Carlos Penelas, del poeta, de la belleza y de profundis

Written by on 23/05/2020 in Critica, Literatura, Poesia - No comments
Literatura. Poesía. Crítica.
Por Manuel Gayol Mecías

Pigsels

Hace ya tiempo manifesté que en los poemas homéricos o en Hesíodo – gracias a Mondolfo – pude advertir el tránsito del juico moral desde la exterioridad divina hasta la interioridad humana que determina conciencia moral. La responsabilidad y la conciencia ética encontraron en el pensamiento antiguo el universalismo de la norma ética. La individualidad es auténtica por su apertura al ser de los otros y a la realidad de lo social. El poeta perdura en el fervor de la belleza y la utopía.

Carlos Penelas

Palabra Abierta

Carlos Penelas está vivo, bulle, y no obstante es Historia del presente. Con él revivimos la pasión del mundo, y también la inteligencia del corazón, como Pascal. Encontramos el camino así de la rebeldía contra viento y marea, contra este mundo desquiciado por la entropía de las almas torcidas. Penelas es, además, el reservorio activo de grandes pensadores anteriores, y aun de nuestro inconsciente presente. Quizás Platón con su idealismo y su alma de corte parmenidiana, y asimismo con la materia y la forma (anímica) de Aristóteles el Estagirita, con Pitágoras y su diapason matemático, su música y las esferas sonoras; con Heráclito de Efeso y su interés obsesivo por el cambio. Todo cambia, decía, nada es igual que la primera vez ni tampoco su anterior. Y todo esto es mi amigo Penelas.

En este sentido, y hasta este momento de ahora, Penelas ha sido un reservorio de conocimientos que se proyecta constantemente. Con acierto podemos decir que su taller literario cuenta con el espírtitu de la Academia pitagórica, con la platónica y la aristotélica. Es una dialéctica de amor y de belleza. Es su ensoñación por hacer pensar a los demás. Es su arte de voz y palabra, de pensamientos y letras transfiriéndose a otros como gran Maestro. Es quizás uno de los últimos humanistas de este milenio, y creador esmerado, donde la literatura no es nada más, para él, un manantial de creación humana, sino que también es la vida misma desde una perspectiva ética y en la que la libertad es la lux que el hombre logra en su interior a modo de cosmovision cuando la entrega a otros.

Este Poeta nunca se cansa de observar nuestro mundo, porque sabe que —a pesar de los seres y las cosas superfluas— en el orbe se acumula —como descubriera Teilhard de Chardin— la energía spiritual del universo. Y para él la poesía es imagen de la belleza, de la profundidad auténtica de cada quien. Es el creador que desde la soledad argentina deshace la incertidumbre del planeta. Sirva ahora de esta gran vision su Diario del poeta, conjunto con versos de oro que reconstruyen el amor de Hypatia por atesorar el conocimiento, por la fascinación de la alquimia que podía ser en aquellos tiempos la magia científica, por los misterios de la rotación de los astros y la redondez de los planetas. Pero sus poemas y versos, en este cotidiano acontecer, hacen justicia para las almas que en las épocas remotas solo veían las sombras del amanecer, aun cuando hoy en día estamos rodeados de espejismos, de exilios./ Intentamos recobrar arquetipos,/ ciertas hechicerías, manos filiales,/ la aureola en la palabra del padre. (“Del aire y de la rama”).

De muchas maneras, la lírica de Penelas sabe no solo figurar historias, sino además reinventar las imágenes del mundo, a modo de un mago merlinés que siempre busca trazar los caminos hacia el Grial de Imago.

Nos realza el mérito del viaje en un tren imaginario que nos lleva hacia la misma Imago de Lezama Lima, de Eliseo Diego, de Rilke, de palabras y de imágenes que desembocan en playas de utopía, en excelsas estaciones del poniente. Es la cierta, la verdadera filosofía de la imagen que contiene al ser, más que al ser el Ser de la emoción, de las posibilidades al atravesar el esplendor del bosque. /Son moradas de pájaros que abanican /los cuartos irreales del sueño. (”Invocación”).

Junto a una lírica a veces melancólica, y en otras exultante de gozo y satisfacción, los poemas de Penelas crean la atmósfera de un sueño. Hay en ellos senderos oníricos que conducen al Ser, a su realización como admirador de la Belleza por ser la Belleza misma a la hora de las palabras, por ser el sentido del amor en la mujer amada.

Otra de las cosas que se alza en suave voz como sistema identificativo de su estilo es la metáfora constante, la particularidad imaginativa de transferir una escena o una imagen corpóreamente real a la dimension imaginaria. Con ello, Penelas nos hace sentir más que entender. Es mi preferencia también, que la poesía sea más sentimiento que aprendizaje o racionalidad. A mi modo de ver estas dos últimas categorías funcionan mejor y más ampliamente en la narrativa. Independientemente de que Penelas pueda ser narrador, crítico y ensayista, su lenguaje innato es poético, esa es su naturaleza. De ahí su cuidada sistematización metafórica ya ditrectamente en la poesía. Y es esta metaforización constante en sus poemas la sustentación de su belleza.

La belleza es la forma de la vida. Nuestra conciencia misma es la fuerza y el valor humano más capacitado para obtenerla, cuando es la conciencia —como representación anímica—la que otorga las formas debidas a los seres y las cosas a nuestro entorno. Para ello podriamos consultar el libro Biocentrismo*, y tendríamos una explicación cabal, científica, de cómo es la conciencia el misterioso ente que le da vida y forma a toda la materia y también, ¿por qué no?, a los sueños, a las ilusiones y a los anhelos del porvenir.

Su belleza radica en una mezcla de ensueños con la naturaleza del mundo, pero lo fundamental que resalta en esta última categoría es la impronta de la amada, de la mujer formada en su interior, en su más honda intimidad. Muchos de sus poemas son un canto, una búsqueda de una beldad, perdida o tenida alguna vez, pero que quedó grabada en el fondo recóndito de su memoria histórica. Historia de sí mismo, de su alma, incluso de su más intenso deseo de ser mejor:

Entonces, despertamos.
Entonces llama en la vigilia.
Dice que no la olvide,
que la recuerde en la ausencia.
La escuché desde la hondura del ensueño.
Y era una mujer sin túnica.
Inefable, desvelada.
(“Casida de la madrugada”)

Es indiscutible que en la poesía de Carlos Penelas la belleza vibra como un deseo constante por revivir a su amada, porque el mundo reconozca sus metáforas a la mujer. Penelas es un exacto poeta occidental, se alimenta de las aureolas y los crepúsculos griegos. Ahora recuerdo el mito de Pigmaleón, el rey escultor que tanto deseaba la belleza de su mujer esculpida, hasta que Afrodita se le apareció en sueños y le concedió la dicha de que cuando despertara, su escultura de Galatea también recobrara vida y así aquel rey-creador disfrutara para toda la vida a la mujer que representaba —para él— la belleza y la perfección del mundo.

De este modo, Carlos Penelas es uno de los tantos Pigmaleón que —desde Goethe,  pasando por Shakespeare, hasta George Bernard Shaw, y otros actuales ya en nuestra modernidad— entran, repito, en un agradecimiento creativo y cultural a los helenos, a los consabidos griegos de nuestra Historia. En distintos poemas su amada entra en los sueños del poeta y aun sale de esa dimension onírica para quedar en un horizonte de su realidad. Es el caso de “Poema de la musa fugitiva”:

Veo cómo el sol estremece el instinto.
La amante juega con una blusa negra,
se desnuda deslumbrando cielo.
Es entonces cuando me ausento en su cuerpo,
cuando mis labios velan una voz abisal.
Sobre su vientre el humo de mi pipa
Navega el aire y besa su pubis.
(Fragmento).

Es cierto, como me ha dicho él alguna vez, que su “’yo lírico’ está en su producción poética y viene de otras fuentes también”. Que sus “poemas han formado un mundo interior, un mundo con simbologías”. Y es que si no fuera así, mi amigo no fuera entonces el gran lírico que es. Cuando se habla del “yo interior”, de la intimidad, quedamos en presencia de nuestro tiempo presente, de nuestro Ahora, donde todo recuerdo, todo pasado, logra retornar al presente y el futuro se convierte en quimera o sueño actual. Y todo deviene un aspecto filosóficamente creativo, que va de la belleza a la profundidad de la memoria y a las remotas raíces del inconsciente.

El símbolo es la imagen también. Quizás en mucho la perfección del deseo. La trémula luz que va saliendo del Espejo, y que se había creado detrás de la imagen. El símbolo persiste siempre y queda porque es el presente ineludible de lo que se quiere, de lo que se ama y se pretende perpetuar. El símbolo es la profundidad sagrada del “yo lírico” del autor, del que dice su verdad a modo de confesión, aun cuando sin tapujos, pero de otra manera, de la manera imaginaria en que se es poeta. Es la vestidura del sueño que viene de la noche profunda. Y es con el símbolo cuando el poeta se revela no solo como el sacrificio, sino además como la imagen de una misma y única redención.

Una última cosa más, Carlos Penelas es uno de los grandes poetas de la libertad porque su compromiso ha sido, además de con el ser humano, con todo aquello que ha sentido y siente en su intimidad. No hay ningún poema en él que esté transido por lo artificioso, por lo banal o cursi, por la pasión partidista y política. Contrariamente, sus versos constituyen un canto —un canto pleno de crepúsculos y de soles— a la belleza y a la profundidad del ser humano.

Del aire y de la rama

En esta vaguedad el tedio mueve rostros.
Sin embargo, estamos mortalmente vivos,
aplazando una asfixia cotidiana.
¿A quién engaña este cielo,
este mar, estas flores, el abismo del sueño,
estos niños riendo en los parques?
¿De qué sirven veleros, pájaros dormidos,
faros en islas de ultramar?
Estamos rodeados de espejismos, de exilios.
Intentamos recobrar arquetipos,
ciertas hechicerías, manos filiales,
la aureola en la palabra del padre.
Lo fortuito es parte del destino, del rito.
Lecho y esperanza son formas del engaño.
La agonía llega desde lo banal, desalentada.
Nos resta un gesto para el silencio.

Invocación

Un tren atrae el horizonte
como una viajera de cabellos nocturnos.
Un tren fluye en viejas cartas
invocando collares y sollozos.
Vuelve sobre nuestro corazón

igual que madre y padre
al atravesar el esplendor del bosque.
Son moradas de pájaros que abanican
los cuartos irreales del sueño,

meandros de playas y silencios.
Inhabitable como la memoria
es el presentimiento de la amada.
Bajo este indolente reflejo
es transparente la avidez del poema.

El otro Espejo

Una vez más desconozco este rostro.
Se diluye en memorias,
en una barca cautivada de hórreos.
A veces pienso que me ha conminado
a una forma de ausencia.
No es una fotografía añejada la que miro.
Sospecho que es un sueño
o lo que es peor, su fugacidad.
Entonces intento saber quién es,
qué vigilia oculta, qué plegaria.
A veces siento que no tuvo tiempo de exultar
la infancia, el amor de los padres,
la voz de la amada, la mirada de los hijos,
el silencio en Philipp Mainländer,
el negro mar de Seicho Matsumoto.
Hay un pasado y un presente en ese rostro,
cierta confidencia, cierta bruma.
Ahora descubro que hay una noche,
una orilla mítica más allá
de este juego fatuo que me nombra.
Y que el olvido es un susurro del día.

Cielo translúcido

 Amiga, descifro la discreción del destino,
la brevedad del alba, el olvido
que es inexorable como el silencio.
Eres la ilusión de días ineludibles
días que indagaba mi vivir en fragmentos
de vida, en fragmentos de espacios.
(Sucede que uno se cansa de fingir,
de continuar con la inutilidad del poema).
En esta alegoría donde la memoria
se viste de imprevistos y rescates,
un anhelo me llama, me convoca.
(A veces sientes que la brisa
ha pasado en  lluvias,
en fábulas o voces, da lo mismo).
Es cuando te confieso:
llévame  hacia el sutil secreto del azar,
hacia el desvelo de aquel que sueña
desde un tiempo sin noche.

Hay un pudor tendido y no sabemos.
Y una cautelosa rosa nos visita.

Palabras

 La noche impone dunas, mares de arena.
Ahora, en estos pasos que espejan horas,
los sueños me asaltan en imágenes.
Y una voz  reclama su hado.
No lejos de mi cuerpo hay hilos invisibles
cierto desdén que aguarda un ajado secreto.
Es cuando cierro los ojos y reconozco
talismanes domésticos:
un antiguo reloj, un libro sin abrir,
una hoja que indica mi pereza.
Y una calle del sur: Mariano Acosta.
También veo una sombra leve,
unas hierbas, el alba en esa aldea.
Es cuando descubro que mi nombre
habita en su sangre gente de mar,
jornaleros sin tierra y sin premura,
mujeres que alumbraron contra el viento.
También montes nemorosos, ríos,
hambrunas en destierros dolientes.
Entonces, el ínfimo sueño
se abrió en vientos vagabundos,
en soplos desatendidos de la arena

El sueño en lejanías

Sorprendido, absorto,
en esta fina mañana, solitaria,
soy un fantasma que vacila
por estos corredores
donde deambulan muerte y esperanza.
En unión de mí mismo
la edad se dilata en tiempos de ventura,
en  ritos, en esta calma,
en esa copa ungida de la noche.
Se mece aire en las habitaciones
desde el sueño ligero, desvanecido.
A veces regreso en estas vigilias,
en los estantes de la biblioteca
o en  retratos con risas marineras.
¿Desde dónde es sagrada
la redención que asciende?
¿De dónde habla o viene a mí
éste silencio que teje o anubla plenitud?
¿Qué calle de Buenos Aires
trazó el signo pundoroso en mi sombra?

Veo a un niño correr en el espacio
universal de un verano en la playa.
Y en la mesa de roble del comedor
una fuente azul plena de cerezas.

                                                                Casida del amor furtivo

 Voy como quien está fuera de la vida

Guido Cavalcanti

Me conmovió la plazuela apartada,
casi como un río en primavera.
Frente a ella una iglesia gótica
y una calle adosada que evocaba
a Don Alonso de Lanzós.
A menos que yo recuerde
estuve siempre solo. Cielo arriba
persistentes ánimas nombraban
una sutil memoria de calderos y lluvias.
De pronto, un laurel movió los cabellos
de una mujer de belleza delicada.
Bajaba de la tarde sin volver los ojos,
reclinada, sonriente.
Había, lo recuerdo, un deseo desvelado
una huída quieta, distraída.
Yo tenía la boca humedecida
al ver sus senos, su cintura
que perfumaba mi labio deshallado
en su hombro íntimo, ocioso.
Mi corazón despierto, sin sosiego,
besó su sombra contra el muro.
Soplo de aire sobre el agua, estremecido.

                                                           Vaga evocación de un insomnio

Me llega su voz, errátil.
Palabras salidas de la tarde,
palabras como un largo silencio
en mitad del silencio.
Nada se mueve.
Veo la luna del ropero,
un café frente a la Basílica de Guadalupe.
Siento la aguda nostalgia de los hijos,
una callecita flotante
con luces como lluvias, brumosa.
Creo ver una estrella sostenida en su mano,
una nube tenuísima, un designio efímero,
una isla que crece y se desliza.
Ahora un poema de Pessoa sobre la mesa
en la falible memoria del conjuro.
También la bajamar, orillas tornasoleadas,
la espalda de una mujer en el beso del aire.
Es difícil  imaginar en estos días
la beatitud de la niñez.

                                                                                  Mi recordo

Me acuerdo que sonreía al despertar.
Me acuerdo de su voz, de su cabellera.
Me acuerdo de la palma de su mano
sobre la almohada de raso negro.
Me acuerdo de sus ojos al mirarme.
Todo eso me acuerdo.
Y cuanto más miro
la gramilla, el sendero, las ramas
—entre el aire trémulo de signos—
en una plaza con farolas y setos
de todo eso me acuerdo.

  De la memoria navegante

Ha amado playas, árboles, pájaros.
Ha recordado un parque, un nombre.
Ha impugnado patrias, dioses, banderas.
Ha tenido en sus manos un Longines
de dos tapas, que era de su padre.
Ha visto como —enardecido, desbordado—
lo despedazó con un martillo.
Ha conocido el tedio, el hastío,
en un suplicio de horas ineludibles.
Ha recuperado la ventura  familiar,
lentas conversaciones en cafés
o en esquinas de otro Buenos Aires.
Ha sentido el tiempo, el destino,
formas del amor, del sueño, del olvido.
Ha ido decantando símbolos,
pequeños secretos, silencios obligados
por la demencia, el tabaco o la melancolía.
Ha percibido la euforia en una cancha del sur.
Ha advertido la magia, el milagro de la luz,
la rosa de la felicidad de una biblioteca.
Ha atravesado pesadillas noche a noche.
Ha visitado una casa en Adrogué
donde descubrió un perfume y un jardín
en el confín de una jornada inolvidable.
Ha recorrido ciudades, rostros, pinacotecas.
Ha compartido la cálida amistad de unos pocos.
Ha desnudado a la amada con pudor.
Ha estado caminando un barrio colonial

—pleno de mitologías y ausencias—
evocando sus brazadas en el mar,
una zambullida desde un muelle de madera.
Ahora, sentado en un banco de piedra,
mira sin oír nada, sin sentir nada, sin recordar nada.
Con la misma indiferencia de un perro
al despertar una tarde de verano

Casida de la madrugada

Entonces, despertamos.
Entonces  llama en la vigilia.
Dice que no la olvide,
que la recuerde en la ausencia.
La escuché desde la hondura del ensueño.
Y era una mujer sin túnica.
Inefable, desvelada.

                                                                   Poema de la musa fugitiva

Veo como el sol estremece el instinto.
La amante  juega con una blusa negra,
se desnuda deslumbrando cielo.
Es entonces cuando me ausento en su cuerpo,
cuando mis labios velan una voz abisal.
Sobre su vientre el humo de mi pipa
navega el aire y besa su pubis.
Amigos, la amada mira con ojos
deshojados, con ojos que arrullan mi cabeza.
Ella es una llovizna en el lecho,
una nube que flota entre mis brazos.
Hay abalorios, abanicos, pupilas dispersas,
una furia nacida en lo alto del alma.
¡Ay, flor abierta, brusco deseo, carpe noctem!
¿Quién sabe del vuelo de los dioses,
de sus cabellos, del engaño,
quién sabe de su nombre en la luz?
Su belleza es un eco en mi mano.
                                                                 

Poemas efímeros

¿Qué puede hacer la nube
con la quietud que disipa la rosa?
***
Ahora no reconozco la noche
ni el vago celeste de la tarde.
Un eco indolente sube silencio.
***
Invisible la esperaba
en la morosa nostalgia
bajo el recuerdo de su voz.
***
Translúcida como el alba,
desde la vigilia y el jardín.
***
El alma no perdona el regreso
empañado por la imagen.
La sombra es una brisa suspendida.
***
Y aquella ansia sin fin
donde se ha detenido la luz.

Del abandono, del fulgor

Ahora fluye el día y la añoranza.
Mi mirar, en un rito que ordena
la huidiza fábula de los príncipes,
dialoga con la infancia.
Lo invisible en la epifanía del secreto.
Una pasión flotante en los ojos dormidos.

Carlos Penelas

Buenos Aires, mayo de 2020

Nota:
* Libro Biocentrismo (La vida y la conciencia como claves para comprender la naturaleza del universo), escrito por el Dr. en Biología Robert Lanza y el astrónomo, el Dr. Bob Berman, [2a. edición; traducida del inglés por Elsa Gómez Belastegui], publicado en Málaga, España, México y Buenos Aires, por Editorial Sirio S.A., 2009.

 

 

 

 

 

 

 

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About the Author

Manuel Gayol Mecías is the Director and Editor of Palabra Abierta (“Open Word”; mu.gayol3@gmail.com), and a Cuban writer and newspaper man. He holds a 1979 Master’s Degree in Hispanoamerican Language and Literature from the University of Havana. He was a Senior Researcher in the Literature Investigation Center of the Casa de las Américas (Havana, 1979-1989), and was a member of the editorial board of Vivarium magazine, a review published under the tutelage of the Archidiosis of Havana. He has published innumerable critic essays, short stories, novels and poetry in many Cuban and foreign literary reviews and newspapers, and has been the recipient of various prizes in literature, among them the Short Story National Prize of the Union of Writers and Artists of Cuba (UNEAC), 1992, and the Enrique Labrador Ruiz International Short Story Prize of the Círculo de Cultura Panamericano (Pan-American Circle of Culture) of New York, 2004. He worked as editor of Contact Review, from 1994 to 1996. He worked at La Opinión Spanish Newspaper as Editor and Copyeditor (1998 to 2014). At present, he is one of the founders of the Club del Pensamiento Crítico at the Huntington Park Public Library. He is a member of Cuban History Academy in Exile, and a member of Cuban Pen Club in Exile, too, and vice president of Vista Larga Foundation. Published works include Retable of the Fable (Poems, Editorial Letras Cubanas, 1989); Multiple Appraisal of Andre’s Bello (Compilation, Editorial Casa de las Américas, 1989); The Jaguar is an Amber Dream (Short stories, Provincial Center of the Havana Book Editorial, 1990); Return of the Doubt (Poems, Vivarium Editions, Archiepiscopal Center of Studies, Havana, 1995); The Night of the Great Goth (Short stories, Neo Club Editions, Miami, 2011); Eyes of Red Goth (Novel, Neo Club Editions, Miami, 2012); Marja and the Eye of the Maker (Novel, Neo Club Editions, Miami, 2013); Inverse Trip towards the Reign of the Imagery (Essays, Neo Club Editions, Miami, 2014) and The Fire’s Artifice (Short stories, Neo Club Editions, Miami, 2014); Coincidencias de un editor (o el exorcismo de Joel Merlín) (Novel, Palabra Abierta/Neo Club Ediciones, Eastvale/Miami, 2015); La penumbra de Dios (De la Creación, la Libertad y las Revelaciones) (Essays, Palabra Abierta/Neo Club Ediciones, Eastvale/Miami, 2015); Las vibraciones de la luz (Ficciones divinas y profanas). Intuiciones II (Essays, Palabra Abierta Ediciones/ Alexandria Library Publishing House, Eastvale/Miami, 2016).

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