latín y sus lenguas “bárbaras”, mientras gestaban sus futuras lenguas romances de sus respectivas futuras naciones de Francia, Castilla e Italia…

Sin embargo, a mi juicio el principal mérito de Berman consiste en exponer, descarnada y honestamente, la beligerancia implícita en el nuevo concepto. Mexamérica “le guste o le disguste al norteamericano xenófobo, está para quedarse en los Estados Unidos”. ¿Dos naciones en un mismo territorio? ¿Israelitas y palestinos? ¿Serbios y bosnios? ¿Griegos y turcos? ¿Visigodos e hispanorromanos? ¿Moros y cristianos? La historia no se ha mostrado muy benévola con ese tipo de convivencia.

Karl Marx. Dominio público.

A través de la honestidad con la que Berman expone sus criterios, trasuda el rencor y la hostilidad, expresado en términos como Gringolandia y especialmente el consabido, manido y aburrido “Imperialismo yanqui”, objeto del aborrecimiento eterno e irreductible de los izquierdistas (¿izquierdosos?) latinoamericanos y de otras latitudes, que jamás le perdonarán a América haber sido la fuerza principal que abortó en el siglo XX el triunfo aparentemente inevitable de su sueño totalitario marxista-stalinista de dominación mundial con su secuela de miseria y opresión.

También asoma su oreja el añejo irredentismo de algunos mexicanos que nunca han dejado de soñar con revertir de alguna forma las consecuencias de la guerra de 1848 mediante la Reconquista de los territorios perdidos, como algunos griegos todavía sueñan con la reconquista de Bizancio. Esa obsesión con la injusticia histórica es la ideología que justifica el derecho que los activistas mexamericanos de la migración abierta e incontrolada atribuyen a sus paisanos a entrar a este país cuando les dé la gana, como Pedro por su casa, sin atenerse a ninguna norma migratoria como todos los demás porque, “en definitiva, esta tierra siempre fue de nosotros, esto es México, entramos cuando nos dé la gana y aquí nos quedamos”, como le dijo un cocky adolescente mexamericano a un amigo profesor de High School en Las Vegas que, a lo que mi amigo replicó “¡Si esto fuera México, tu seguramente estarías buscando como emigrar al Canadá!”

Berman, a semejanza de otros a los que Cabrera Infante [4] llamara latinoamericanos profesionales, también incurre en el error –o falacia- de acusar al Imperialismo Yanqui de “robarse” el nombre de América que “pertenece a todo el continente”. Los latinoamericanos profesionales olvidan –u omiten- el pequeño detalle de que nadie puede robarse algo que no existía. Cuando en 1776 las 13 colonias inglesas se constituyeron en el primer estado independiente surgido al oeste del Atlántico tras la caída del Imperio Inca, estaban simplemente adoptando para su neonata nación el malhadado nombre que un desinformado cartógrafo alemán dio a la tierra “descubierta” por Colón (o por Leif Ericsson), atribuyéndoselo erróneamente al navegante-cronista Amerigo Vespucci. Las demás entidades políticas constituidas existentes al oeste del Atlántico a la fecha eran los Virreinatos de Nueva España, Nueva Granada, Perú y Rio de la Plata, agrupados por los españoles bajo el nombre genérico de Las Indias,  el reino portugués del Brasil, más las colonias menores francesas u holandesas. El resto era un caos de terrenos de caza y labrantíos recorrido por esquimales, wabanakis, iroqueses, sioux, cheyennes, arapahos, navajos, apaches, yaquis, arawakos, waraos, piaroas, jibaros, tehuelches, araucanos y mil otros pueblos, ninguno de los cuales tenía la más remota idea de haber vivido durante miles de años en un lugar llamado “América” hasta que algún colonizador yanqui, europeo o criollo se dignara a explicárselo. El mismísimo Simón Bolívar vio en el nombre de América una injusticia histórica, y quiso llamar a su  soñada gran nación criolla independiente, en honor a Cristóforo Colombo, como Colombia o Gran Colombia, en contrapeso a la América de los anglosajones. En fin, que los United States of America tienen todo el derecho de llamarse AMERICA, pues adoptaron el nombre cuando más nadie lo tenía, ni lo quería. ¿Por qué los canadienses no tienen esos resabios? Sin embargo, Berman, a pesar de su diatriba izquierdosa contra el nombre, hace una concesión y lúcidamente rechaza el absurdo fonológico de intentar llamar mexicano-estadounidenses a sus mexamericanos e ignora la estúpida corrección política que tan nociva resulta para el libre pensamiento y expresión.

En fin, se percibe ese odio y rencor cultural (¿o racial?) que trasuda Berman contra el cruel Imperialismo que, como a tantos otros intelectuales similares, le brindó la oportunidad de desarrollo profesional y beneficio material que quizás no pudo encontrar en su México lindo y querido, y libre tribuna para la expresión de sus ideas; odio y rencor que comparte con toda la pléyade de latinoamericanos profesionales anidada en la AMERICA que tanto odian, muchos de ellos ciudadanos americanos que recitaron el Pledge of Allegiance y prometieron defender este país contra sus enemigos externos e internos para agenciarse el pasaporte americano y poder votar en las elecciones americanas, mientras se suman fervientemente a las fuerzas que pugnan por su disolución, atacando como pirañas al olor de la sangre por todas las fracturas engendradas en esta sociedad por la nefasta Identity Politics,  torpe (o arteramente) promovida desde fines de los 70 por las muchas quintas columnas gramscianas que tesoneramente persiguen su objetivo de finalmente dar al traste con el odiado Imperialismo. [5]

En consecuencia, lo que nos pinta Berman (nombre que por cierto no suena muy latinoamericano que digamos, me recuerda a Ingrid Bergman) sobre Mexamérica me evoca a una criatura en desarrollo al estilo de Alien, que espera su momento para surgir a la vida independiente desgarrando el pecho y las entrañas del host que lo acoge. Esta retórica irredentista y beligerante no hace más que llevar agua al molino de los terrores atávicos que muchos americanos, no solo blancos, sino muchos descendientes de muchos otros pueblos que vinimos aquí no para ajustar viejas cuentas, sino a buscar un sueño de libertad y/o prosperidad, estamos experimentando, y que en gran medida contribuyeron a llevar a Trump al poder. Sin duda ese es el trigger que despierta en los norteamericanos xenófobos (que simplemente perciben como se está escenificando de nuevo Texas 1836 pero a la inversa) el terror atávico de ser víctima de un reemplazo de poblaciones al estilo de los francos que reemplazaron a los galorromanos como pobladores de la cuenca del Rin en el siglo V o los pastores turcos que reemplazaron a los labradores griegos de las mesetas del Asia Menor en el siglo XI. ¿Quizás lo que Berman describe como racismo o xenofobia, no es sino simple, básico, reptiliano instinto de conservación? No obstante, en lugar de gastar retórica y recursos en construir un muro inútil (ya sabemos para lo que sirvieron el Muro de Adriano y la Gran Muralla China) mejor haría Trump en convencer a la sedicente raza blanca en invertir su instinto de conservación en convencer a sus hombres para que constituyan familias responsables y amen a sus mujeres, y a sus mujeres para parir más niños, y mejorar así su lánguida tasa de reproducción, drenada por el abortismo, el feminismo, la amoralidad, el suicidio y la drogadicción. Los gradientes demográficos responden a causas objetivas.

Sin embargo, que no se me malinterprete. El problema no es étnico. Lo peor que puede pasar no es el reemplazo de poblaciones, sino el reemplazo de ideología, el reemplazo de mentalidad.  Si en “los valores y las formas del American way of life” que, según Berman, se le han infiltrado del mundo anglosajón a Mexamérica, se incluye el amor y la capacidad de defender las instituciones y valores republicanos de la libertad, el estado de derecho, la laboriosidad, la tolerancia, la libre empresa y la autoconfianza que nos legaron los Padres Fundadores de América, pues ¡bienvenida sea! ¡A mí me es más fácil y me gusta más hablar español, mientras pueda vivir en libertad! Pero mientras los despreciados y vilipendiados gringos erigieron un sistema político y económico que por más de dos siglos atrajo y dio cobijo a millones de personas de todos los continentes en busca de libertad y progreso, “al sur del Río Bravo” no se ha logrado salir nunca del subdesarrollo, del caudillismo primitivo, del círculo vicioso de tiranía-corrupción-tiranía, ostentando una constelación de cleptocracias obscenas a todo lo largo y ancho de ese malhadado continente, que es la causa última de la miseria que impulsa a millones a escapar de allí como sea. Eso, o el Socialismo del Siglo XXI… Si algo así es lo que se propone traernos la nueva nación de Mexamérica, te lo agradezco, pero ¡no!, como dijo Shakira

En fin, dadas las condiciones, el curso actual de los acontecimientos y las enseñanzas de la historia, creo junto con Berman que, más tarde o más temprano, el advenimiento de Mexamérica, Aztlán o como quieran llamarlo es inevitable, quizás nacido de las ruinas del sueño de una república llamada United States of America que, con todos sus defectos, es el peor sistema de gobierno inventado por el hombre, excepto todos los demás, como dijo Winston Churchill (¡que falta nos haces, viejo gordo!) Solo Dios sabe lo que vendrá después, gracias a Él espero no vivir para verlo.

Sí, todo parece indicar que Mexamérica será independiente, nacerá reventando el cadáver del Tío Sam. Pero cuando eso suceda, independientemente de la forma política que revista, casi en seguida va a tener que luchar muy duro por el control de su parte de esos restos mortales contra los chinos, que también son muchos. Quizás por ahora no haya tantos chinos en América como mexamericanos, y son mucho menos vocingleros de su identidad, pero sí más organizados, disciplinados y astutos.

¡Entonces si van a saber de verdad lo que es el Imperialismo!

Notas:

[1] https://palabrabierta.com/mexamerica-una-cultura-naciendo/

[2] No olvidemos a los mesoamericanos: guatemaltecos, hondureños y  salvadoreños que reciben también su buena dosis de xenofobia cuando pasan por México tratando de llegar a América.

[3] https://www.spanishdict.com/guide/what-is-the-difference-between-hispanic-mexican-latino-and-chicano

[4] Cabrera Infante, Guillermo: Mea Cuba. España, Alfaguara, 1999.

[5] https://www.washingtonpost.com/opinions/we-dont-need-a-national-latino-museum/2016/09/23/7f5a0308-7f59-11e6-9070-5c4905bf40dc_story.html?noredirect=on&utm_term=.f6fb1ed17040

 

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