Lo extraordinario en dos cuentos de Amanda Pérez Morales

Written by on 20 enero, 2014 in Literatura, Relato - 1 Comment

Literatura. Relato.

Por Amanda Pérez Morales…

Hombres con zancos

Hombres con zancos

Supongo que lo comenzaron las mujeres, con esa idolatría que suelen sentir por los chaussures à talon. Luego algunos vagabundos con ínfulas de grandeza y finalmente todos, todos los niños, todas las mujeres, todos los hombres, los travestidos, incluso los fenómenos de circo, que apenas se preocupan por llamar la atención. Quizás ocurrió porque Strasgonovia era una ciudad casi desconocida, o porque quedaba demasiado al sur —y el sur es el sur, aburrido y lento como su u—. Lo ocurrido fue que una mañana todos despertaron decididos a alejarse del suelo. El porqué de esto es imposible determinarlo si tomamos en cuenta que cada individuo representa en el mundo de las explicaciones un universo de posibles respuestas y estas respuestas, a su vez, encierran un montón de subrespuestas que continúan su división hasta el infinito. Quién sabe entonces qué desembocó la vorágine.

Ese día la rutina en la ciudad no cambió. Aunque cada uno de sus habitantes pasó la jornada cavilando exactamente el mismo deseo, las luces se apagaron sin que nada ocurriese. Pero en la noche, cuando se escapa de la materia el yo habitual, la ciudad entera abrió los ojos y fueron directo a la carpintería local. Algunos marineros del pueblo vecino dicen haber escuchado un sinfín de hachazos y que en momentos en que la luna iluminaba los alrededores, se veía, a lo lejos, como caían uno tras otros, los árboles de Strasgonovia. Dicen también que de tanto en tanto se sentían chillidos y risas estruendosas, de esas que alargan mucho la a. Pero nada más.

Al amanecer, cada persona de la ciudad caminaba sobre dos varas de madera, calzadas en los pies con pedazos de cuero. Acerca de sus dimensiones se encargarán los matemáticos, que deberán recurrir a fórmulas para hallar la altura exacta. Para el que miraba, aquellos hombres se perdían entre las nubes y la vista se les limitaba a ver vagar por la ciudad un montón de palos, que como nómadas deambulaban de un lado a otro. Se dice que en América, desde alguna de las más altas edificaciones aztecas, se podían vislumbrar algunas varas de madera de los hombres con zancos, que como los primeros habitantes de la tierra, se enfrentaban a un mundo completamente nuevo. En pocos meses, los ciudadanos de Strasgonovia construyeron una nueva ciudad entre el cielo y la tierra. No sabemos cómo lograron hacer camastros y mesas y decorados franceses en cada una de ellas, pues la lógica de las alturas no es consonante con la nuestra. Usaban ropas vistosas, para distinguirse bien los unos de los otros, y las mujeres, que fueron incapaces de olvidar sus métodos primitivos de lucir elegantes, decidieron transformar los zapatos, en modernos sombrerillos de mediodía. Muchos filósofos comenzaron a teorizar con respecto al tema. Algunos les atribuyeron a los hombres con zanco, una nueva manera de cuestionarse el papel del ser humano en la tierra. Otros, de corte más biologicista, se diluyeron en investigaciones en torno a la necesidad de que el mamífero habite en tierra firme. La discusión más perseguida era la de analizar si, a esas alturas, el hombre realmente interactuaba con la naturaleza. Unos pensaban que sí, pues el aire es un elemento de ésta y además sostenían que aunque sus cuerpos aparentemente estuvieran alejados de tierra firme, continuaban atados a ella a causa de los zancos. Los oponentes, planteaban que lo que hace al hombre parte de la naturaleza es que interactúa con todos su elementos y que a esas alturas, sin vestigios de cualquier elemento natural que no fuesen las nubes y el aire, tras un cálculo de porcentaje, el hombre estaba prácticamente más fuera de ella que dentro.

Un pequeño grupo planteaba que la cuestión de pertenecer o no a la naturaleza depende solamente de lo que el hombre crea, en cómo se sienta él: parte o alienado y algunos extremistas planteaban las hipótesis más absurdas, destacándose entre ellas aquella que los hombres con zancos no existían, sino nada más las varas de madera gigantes, pues solo eso era lo que desde la tierra, podíamos ver, copiar y fotografiar. Y hubo otros que simplemente plantearon que ya esos hombres no eran seres humanos. Durante un tiempo, el mundo entero estuvo en función de los hombres con zancos. Se crearon grupos de apoyo, los poetas olvidaron a la luna para dar paso a nuevas metáforas y los políticos más astutos, pusieron a su favor los votos de aquellos. Mientras tanto, allá, bien allá arriba, los hombres con zancos continuaban su vida tras las nubes. Crearon sus leyes, su propio lenguaje, sus ideas y lentamente sus costumbres de antaño fueron perdiéndose.

Al cabo de los años las varas de madera caminantes de Strasgonovia dejaron de ser observadas como varas transeúntes, para simplemente parecer altos pinos movidos por el viento, y a su vez, los nuevos y viejos hombres con zancos no recordaban el sentido que tenía para ellos esforzarse en mirar hacia abajo. Y todo quedó así, cada bando olvidó que existía el otro, y menos aún recordaron que en algún momento de sus vidas todos fueron exactamente los mismos hombres.

 

sindrome de Down

Cómo besar a un niño con síndrome de Down

Hace nueve años conocí a una chica con un hijo con síndrome de Down. Por aquellos tiempos estudiaba yo en Dunedin y mis días en esa ciudad transcurrían sin muchas preocupaciones. Es por ello que cada sábado, como una joven de ciudad encerrada en un pueblo de campesinos, me entretenía caminando millas y millas, un poco por aquí, un poco por allá, jugando a ser una exploradora, o arqueóloga (ya ni recuerdo). Un día en que particularmente me sentía feliz y vislumbraba con buenos ojos todo aquello que me rodeaba, sin saber cómo, me clavé en la planta del pie un pedazo de cristal. Lo primero que pensé fue, ¿de qué manera llega un pedazo de cristal a un lugar completamente desierto? Pero hice lo mismo que hacen los neozelandeses blancos: culpé a los maoríes y listo. Apenas podía andar y al lograr extirpar el cristal, la herida enrojeció aún más y la sangre continuó manando. Tras cojear y sostenerme de cada cosa que encontraba, pude ver bastante cerca un grupo de casas.

Con ayuda de Dios —si es que Dios conoce Nueva Zelanda— logré acercarme a una con la puerta entreabierta. Hello! —grité y casi al momento apareció aquella chica, toda rara— no hay mejor palabra que esa para describirla —Tenía los ojos pardos y la mirada cansada. Algo en su rostro me recordó a mi querida sobrina y creo que por esta razón me sentí confiada solo de verla. Apoyada a la puerta le expliqué lo sucedido y le pedí un poco de alcohol o al menos agua limpia con la cual lavar mi pie. La chica me observó con cara de lunática e ipso facto miró mi pie ensangrentado. Entonces abrió mucho los ojos y me invitó a entrar mientras me decía algo que no lograba comprender.

La casa era bastante pequeña y oscura, o quizás era el efecto que provocaban las cortinas rojas que cubrían cada una de las ventanas. Me había dejado sola en el salón y mientras esperaba no dejaba de escuchar ruidos que hacían crujir la madera. Al principio pensé que eran provocados por ella misma, que caminaba buscando lo necesario para vendarme el pie, pero luego, al tenerla sentada a mi lado y continuar escuchando los mismos sonidos, no pude evitar preguntarle si en esa casa había fantasmas. Esperaba que la chica riera con mi triste broma pero de nuevo me miró con la misma cara de lunática de hacía un rato. Entonces volvió a decirme algo de lo cual lo único que entendí fue nicht. Woher kommst du? Aus Deutschland?  —le dije entusiasmada por poder practicar las poquísimas lecciones que había tomado de alemán. Me contó que sus padres eran búlgaros pero que ella había nacido en el sur de Alemania.

Su inglés era muy pobre y mi alemán ni siquiera podía ser llamado alemán, pero de alguna manera nos entendimos a la perfección. Dijo que llevaba cinco años viviendo en aquel pueblo y que a pesar de adorar las grandes ciudades, se sentían cómodos allí. Wir? —pregunté. ¿Quién más? De repente su rostro cambió y una sonrisa a medias agrietó una de sus mejillas. Meinem Sohn —me dijo. No puedo creerlo— atiné a gritar en mi bella lengua natal. Jamás hubiese pensado que alguien así, tan joven, pudiese vivir sola con un hijo. Wie hat er? —pregunté. Eigth years old —respondió. Entre tanto, había vendado mi pie por completo y habíamos tomado juntas una taza de té con limón. Por primera vez me sentía cómoda con alguien de Nueva Zelanda. Esa chica, a pesar de tener un aspecto desconcertante, me hacía sentir que otra persona en ese lugar era, simplemente, especial. Luego de fumar un cigarrillo tomé mi abrigo y sin muchos deseos, lo confieso, me dispuse a partir.

La chica lunática —pero zpesiell— me miró con tristeza y con esos cambios de rostros que me encantaban, me invitó a pasar al otro día. Tomorrow is my son’s birthday. We will have a party! Come, Come, tomorrow!—, me repetía con ese acento tan peculiar. —Ja, ja. Morgen, morgen!— repetí yo como toda una chica alemana.

Luego de casi una hora caminando para salir a la carretera y de cuarenta minutos en taxi hasta mi departamento, hundí la nariz en las flores de la ventana y agradecí a la oscuridad por haber encontrado a alguien con quien entretenerme los meses que me quedaban en esa isla.

Mi domingo comenzó con dos ideas. La primera, no sabía a qué hora era el cumpleaños del chico. La segunda, a pesar de haber ido el día anterior, no recordaba exactamente la dirección de la casa. Y ni un teléfono al cual llamar. Rara, rara de veras, pensé riendo al rememorar sus muecas. Entonces me vestí, compré un camión de juguete para el niño e intenté caminar sobre mis pasos sabatinos.

Luego de tres horas andando escuché música que de manera progresiva se volvía más fuerte hasta llegar a la casa. Entonces entré. El salón estaba lleno de viejas neozelandesas que conversaban entre ellas y perseguían con la vista a más de diez niños gritones. Localicé rápidamente a mi amiga. La chica lunática estaba en una esquina, intentando cambiar la música. Al verme, sonrió de esa manera tan mispadressonbúlgarosperosoyalemanaynohabloinglés, y yo sonreí igual, encantada de encontrarla con sus cabellos sueltos y su estilo citadino.

Entonces lo vi. A su lado había un chico con un gorro de cumpleaños y la cabeza un poco grande para su tamaño. No podía creerlo, ¡era un niño retrasado! Mi expresión al parecer, cambió abruptamente pues la sonrisa de mi amiga pasó a convertirse en aquella a medias que agrietaba una de sus mejillas. Hello! This is my son —me dijo y señaló al niño del gorro.

Apenas pude saludarlo, pues me repugnaba tan sólo verlo con aquellos ojos demasiado chinos y sus labios mojados de babearse todo el tiempo. ¿Un niño? ¿Acaso eso era un niño? Más bien parecía una planta gorda y pegajosa, o un extraterrestre, pero estúpido. Intentando disimular mi repulsión extraje de mi bolso el camión de juguete y se lo entregué. Con tosquedad sobrehumana lo abrió y sin más comenzó a reír y un hilo finísimo de saliva le salió de la boca hasta reventar en el piso. Tan concentrada seguí este proceso que no observé cómo él había comenzado a golpearse la cabeza con el obsequio y luego simulaba el ruido que hacen los camiones. Reich, reich, Bitte! —le decía la chica lunática mientras le quitaba el camión y me observaba con aquellos ojos caídos y la mueca en la boca. Intenté sonreír, decir que no importaba, que su hijo era genial, pero sólo logré alzar los ojos y ella entendió. Entendió todo lo que sentía, pues cuando dos personas logran comunicarse incluso sin hablar la misma lengua, son capaces de entender qué pasa sin necesidad de hablar. Son relaciones de esas en que las palabras pueden irse a comer langosta.

Colocó el juguete junto con los demás regalos y me ofreció una copa de vino. Intercambiamos algunos minutos. Miró mi pie y yo moví la cabeza en señal de que todo estaba bien. A pesar de escuchar lo que me balbuceaba en alemán y en inglés, no podía dejar de observar a su hijo, que continuaba solo en la misma esquina del salón mientras los otros muchachos correteaban de un lado al otro. La chica lunática también lo vio y dando volteretas como toda una adolescente, fue directo a cambiar la música. Entonces continuó bailando mientras lo arrastraba al medio del salón donde los otros niños hacían una rueda de baile. Y entre las cabezas de las viejas pude verlo a él, en el medio de la pista, bailando como todo un retrasado. Lentamente tomé asiento.

El espectáculo era desagradable. Aquel chico de ocho años movía su cuerpo sin coordinación alguna y al hacerlo, el hilo de baba salía disparado en cualquier dirección. La madre bailaba a su lado e intentaba atraer a los otros para que bailaran con su hijo. Pero todos se apartaban y con cara de asco se reían de su camisa tan abotonada y su cabello demasiado engominado. La chica lunática (que ya no parecía tan lunática, o al menos su rostro se mostraba contraído) no paraba de bailar a su lado, exclamando comme on, comme on, mientras los niños seguían apartados, mirando al síndrome de Down y las viejas neozelandesas disimulaban sus pensamientos con sonrisitas patéticas y algunos ligerísimos movimientos de hombro. Entonces mi amiga me miró y me invitó a unirme al baile. Las cortinas se hicieron más rojas y mi pupila se dilató cuando me vi a su lado intentando seguir el ritmo con la mano del chico. Sentía pena y asco y de nuevo pena, de esa madre con ese niño en esas condiciones.

Según los budistas, quien viene con defectos en esta reencarnación es que en la pasada cometieron algún agravio. Es por ello que siempre he detestado a la gente con deficiencias tanto mentales como físicas y por aquel entonces estaba convencida de que lo mejor en casos como esos era practicarle al bebé la eutanasia. Así uno se libraba de al menos un problema de los tantos que implica estar vivo y de tener que vivir en una sociedad aún más hipócrita ante la presencia de alguien así. Pensaba en ello mientras continuaba moviéndome como toda una zombi al lado de la madre y su hijo.

Las caras de las viejas neozelandesas se me presentaban borrosas y los niños gritones se volvían figuritas peludas y lentas. Quería vomitar y me excusé para ir al patio trasero. Vomité. Enjuagué mi boca con un vaso de agua. Respiré. Había dos patos y una cabra flaca. Observé al pato, a la cabra. Caminé hacia la oscuridad. Volví a respirar. Prendí un cigarrillo. Me relajé un poco. Pensé, no es para tanto, ella es una chica voll zpesiell y al final, solo necesito unos meses de amistad para sopesar el aburrimiento que me consume.

Entonces sentí abrirse la puerta. Era ella y su chico, y antes de poderle indicar mi presencia, la chica lunática besó a su hijo en los labios. Le dio varios besos cortos hasta que lentamente ambos fueron abriendo la boca hasta que ella introdujo su lengua en la boca de él. El síndrome de Down le respondía con gran naturalidad y la agarraba por la cintura. Ella le doblaba en estatura y le acariciaba los cabellos engominados hasta despeinarlos. Yo no podía hablar. Simplemente me mantuve en aquella esquina, petrificada viendo el cuadro más extraño que hasta el momento había visto. Ambos continuaron besándose, hasta que el niño comenzó a moverse como un loco y ella lo tranquilizó diciéndole Reich, reich. En eso la cabra se movió y entonces ella me vio y abrió mucho sus ojos cansados. El niño igual me miraba y sonreía con los labios levemente hinchados y sin más salió del patio. Continuamos observándonos, la chica lunática con una expresión simplemente incomprensible y yo… yo ni sé…

Una de las viejas neozelandesas entró para despedirse. Entonces ella sonrió y salió a acompañarla. Luego se fueron otras más hasta casi quedar nosotras y el chico. It is late and the way is dangerous. You have to stay hear this knight. Insistí en marcharme, pero fue inútil. Todos los presentes en la fiesta vivían en las casas vecinas y el camino era realmente largo. Acepté. Ayudé a la chica lunática a recoger el salón, mientras que ella arropaba al niño. No quise imaginar si lo estaba besando de nuevo, pero mi curiosidad fue mayor y subí a la habitación donde estaban, con la excusa de buscar algo. Entonces vi cómo lo hacían de nuevo y cómo ahora él le acariciaba la punta de los cabellos. Gutte nacht! —le dijo y se volteó para salir. Me vio, pero esta vez yo quería que notara mi presencia. No hablé. No habló. Sólo me miró, sonrió nuevamente de aquella forma que le agrietaba una mejilla y me pidió la dejara pasar. Nos fuimos a dormir.

Al otro día me levanté bien temprano, con la cabeza aún aturdida por todo lo sucedido el día anterior. Ella preparó el desayuno. Ambas lo tomamos juntas. Fumamos tres cigarrillos cada una. Habló algo sobre mis dientes (que no logré comprender pero que parecía un elogio). Le comenté cuánto me gustaba su blusón. Sin más se la quitó y me la regaló. Yo le agradecí y le obsequié mis pendientes. No hablamos nunca de ese otro tema. Luego de una última taza de café prometí volver en unos días y me largué de ese lugar.

Ya en el departamento, me devané los sesos pensando en una explicación lógica para ese comportamiento. Tener un hijo con síndrome de Down era repulsivo y ella lo sabía, y si a eso le sumamos que lo besas, ¿por qué lo besas? ¿Y por qué de esa forma? ¿Sería acaso una costumbre alemana o búlgara? Eso no era un beso como los que me daba mi madre, ni como aquellos que doy a mi sobrina cuando paso tiempo sin verla. No. Esos que ellos se daban eran besos profundos, besos con lengua, besos que una mujer da un hombre. Yo era muy joven pero no tan tonta como para no saber diferenciar ese tipo de cosas. Tal parecía que ella quería gustarle, o no sé, quién sabe qué la movía a hacer aquello. Era una lunática.

Pasaron varias semanas. Mi estancia en Nueva Zelanda por asuntos administrativos, quedaría reducida a un par de días. A causa de los cambios, no tuve tiempo de despedirme de la chica y tampoco sabía si quería volver a verla. De haberlo hecho no hubiese dudado en preguntarle por qué los besos y por momentos me asustaba obtener una respuesta. Partí.

Trece años después fui de vacaciones a Amsterdam y por error quedé embarazada. Volví a casa sin haber contactado siquiera al padre y luego de tres días —o al menos así lo sentí yo— tuve un hijo varón. Nos sé si fueron los cigarrillos, o quizás el karma, lo que hicieron que mi hijo naciera con síndrome Down. Pensé en la chica lunática que conocí en Dunedin y en todo lo que su hijo me provocó. Con los días aprendí a resignarme. Decidí educarlo en casa pues así me pareció más factible y entretenido para ambos. Cada cumpleaños le preparaba una fiesta a la cual asistían todos los otros chicos del inmueble. Cada año una fiesta. Cada año soportar las caras raras de las otras niñas. Cada año intentar que él estuviera satisfecho. Cada año olvidarme de todo para preparar otra fiesta, cada año.

A los dieciséis, la celebración andaba como todas las demás. Mis amigas venían con sus chicas ya adolescentes y todas se entretenían viendo a mi hijo bailar solo en el medio del salón. Danzaba como un loco y salivaba por todos lados. Me dio asco mirarlo. Sentí deseos de vomitar como aquella vez en Nueva Zelanda. Observé cómo las otras lo miraban de la misma manera y cómo sus madres disimulaban sus pensamientos con risitas hipócritas y movimiento de hombros. Observé todo aquello y observé a mi hijo, a mi repulsivo hijo bajo la perspectiva de todas aquellas jóvenes asqueadas ahora y asqueadas por siempre de tan solo verle la boca chorrear saliva todo el tiempo. Entonces lo llevé a la cocina, lo miré con una sonrisa a medias que me agrietaba una de las mejillas.

Y lo besé en los labios.

[Estos dos cuentos han sido enviados por su autora, especialmente, para Palabra Abierta]

Amanda Perez Morales

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About the Author

Amanda R. Pérez Morales. La Habana, 1990. Narradora y ensayista. Licenciada en filosofía por la Universidad de La Habana. Estudiante de Máster en filosofía en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Premio UNEAC en el concurso Internacional de minicuentos: “El Dinosaurio 2008. Entre otros reconocimientos a su obra literaria, destacan el premio en el primer concurso Internacional de minicuentos “Katharisis 2008”, en el concurso de relatos eróticos “EDISI 2013” y en el concurso de relatos breves “Sentimientos 2014”. Ha publicado además la novela El jazz ácido de Nueva Zelanda (2014, Editorial La Pereza, Estados Unidos) y el ensayo: La divinidad del ruido en la revista OPCIÓN (ITAM, no. 192) Sus obras se pueden encontrar en múltiples antologías y revistas tanto de literatura como de filosofía, en España, Argentina, Uruguay, Estados Unidos, Cuba, Japón, Colombia, Chile y México. Ha impartido conferencias y participado en congresos en l’ École Normale de Paris, Universidad de Barcelona, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Universidad Autónoma de México y Universidad de la Habana.

One Comment on "Lo extraordinario en dos cuentos de Amanda Pérez Morales"

  1. lizett la chichi 28 marzo, 2017 at 9:08 pm · Responder

    magnificas miss me encanto la de Cómo besar a un niño con síndrome de Down la felicito!!
    es mi gran ejemplo a seguir, sin duda!! <3

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