Literatura. Crónica.
Por Marcelo Morán.
De no ser por una caída que sufrí en casa de mi madre en San Jacinto, Maracaibo, a finales de 1990, jamás hubiese conocido esta historia en la que ella estuvo involucrada junto con mi tía María Regina.
—Es una fractura de costilla —diagnosticaría un médico después de atenderme aquel día en el Hospital Adolfo Ponds a donde fui llevado de urgencia por mi madre Guillermina Polanco. Mi hermana Beatriz, Reina, la enfermera de la familia, ya se había marchado a su trabajo en el Seguro Social de Veritas y no se enteraría hasta su regreso al atardecer.
Mientras esperaba el llamado de la enfermera para entrar a la consulta, ya con la radiografía en mi mano, se nos acercó una dama wayuu, cincuentona; contemporánea con mi madre, que conducía a su hijo por los pasillos en una silla de ruedas; era un joven próximo a los treinta años. Ambas mujeres cruzaron en seguida saludos como si se conocieran desde siempre.
La paisana, que se llamaba Cira, interrumpió de pronto su plática después de oír el nombre de su hijo pronunciado por una enfermera que se asomó a la puerta con una carpeta de aluminio. Cira movió a continuación la silla de ruedas con su hijo y entró al consultorio.
Le pregunté a mi madre quién era la mujer y dónde la había conocido, y no vaciló un segundo para responder.
—Creí que nunca me iba a recordar después de la pela que le di, allá en Maicao, cuando éramos muchachas —respondió mi madre sin mostrar un signo de nostalgia.
—Habría una buena razón para hacerlo, ¿no?
—Claro. Tumbó a mi hermana Regina de un burro, y con la caída, se partió una pierna. Por eso le quedó un caminar raro.
—Se le nota —dije.
Mi abuela se llamaba María Graciela Polanco, algunos familiares la apodaban la Catira. Era hija de Virgilio Polanco, un comerciante de ganado nativo de Sinamaica y de Dolores Silva Aapshana, oriunda de Cojoro e hija de un tenaz capitán de goletas, de Adícora, estado falcón, llamado Tomás Silva Abenatar.
Aquel lejano día de 1948, en Maicao, María Graciela le había pedido a su hija Guillermina de dieciséis años, que fuera a recoger leña en un burro, como era rutina una vez a la semana. La adolescente llevó a su hermanita de seis años llamada María Regina para que la tarea de recolección no fuera tan aburrida. La niña iba montada mientras que Guillermina iba a pie llevando por las bridas al asno previendo cualquier acto sobrevenido. Al llegar al sitio, amarró al burro al tronco de un cují, pero la niña permaneció sobre él, mirando como su hermana descuartizaba a machetazos las duras ramas de cují o trupillo como se le conoce en Colombia. De repente apareció una adolescente llamada Cira, que para jugarle una broma a la entretenida Guillermina, soltó con sigilo el burro y golpeó después con un palo el trasero del animal, que reaccionó, saliendo desbocado como si hubiese advertido la presencia de un gran depredador. El burro iba levantando columnas de polvo en su alocada carrera por el mismo camino en que había llegado antes, hasta que en un recodo, blindado con enhiestos cardones, frenó de golpe, y la niña salió disparada por los aires, cayendo de lado, sobre un colchón de espesas arenas. De lo contrario, su suerte hubiese sido peor.
Guillermina, desconcertada por lo que acababa de suceder, soltó el machete y corrió con desesperación tras su hermanita sin imaginar qué cosa había alterado la conducta del dócil burrito de su madre. Al principio pensó que el motivo podía ser la presencia de una serpiente cascabel, tan común en ese ambiente xerófilo, pero en la marcha no tardó en descubrir la verdadera razón: más allá del cují en el que había amarrado el burro, estaba la responsable: no era una culebra, sino una chica quinceañera que se desternillaba de risa con la travesura.
Guillermina, quien era delgada y demasiada alta para su edad, se devolvió con la misma prisa para ir por la culpable, quien había pretendido evadirse a toda carrera. Pero de nada le sirvió, porque en seguida fue alcanzada y cogida por el cuello de su manta, terminando en el suelo tras el violento tirón. Ambas se trabaron a golpes, pero se impuso la hija de la catira, quien volvió jirones la vestimenta de su rival hasta dejarla desnuda.
A continuación buscó una rama de cují y la azotó tantas veces hasta considerar que había recibido su merecido. Después, corrió al lugar donde su hermana gemía de dolor y era auxiliada por una pareja de cachacos que había presenciado con pasmo el aparatoso accidente.
El rescatista, sin ver una radiografía, aseguró que era una fractura de fémur, que debía ser atendida con mucho cuidado, y para no correr riesgos, mandó a su mujer por una tabla para llevar a la pequeña Regina inmovilizada hasta la casa de la catira, quien ya estaba afuera, con el presentimiento de que algo grave había pasado, porque el burro había llegado solo y nervioso.
Al cabo de pocos minutos la casa de la catira se inundó de curiosos y familiares, al tiempo que esta con ayuda de la pareja de cachacos procedía a colocarle a la pierna de la niña emplastos para atenuar el dolor, y después, entablillarle la piernita con cortezas de cují, que daban mejores resultados que los tormentosos cubrimientos de yeso.
Tampoco pasó mucho tiempo cuando se presentó un grupo de familiares de la chica llamada Cira, reclamando indemnización por la reprimenda de que había sido objeto. Mi abuela, dueña de una paciencia sobrenatural, los atendió con cortesía invitándolos incluso a tomar una totuma de café para que conocieran el estado en que había quedado su pequeña Regina después de sufrir esa caída provocada por un juego pesado, o quizás intencional. Luego, los padres y tíos de Cira, se desquitaron, haciéndola desfilar para que la catira comprobara el estado en que había quedado tras los azotes recibidos. Su manta estaba hecha tiras y presentaba arañazos y marcas cruzadas como equis en todo el cuerpo, como si en realidad hubiese sobrevivido al ataque de un propio tigre. “Esa que está ahí fue la que me pegó — gritó Cira gimoteando para que todos volcaran las miradas hacia Guillermina, que permanecía impávida desestimando la acusación.
Los reclamantes se retiraron molestos sin importarle la lesión de la niña, asegurando que en tres días enviarían un pütchipü o emisario de la palabra muy respetado, para exigir una indemnización por los azotes infligidos a su hija.
En casa de mi abuela no había hombres que la representaran. Su hijo mayor, José Antonio, laboraba desde 1946 como caporal de una finca en la remota Santa Bárbara del Zulia y desde esa fecha no regresaba a Maicao. El otro, Rafael Simón, tenía trece años y vivía en Paraguaipoa con su padre Manuel Silva.
Pero la estrella de la fortuna estaba de parte de la catira, porque al día siguiente llegó, tras un mes de ausencia, Eduardo Paz, su hermano mayor, con una recua de mulas cargada de provisiones procedente de Maracaibo y conducida por sus tres hijos Luisito, Helímenas y Abrahám. Eduardo era hijo de Eleuterio Paz, alias Pepe, quien había sido abatido cuarenta y ocho años antes, en Sinamaica, por el general Rudesindo González, el Cachimbo, en un duelo de honor.
Eduardo conoció indignado el caso de su sobrina y le dijo a su hermana que no se preocupara, que él se encargaría de resolverlo, y cuando se cumplió justo el tercer día de la convocatoria, no apareció en casa de la catira el pütchipü o emisario de la palabra que iba a enviar la familia de Cira para reivindicarla, sino Helímenas y Luisito con dos novillas de parte de Eduardo Paz.
—Tía, aquí le envía mi papá estas dos novillas como reparación por el accidente de la niña. No se preocupe. Ya el caso quedó saldado —dijo orgulloso el primero.
Mi abuela vendió las dos vaquillas porque era difícil mantenerlas en una tierra donde escaseaba el agua y en la que los pocos jagüeyes tenían dueños y reservaban solo para sus ganados. Para esa fecha Maicao no tenía una infraestructura hídrica consolidada y el agua se obtenía de molinos de vientos (aerobombas) o era transportada en camiones desde el río Carraipía y repartidas en latas por arrieros que el consumidor compraba después con moneda venezolana. Antes de 1948 el agua que consumían los habitantes de Maicao no era tratada: se obtenía de casimbas o de los mismos jagüeyes que dejaban lluvias piadosas y provocaban enfermedades terribles como la difteria y gastroenteritis que afectaban en mayor grado a la población infantil. En ese sentido mi abuela tuvo dos pérdidas.
Seis meses después, entrando 1949, la pequeña Regina volvía a jugar con sus muñecas de barro (wayuunkeras), que moldeaba su madre con la destreza de una gran escultora. Esa recuperación le permitía acompañar de nuevo a su hermana en la tarea de recolectar leña para el insaciable fogón de la Catira, al tiempo que esta se dedicaba a preparar cabuyeras para chinchorros que tejía con paletas que quedaban tan perfectas como si fueran hiladas en una textilera. También contaba con un pequeño rebaño de cabras que le daba leche y queso para el consumo y para la venta.
Así mismo, la Catira era una diestra costurera de mantas que tenía como clientes a mujeres acaudaladas. Ella las confeccionaba por medio de una máquina de coser, de manivela, que nunca fallaba, y había adquirido en Maracaibo por los años veinte. La máquina tenía una cubierta abovedada, de madera, que le daba el aspecto de un cofre de pirata. Era hermosa. La exótica máquina, que hoy sobrepasa el siglo, es conservada aún como una reliquia por una de las hijas de mi tía Regina.
Esa permanencia en Maicao fue al principio muy dura. El único patrimonio con que contaba mi abuela, herencia de Dolorita, su madre, era un rebaño de vacas que tenía en la finca La Cojoreña, cerca de Carrasquero, propiedad de su hermana mayor Delia Polanco, y fuera arrasado en 1940 por una crecida del río Limón. Y gracias al apoyo que recibió de Aura, la que tenía más solvencia económica de todos sus hermanos, pudo sortear las dificultades.
Mi abuela vivía en el sector Mecheena, al sureste de Maicao. Una tierra rodeada de ciénagas que propiciaba el pasto para la cría de animales y donde se concentraba el grueso de la familia González Aapshana. Su casa estaba construida de barro con una amplia enramada en la que tenía el telar y donde se podía colgar más de una docena de chinchorros. Su vecina más próxima era su hermana Aura, quien vivía acompañada de sus hijos David, Enma y Graciela. Un poco más allá quedaban las residencias de sus primos Elpidio y Aminta González. El primero tenía como pareja a Omaira Paz Jusayuu y la segunda al líder Eleuterio Paz, Yajaira, también del clan Jusayuu.
En aquella casa que recordaría con nostalgia muchos años después en largas pláticas con sus nietos, recibía visitas de familiares y amigos que venían de diferentes regiones de la península y de Maracaibo a pasarse unos días. Otros, pernoctaban para contrabandear con licores y cigarrillos. En ese tiempo ya Maicao despuntaba como la meca del comercio en La Guajira.
A comienzos de ese mismo año cuarenta y nueve, en un ventoso amanecer, mi abuela fue despertada por un suceso que cambiaría su vida y la de sus hijas para siempre. Una noticia que estremeció Maicao hasta los cimientos: El joven Víctor Emanuel González, Chipilín, sobrino de los líderes Aapshana Edmundo y Elpidio González había abatido a tiros al cacique de los Epieyuu Abraham Ramírez en una circunstancia extraña y a la que nadie se atrevía a hacer conjeturas precipitadas.
Tan pronto los parientes del fallecido se enteraron del suceso, reaccionaron, arremetiendo contra algunos trabajadores y propiedades de los González, que no pasó a mayores por la rápida intervención de las autoridades colombianas, que para sofocar los ánimos exaltados, decidieron después junto con los Ramírez, presentar un ultimátum, que consistía en que los Aapshana debían abandonar Maicao a la brevedad y dejar todas sus propiedades como reparación por la muerte del conocido líder del clan Epieyuu. Y así se cumplió. Incluso para que no se produjera alteración del orden público en la retirada de los González hacia la frontera con Venezuela, fueron escoltados por un pelotón del ejército colombiano.
Desde el mismo amanecer en que mi abuela se enteró del suceso, comenzó a empacar pertenencias pensando en el futuro de sus dos hijas: María Regina de siete años y Guillermina de diecisiete. María Lucinda, la mayor, ya había hecho su vida desde 1946 con su pariente Edmundo González. Mi abuela sabía el significado y trascendencia de ese evento. Debía marcharse cuanto antes porque no deseaba ser botín de guerra junto a sus dos hijas; experiencia que conocía muy bien, porque también sus tíos y abuelos la habían puesto en práctica para cobrar con saña deudas de sangre. Así se obraba algunas veces en La Guajira cuando la fórmula de la conciliación no funcionaba.
¿Adónde tendría que ir para levantar una nueva casa y forjar otro comienzo? En ese instante no lo sabía. ´Lo único que tenía claro era rematar el escuálido rebaño de chivos para hacer frente a la necesidad que ya vislumbraba más allá de la frontera de Venezuela.
Después de proveerse de una garrafa de agua, otra de üjolü (chicha de maíz), raciones de cecina y plátano asado, partió una mañana transportando en un burro a sus dos hijas, y en otro que llevaba de cabestro, sus pertenencias. En la marcha precipitada por un sendero seco y plagado de espejismos, se cruzó con varias mujeres que cargaban niños sobre burros, igual que si viera su propia imagen multiplicada regresando a Maicao. Así la azotaban sus cavilaciones por el largo camino hasta arribar al atardecer a Kousholojuna (muy cerca de la frontera con Venezuela) a casa de unos familiares para descansar. Al día siguiente prosiguió a Guarero, siendo recibida por su pariente, María Larreal, “quien era conocida por Tamana, porque saludaba con esa palabra, que según los habitantes de Jalaala, significa hermana o hermano”, explicó mi primo el antropólogo wayuu, profesor Manuel Larreal Aspshana.
—¿Por qué mi abuela Graciela no acudió a mamá Josefa Marín, que era su prima hermana, en lugar de los Echeto Larreal? —le pregunté a Manuel.
—Mis abuelos en ese momento residían en Santa Bárbara del Zulia y no regresarían a Guarero hasta mediados de los cincuenta. El que sí ya estaba instalado allí era su hermano José Manuel Marín y su primo Pájaro, quienes habían podido huir y salvar algunos animales de los González. Manuel Echeto era el esposo de María Larreal y líder natural de Guarero, que abonaría el camino para que las abuelas Aapshana: Polanco, González y Larreal se posesionaran de esas tierras tras ese calamitoso éxodo desde Maicao.
Después que mi abuela se instaló en una nueva casa en Guarero, a mediados de ese mismo año (1949) viajó con Guillermina a Santa Bárbara del Zulia para visitar a su hijo mayor, José Antonio, visita que sirvió también para gestar un negocio en esa tierra desbordada de trabajo y prosperidad.
Guillermina se casó con Pedro Morán (mi padre) en 1950. Al siguiente año mi abuela comenzó a viajar a Santa Bárbara del Zulia para vender prendas de oro en fincas como la Hacienda Colón, del productor Juan Eduardo Atencio, donde laboraban y vivían algunos familiares. Las prendas que vendía mi abuela iban desde anillos, zarcillos, brazaletes, relojes, medallones, cadenas. Esas alhajas las compraba al principio en la Joyería La Trinidad, que estaba ubicada en las inmediaciones de la Plaza Baralt, en el centro de Maracaibo. Después, el mismo dueño, don Trinidad Barbosa, se las daba a consignación considerando su puntualidad y solvencia para pagar. Ella no ofrecía alhajas sueltas o sin envolturas, que revelarían sus dudosas procedencias. Todas las que vendía venían en sus estuches de lujos, timbrados con el nombre de la joyería.
En esa década de los cincuenta, María Graciela viajaba al Sur del Lago de Maracaibo en piraguas, y la Santa Teresita del capitán Anaxímedes Morillo, era su preferida, haciendo de la paciencia la mejor de las virtudes, pues la travesía duraba más de dieciocho horas para llegar al muelle de Santa Bárbara, bañado por aguas del río Escalante.
Una semana antes del derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez, ocurrido el 23 de enero de 1958, mi abuela viajó a Caracas acompañada de su nieta Berta para reunirse con sus hijos Rafael Simón y José Antonio. El primero se oficiaba como periodista en el diario Última Noticias, y el segundo, se desempañaba como técnico y sindicalista en la compañía de teléfonos de Venezuela (CANTV). También era asesor indigenista en el Ministerio de Justicia.
La foto que ilustra esta historia fue tomada durante esa visita por José Antonio y guardada desde entonces en los archivos de Rafael Simón, y gracias a la cortesía de su hijo, William Echeverría, que me la envió en días reciente por Whatsaap, pude convertirla en color con recursos de la IA para darle al rostro de la Catira su matiz natural.
A comienzos de los sesenta, la Catira se acompañaba de un nieto en cada viaje a Santa Bárbara del Zulia: los alternaba de mayor a menor empezando por Abigail, Antonio, Witer, Dellanira, Luz, Beatriz, Calata.
En 1963, a mis seis años, también me tocó acompañarla. Pero no fui en piragua, sino en un latoso viaje en bus que duró más de ocho horas. Para esa fecha ya estaba construido el puente General Rafael Urdaneta, que al fin había unido ambas costas del lago de Maracaibo. De ese modo conocí la tierra a la que todo habitante de La Guajira deseaba ir para forjarse un mejor destino.
En aquel lejano viaje que hoy se remonta a sesenta y tres años, visité con mi abuela decenas de fincas donde la cantidad de ganado vacuno competía con la copiosidad del pasto. Ella no portaba mochilas ni se forraba con mercancías como las pintorescas camellas que traían ropa de Maicao por los años setenta y ochenta. Apenas llevaba un pequeño bolso de lana llamado süsü, en el que guardaba las prendas y una cartera que contenía su cédula de identidad junto con el efectivo.
“Viajé dos veces en piraguas con mi abuela y después la acompañé caminando por varias fincas. Pero en realidad, nunca supe qué vendía”, me dijo su nieto Witer después de traerle a colación el tema.
Nadie podía imaginar que detrás de esa figura señorial se escondía una vendedora de joyas muy solvente. En los dieciséis años en que desfiló por centenares de fincas de Santa Bárbara del Zulia nunca vivió el acecho de un salteador de caminos. Dios siempre la acompañó.
A pesar de que mi abuela era analfabeta tenía una memoria de extraterrestre para llevar la contabilidad de su negocio. Sabía con exactitud cuánto habían abonado y cuánto faltaban por cancelar las decenas de clientes que visitaba cada quince días en las fincas de esa región igual que si llevara el control a través de una libreta. Ni falta que le hacía. A parte de eso también llevaba en un archivo de su memoria el monto que tendría que abonarle al dueño de la Joyería La Trinidad y lo que quedaría pendiente para el próximo viaje.
Esa vocación de joyera lo heredó de su madre Dolores Silva, conocida como Dolorita, quien había nacido en Cojoro en 1870, de la unión de María Josefa Aapshana con el comerciante falconiano Tomás Silva Abenatar.
Tomás Silva era dueño de dos goletas que tenían al principio una ruta entre Adícora su tierra natal y Aruba. Pero después que el gobierno venezolano aumentara los impuestos a los rubros de exportación hacia esa isla, Tomás optó por el contrabando, tanto de productos exportables: ganado vacuno, caprino, cuero, maíz, sal, madera de tintes y para la construcción, como importables: licores, materiales de labranzas, telas, tabacos, perfumes, armas y medicinas.
Tomás no era el único de su familia que se dedicaba a ese tipo de actividad comercial. Estaba su hermano Julio y un primo de ambos, más joven, llamado Tomás Silva Van der Biest a quien confundían con él. Todos fueron comerciantes muy prósperos que dejaron prole en La Guajira.
En una de esas estancias entre Cojoro y Castilletes Tomás Silva conoció a María Josefa Aapshana en 1869 y al año siguiente nacería Dolorita, nombre que le dio Tomás en honor de su madre llamada Dolores Abenatar, establecida entre Adícora y Oranjestad, capital de Aruba.
Tomás Silva (según descripciones que fueron pasando a lo largo del tiempo entre su prole), era un hombre de mediana estatura, delgado, de tez blanca y curtida por sus largas campeadas como lobo de mar. Cada vez que arribaba a Castilletes, se despojaba de su chaqueta y de su quepis (que lo acreditaban como capitán) y bajaba a tierra firme vestido de caqui y calzando botas de cuero negro, brillante. Usaba un sombrero negro o marrón de pelo e guama y llevaba un reloj de oro sujetado con una leontina. A diferencia de otros capitanes no portaba revólver, porque nunca le gustaron las armas. Era escoltado a caballo a Cojoro por dos hombres de seguridad del muelle de Cocinetas que portaban fusiles Winchester y lo resguardan hasta su regreso.
Tomás hablaba muy poco de su vida y le fascinaba descansar en un chinchorro bajo una enramada de palma respirando el fresco aire cojoreño.
Dolorita, por su parte, era bajita, rellena, morena clara, de pelo ondulado y de ágiles andares. Era una mujer muy familiar pero tenaz en sus decisiones; cualidades que asimilarían después su nieta Guillermina y su bisnieta Abigail.
Desde que era una niña recibía regalos de su padre, sobre todo, prendas de oro, que traía en sus constantes viaje por Aruba. Ella las coleccionaba en un cofre junto a las cuentas de kakuuna, (piedra de origen marina) y túuma (de origen mineral), que había obtenido de su madre. Cuando llegó a la adolescencia, vendía las joyas repetidas o compartía algunas con sus primas, porque no tuvo hermanas, solo uno, varón, llamado Rafael y conocido como Rapairra, quien era menor que ella un año y se dedicaba también al comercio: vendía víveres, tabacos y licores que traía su padre en cada arribo al informal puerto de la laguna de Cocinetas, aunque algunas veces fondeaba su goleta sin carga en las costas de Cojoro.
Ambos adolescentes viajaron muchas veces a Aruba, Maracaibo y Adícora, llevados por el complaciente lobo de mar, permitiendo en ese trasiego el aprendizaje del idioma castellano.
Un día en que Rafael regresaba de ese puerto arreando una recua de burros cargada con mercancías, fue emboscado por una pandilla de kusinas: un grupo de origen arawak que se dedicaba al pillaje y establecido en Kusí, (localidad emplazada al norte de Cojoro), según el investigador y cronista de Guarero, profesor, Lenín Alfonzo González Aapshana.
Rapairra al no poder contener la ferocidad de los atacantes, huyó en su caballo después de recibir un flechazo en una mano, que interpuso, para que no diera en su rostro. La mercancía se perdió y ninguno de sus cuatro acompañantes pudo sobrevivir.
Al cabo de dos horas Rafael llegó a Cojoro extenuado y con la mano herida muy inflamada. Recibió de su madre las mejores atenciones, con bebidas y emplastos de todo tipo, pues como piache, era practicante de la medicina tradicional wayuu. Pero su esfuerzo fue en vano, porque la flecha de raya que penetró en el brazo de su hijo, estaba untada con veneno de cascabel, lo que provocó su muerte al cabo de pocos días, a los dieciocho años.
Ese evento reunió a sus familiares maternos, liderados por su tío abuelo José Dolores Flores, Wunupata y Rafael González, el Maneto, su primo hermano, quienes esperaron el entierro para ir tras los asaltantes, que ubicaron al cabo de un mes en la serranía de Macuirra, al noroeste de Castilletes, dando cuenta de ellos junto con un importante botín que fue repartido entre todas las matronas Aapshana. Algunos nietos de Dolorita llevarían después el nombre Rafael como homenaje al joven tío asesinado en 1889: Rafael Simón, Rafael Enrique y Rafael Ángel.
Un año antes de la muerte de Rapairra, Tomás Silva, que rozaba los cincuenta años, llegó de manera sorpresiva a casa de María Josefa, su mujer, trayendo un cofre del tamaño de una caja de zapatos con cientos de morocotas para sus hijos. Ninguno de los dos se extrañó, porque Tomás Silva siempre los mimaba con regalos, pero María Josefa sí lo hizo. Ella presentía algo.
Al cabo de dos días lo acompañaron en burro hasta el muelle de Cocinetas, donde estaba atracada su goleta preferida: Sefarad, ya despachada con provisiones para zarpar rumbo a Aruba, como otras veces.
Dolorita, Rafael y María Josefa no se retiraron hasta que la embarcación de dos palos y de veinticinco metros de eslora, se perdía en el horizonte del mar de La Guajira agitando en alto sus alas blancas como señal de adiós. Nunca regresaría.
El mismo año en que murió su hermano, Dolorita se comprometió con el comerciante criollo Eleuterio Paz, quien pagó su dote siguiendo la tradición wayuu. Pero su relación terminó después del nacimiento de Eduardo en 1891.
Cinco años después Dolorita hizo vida marital con el comerciante sinamaicaero Virgilio Polanco con quien procreó cinco hijos: Delia, José Trinidad, María Graciela, Aura y María Concepción, y continuó viviendo en Cojoro.
Cuando Eduardo tenía dieciséis años (1907) fue capturado muy cerca del muelle de Cocinetas por una banda de tratantes de wayuu que lo llevaron en piragua junto a otro jóvenes para ser vendidos como esclavos a un hacendado en Santa Bárbara del Zulia.
Dolorita al enterarse de la noticia, viajó de urgencia al puerto y contrató una goleta para ir tras su hijo. Pero no lo pudo alcanzar. Cuando la goleta llegó al malecón de Maracaibo para hacer una escala, se encontró con un viejo marino de su padre que le dio luces sobre su inexplicable desaparición.
—No. No, Dolorita. Tu padre no murió. Pero es como si en verdad hubiese muerto. Vendió sus goletas y se marchó a un país lejano, a donde no puede llegar ni siquiera tu imaginación. A la tierra de sus ancestros maternos, Jerusalén. A la tierra que tiene como símbolo una estrella de seis puntas.
A partir de esa respuesta, Dolorita empezó a comprender la extraña actitud de su padre, que se iba a la madrugada a orar a la playa en una postura muy distinta a los franciscanos que conocería más adelante luego establecerse con sus hijos en Ipapure. Al menos con esa revelación se tranquilizaba, porque al principio creyó que su padre era ateo, pues nunca le habló de la fe que profesaba.
El joven Eduardo Paz fue liberado por el hacendado esclavista después que Dolorita lo canjeara por diez morocotas de oro de veinte dólares estadounidense. El ganadero había rechazado las cinco morocotas que ella ofreció al principio, equivalente a los quinientos bolívares que él pagó a los captores por el joven wayuu de un metro ochenta de estatura y de aspecto caucásico, rasgos heredados de su padre Pepe Paz. Porque en ese tiempo cada morocota se cotizaba en cien bolívares, cantidad considerada entonces un dineral. Imaginemos lo que representaban diez.
—No. No. Este muchacho que trabaja por cinco peones no lo voy a soltar por quinientos bolívares. Me dais otras cinco morocotas y te lo podéis llevar —había respondido con insolencia el esclavista a Dolorita.
Ese mismo año (1907) Dolorita abandonó Cojoro por la fuerte sequía que azotaba esa región y afectaba de manera severa a su nutrido rebaño de vacunos. Se fue a Ipapure (del lado colombiano) con sus cuatro hijos mayores: Eduardo de dieciséis, Trinidad de diez, Delia de siete y María Graciela de dos años, porque Aura y María Concepción nacerían después en ese lugar de fértiles praderas y rodeado por cerros rocosos.
Allá residía el grueso de su familia materna con el que se mantuvo hasta 1927, cuando por las mismas razones tuvieron que migrar hacia un nuevo asentamiento que más tarde se conocería como Maicao, pero al transcurrir apenas un año de su llegada, falleció a los cincuenta y siete años; secuelas de viejas afecciones cardíacas.
En 1940 sus restos fueron llevados al cementerio ancestral de su familia, ubicado en un sector conocido como Ekika, al suroeste de Cojoro para cumplir con el rito del segundo velorio.
Mi abuela culminó sus viajes a Santa Barbará del Zulia a principios de 1966, poco antes de que su hija María Regina recibiera su título de Maestra Normalista en un instituto de la diócesis de Cabimas. Ella costeó sus gastos desde el mismo momento en que comenzó la primaria en la misión capuchina de Guarero y continuara en una extensión de la misma orden en La Villa del Rosario de Perijá hasta 1962.
Mi madre se encargaba de visitarla cada quince días para llevarle dinero y los insumos que iba a necesitar en esa formación que duró cuatro años.
Cada vez que mi abuela regresaba de viaje a Las Parcelas, procedente de Santa Bárbara del Zulia, corríamos a recibirla en la carretera. Siempre traía en el bus de Campo Mara un saco de plátanos, otro de naranjas y una garrafa de kojosü (leche fermentada). Algunas veces una de esas garrafas, por efectos del calor y la vibración de la plataforma del bus, reventaban sus tapas y producían un reguero de leche espesa, que alcanzaba el techo y salpicaba a los otros pasajeros como si fuera una botella de champaña que se descorchaba para celebrar una bienvenida. De hecho era así. Porque cada llegada de nuestra abuela era siempre un motivo para celebrar.
Después que mi madre y mi tía Lucinda vivieran durante quince años en Campo Mara, se establecieron en Maracaibo, San Jacinto en 1973. Ese año acordaron entre los otros hermanos, comprarle una casa a la catira en la misma urbanización, en el sector 12. Vivienda en la que residimos después algunos de sus nietos.
El 12 de noviembre de 1982, María Graciela se preparó temprano para visitar a su nieta Luz, que seis días antes había alumbrado a su segundo hijo y llevaría por nombre Jairo Luis. Para ese propósito mi hermana Beatriz la iba a acompañar. Cuando caminaban conversando muy animadas por una vereda rumbo a la parada de los carros de la línea San Jacinto, que quedaba muy cerca de las casas de ambas, enmudeció de repente y fue soltando sus manos generosas de los de su nieta, para desvanecerse con lentitud en un largo suspiro de despedida a los setenta y ocho años, porque había nacido en Cojoro en 1905. Un infarto fulminante le impidió concretar su última visita.
“Mi abuela le fascinaba salir. Siempre hallaba un motivo para hacerlo, como si a través de un viaje encontrara su liberación espiritual. Lo comprobé las veces que la acompañé a Santa Bárbara del Zulia en las tortuosas travesías de dieciocho horas en piraguas, que lejos de cansarla, la hacían sentir muy feliz”, me comentó Abigail, su primera nieta.
Aquel día, quizás la esperaban en algún puerto al que solo se llegaba en sueños, Dolorita, María Josefa, Rafael junto al capitán Tomás Silva Abenatar, su abuelo, para acompañarla a recorrer en goleta todos los mares del cielo rumbo a la eternidad.
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