Montréal, 375 aniversario de otro refugio cubano

Written by on 23 marzo, 2017 in Cronica, Literatura - 1 Comment
Literatura. Crónica.
Por Mario Blanco Blanco…

De La Habana al Mont Royal. Al coronar su cúspide me sentía un tanto aliviado de la enorme distancia que me  separaba  de mi familia,  y acopiaba  fuerzas para enfrentar el futuro ante la enorme decisión tomada en mi vida de emigrar a otras tierras

Dentro de un par de  meses se celebrará el 375 aniversario de la fundación del Asentamiento Ville-Marie, génesis de la ciudad de Montreal. Se articulan decenas de proyectos y se trabaja con efervescencia, incluso bajo la nieve, en aras de terminar el conjunto de obras aprobadas para conmemorar este gran evento.

En Mayo 17 de 1642 el entonces Gobernador Paul Chomedey —señor de Maisonneuve, nacido en Neuville-sur-Vannes, Francia en 1612—, concretamente a sus treinta años, a través de una misa realizada ese día, marcó la fundación de esta bella colonia dentro de los territorios iroqueses. Ya antes la ciudad de Quebec, más al este, había sido fundada por Samuel Champlain en 1608, lo que en general se dio en llamar la Nueva Francia. De esta manera Maisonneuve, como comúnmente se le ha llamado, se convirtió en el primer gobernante de la futura, bella y cosmopolita ciudad de Montréal.

Maisonneuve, quien desde los trece años se convirtió en soldado y había ya combatido en la Guerra de los Treinta Años.  Guerra entre la mayoría de los estados europeos, a raíz del conflicto político entre los, unos partidarios de la Reforma y otros de la Contrarreforma, que además dejó bastante diezmada la población masculina y que aparentemente culminó con la paz de Westfalia y de los Pirineos; y digo aparentemente porque esto no fue más que el origen de otras guerras entre algunas de las potencias europeas. Nuestro ilustre francés  llegó a la Nueva Francia en 1641, y comenzó la fortificación del asentamiento y la construcción de su capilla. El primer reto del recién iniciado gobernador fue la enorme inundación de 1643 que amenazó con destruir la pequeña ciudad, y fue cuando toda la población y el propio gobernador rezaron fervientemente porque esta disminuyera, y escuchándole  la madre naturaleza  sus ruegos accedió  a la tregua, salvándose así del desastre.  En base  a ello Maisonneuve erigió una enorme cruz en la cúspide más alta de la isla, el monte Mont Royal, como símbolo de la voluntad y la fe.

Los franceses —una población aún reducida entonces en Montréal—, se salvaron de aquel diluvio, pero se les vino encima otro de gran peligro, y fue la amenaza de los indios iroqueses que veían la invasión de sus territorios ancestrales por aquellos seres, caras pálidas, como una epidemia a la cual debían extinguir. Fue en 1644 que poco faltó para que el propio Maisonneuve perdiera la vida, al ser rodeado inesperadamente  por un grupo de 200 iroqueses que los vigilaban, siendo ellos solo un grupo de treinta personas, y gracias a la estrategia militar del avezado ya soldado francés, logro este conducir al grupo a una fortaleza y protegerse. Los problemas con los iroqueses duraron años, pero la villa se fue desarrollando, y en 1652 en un viaje a Francia el gobernador convenció a un grupo de 100 misioneros para que lo acompañaran y así engrandecer la ya diezmada población francesa, en la que solo quedaban 50 personas. Creció con los años esta pequeña colonia, y ya para 1665 cuando Maisonneuve recibió la orden de regresar a Francia, después de 24 años desde su llegada, dejó la futura gran  ciudad de Montréal como un lugar estable y próspero. Ya para entonces, se encontraba en esta ciudad, haciendo sus labores de fraternidad y humanidad, otra gran heroína francesa para la historia de Canadá, quien fue Margarite Bourgeoys, pero este es tema de otro futuro análisis. Maisonneuve murió en 1676 en París, dejando para la historia la fundación de una ciudad en la cual han encontrado cobijo varias generaciones de aquellas valientes familias francesas, que decidieron crear en tierras lejanas y frías, otra Francia, y  en la que en  años posteriores, miles y miles de emigrantes han encontrado el calor de una segunda patria, entre ellos la familia del autor de estas líneas.

Pero dentro de las acciones imperecederas y que casi como un toque mágico dejó el fundador de aquella otrora colonia, fue la de erigir la enorme y famosa cruz, como símbolo de gratitud ante Dios, y la entonces inclemente naturaleza, que escucharon sus ruegos y permitieron que su ciudad no quedara totalmente anegada por las aguas. Es este lugar sembrado en el centro de la isla, como un patrón que cuida su rebaño, al que queremos dirigir nuestro especial afecto pues fue ahí también donde recalé en 1997, y donde encontré paz y sosiego en sus faldas y a quien desde entonces he llamado mi gran amigo, y es el Mont Royal, al cual ya antes le había dedicado unas palabras, que aquí expongo con el regocijo que siente  un hijo en el regazo de una madre.

«La Montaña Real que ocupa el centro de la isla me cautivó desde el primer día que arribé a Montreal». Posee tres colinas: La Gran Montaña, Outremont y Westmount, y su altura no alcanza los 250 metros. De hecho la ciudad tomó el nombre  de este monte, bautizado por Jacques Cartier en 1535 cuando llegó por primera vez a estas tierras. Recuerdo que en los  primeros días con la nostalgia embriagando mi corazón, subía al monte aprovechando que pernoctaba cerca del mismo, para descongestionar  mi alma en el ascenso.  Al coronar su cúspide me sentía un tanto aliviado de la enorme distancia que me  separaba  de mi familia,  y acopiaba fuerzas para enfrentar el futuro ante la enorme decisión tomada en mi vida de emigrar a otras tierras. Recuerdo también que al primer lugar que llevé a mi prole cuando pisaron tierra canadiense, fue a visitar el monte amigo donde en su regazo enjuagué tantas veces las lágrimas de la separación.

Me sentía desde hace tiempo comprometido  con la deuda de dedicarle una de mis páginas, y justamente ayer tuve que atravesarlo, y una vez más me deleité en su vegetación, tan bella ahora en el otoño, sus gargantas, el enorme cementerio separado en segmentos poblacionales  que guarda los restos de tantos y tantos de nosotros los emigrantes. Bordeé el  Lago de los Castores, y antes de descender, observé una vez más el lado sur y este de la ciudad de Montréal. Indiscutiblemente que tanto de día como de noche el Mont Royal se convierte en el  observatorio por excelencia de nuestra bella urbe. La caprichosa geografía situó este bello promontorio en una isla rodeada por dos ríos, el San Lorenzo y el Río de las Praderas, y la superficie de la isla de Montreal no alcanza más allá de 500 km2 y una longitud de unos 50 km. El monte casi en su centro mismo, se erige como su dueño y señor y le da una magnificencia extraordinaria.

Quizás por mi influencia o por propia iniciativa, mis hijos a menudo visitan el monte y encuentran el sosiego que brindan sus faldas y su hermosa naturaleza. La población de Montréal  acude al monte como su gran lugar de esparcimiento, donde niños, ancianos y adultos disfrutan de este gran pulmón silvestre natural, y adonde nosotros siempre llevamos en primicia, a  todo aquel que nos visita desde otras latitudes. Pero para mí, el monte tiene un embrujo muy especial y su sola presencia enternece mis sentimientos. Fue él mi gran amigo, en mis primeros momentos de angustia, y desde su cúspide fortalecí mi espíritu tantas y tantas veces. Hoy  mi familia crece constantemente y las preocupaciones son de otra naturaleza, pero en aquellos momentos iniciales cuando la incertidumbre era inmensa  a pesar del convencimiento de la decisión tomada, ese rincón geográfico sagrado  se constituyó  para mí en  el refugio materno, la guarida cálida, el seno de mujer que protege y anima. «Por todo eso el Mont Royal será siempre mi fiel amigo, mi padre canadiense».

Allí está también una réplica moderna de la cruz erigida por Maisonneuve, como símbolo de gratitud, y desde sus cruzados brazos prodiga amor y bienaventuranza a todo aquel que llega a la ciudad más populosa y cosmopolita de la entonces Nueva Francia, que muy pronto tendrá su 375 aniversario llena de júbilo y orgullosa de su historia.

[Esta crónica fue enviada especialmente por su autor a Palabra Abierta]

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About the Author

Mario L. Blanco Blanco, Santiago de Cuba, 1949. Ingeniero naval. Estudió en la Politécnica de Gdansk, Polonia. Trabajó durante algunos años en el Mitrans, organismo central en la dirección de inversiones. Durante el período del 1986 al 1989 se desempeñó como Presidente del Poder Popular del municipio Plaza de la revolución en Ciudad de la Habana. Trabajó luego en el sector marítimo de la Pesca. Fue director de la empresa de Tintorerías y Lavanderías de Ciudad de la Habana. Reside en Montreal, Canadá, desde 1987.

One Comment on "Montréal, 375 aniversario de otro refugio cubano"

  1. Johann 30 marzo, 2017 at 2:27 pm · Responder

    Hallo Mr,Blanco,

    is there a possibility to get in touch with you?Maybe we can teach each other about Arsenio Ortiz.

    Best regards,looking forward to hear from you.

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