En el centenario de su muerte: Amado Nervo, antes y después

Written by on 30 julio, 2019 in Critica, Literatura, Poesia - No comments
Literatura. Poesía. Crítica.
Por Waldo González López.

     No hace falta comulgar con Nervo

para procurar comprenderlo.

Alfonso Reyes

Si contemplo la Creación,

los ilogismos que advierto

me llenan de confusión…

¿Que pasa con Dios?

                                   —¡Ha muerto!

—Acaso tengas razón…

Aunque al lector le parezcan «extraños», los anteriores versos pertenecen a Amado Nervo. Como también este con carga irónica:

¡esperé a Dios mismo, pero se escondió!

Aun en otros hallamos no poco escepticismo hacia la religión. En «Viejo estribillo» pone en boca de Dios esta respuesta al poeta que inquiere a aquél dónde encontrarlo: «Un poquito de ensueño te guiará en cada abismo…». Pero hay más: incluso nihilismo atisbamos en «Por quoi faire», como en otros momentos de su obra.

Subliteratura, melodrama y lágrimas en buena cantidad se han acumulado alrededor del tan amado Nervo, debido a un puñado de poemas y La amada inmóvil (1945), filme argentino que nos ofreció una imagen harto sufrida del poeta: la del tristísimo lírico por la pérdida de su Ana Cecilia Luisa Dailliez. Casi no se conoce, sin embargo, al menos amado Nervo de la poesía desenfadada, sincera y, por ello, más contemporánea. Se trata, pues, de que nos ofrecieron solamente al Nervo doliente, metafísico y  místico en tiradas de todo tipo. ¿Quién no recuerda aquellas ediciones piratas que comprábamos en cualquier ciudad  o pueblo de Cuba antes de 1959 y quizás todavía en su querido México y otros países del continente?                                                                                                                           

Esa vertiente más actual de su poesía, nunca difundida popularmente, salvo en sus Obras completas (Madrid, 1950), resultará, sin duda, la que más resisitirá la inclemente prueba del tiempo. Así, en «Rimas irónicas y cortesanas» (1914) se descubre una de sus mejores cuerdas: la del poeta que no desdeña el fino humor. Aquí queda «en el tono medio de la conversación», esa suave ironía a la que recurrió, por otra parte, tanto en «Las ideas de Tello Téllez», como en sus artículos para la prensa bajo los seudónimos de Tricio, Triplex y, en particular, destaco el curioso Rip Rip (¿acaso alegoría del cuento corto «Rip Van Winkle», de Washington Irving, incluido en la colección de 34 ensayos y relatos The Sketch Book, publicada entre 1819 y 1820?). De collectie werd gepubliceerd in 1819 en 1820 en bevat twee werken waaraan Irving zijn grote bekendheid ontleent, namelijk The Legend of Sleepy Hollow en Rip van Winkle .

En esta línea se incluye Pensando: dos cuadernos en verso (agudos epigramas) y prosa (cáusticas sentencias) que coinciden con el Machado de Proverbios y cantares (y de ningún modo los comparo), otro de los más logrados instantes de su producción literaria y, como «Rimas irónicas…», menos difundidos.

«Espiritualista ansioso» llamó el poeta a su alter ego Luis, en «Los balcones», velada autobiografía en prosa donde dejó dos o tres trozos que muy bien identifican no solo su poética, sino, de muy especial manera, su carácter y sincretismo que combina, ya más o menos conciliados, a filósofos y religiones de obligadas recurrencias en su caso. Y es justamente tal simbiosis la que —signada por la vida y sus reclamos— iría transformando al hombre, al poeta y, claro, a su lírica. Veamos.

Adolorido por la pérdida de Ana, cuestiona:

¡De qué sirve al triste la filosofía!

Kant o Schopenhauer o Nietzsche o Bergson…

¡Metafisiqueos!

De igual modo, en «Homo homini lupus» muestra —desde el título— su nietzscheano concepto de que el hombre es el lobo del hombre. Se autodefinió positivista en algún momento; no hay, por lo demás, un preciso basamento ideológico en Nervo («desligado de fórmulas y recetas religiosas, he amado a Dios y a Cristo, en espíritu y en verdad», confesaría); la mixtura de credos y dogmas a los que muchas veces rechazo, le hizo beber de todas las aguas. En «Los manantiales» revela a sus filósofos preferidos (Platón, Plotino, Pitágoras, Epicteto, Marco Aurelio) y, entre ellos, por supuesto a «tus indos inmemoriales» y la Biblia. Asimismo, en su prosa resultan familiares, por citados a menudo: Locke, Renan, Emerson, Schopenhauer, Bergson y Unamuno.

De «algo indefinible que  envuelto en sombra está» califica, en «Credo», los «dos mil años de discusiones» en torno a la religión, para luego afirmar que su confesión de fe es muy simple y cristalina. En «El convento» subraya su deseo de que el «soñado» lugar fuera el pacífico sitio donde no hubiera dogmas.

En tal sentido, Alfonso Reyes, discípulo y colegamigo, además del más exacto conocedor de su obra, señalaría:

De la filosofía escoge, para su rumia personal, las teorías pitagóricas sobre la transmisión y las múltiples vidas: todo lo que sirva para jugar a la inmortalidad del alma. De Nietzsche le atrae el «retorno eterno». De Bergson, las demostraciones, coram populo, sobre la perennidad de nuestro ser.

Esa mezcla de filosofías y religiones parece haber surgido en plena juventud del poeta, desde los breves años en el Seminario de Jacona —que le dejaría una predilección por el latín— y aun antes, en cualquier rincón de la desgarbada casona de Michoacán, donde latía, viva, la superstición popular, imbuido por la tía mística con sus sueños fatídicos y la abuela alucinada por tesoros enterrados, personajes más apropiados para García Márquez.

De este nada común hogar le quedaría a Nervo —tal bien apunta Reyes— cierta afición por el recuerdo de lo no acaecido pero soñado y un regusto por determinados colores, olores y sabores. En suma, misterio y voluptuosidad que, unidos a otros factores no menos extraños —como el maestro de música ciego—, darían a su infancia y adolescencia un enigmático aprendizaje, definitorio en su caso. Era la suya, entonces, una imbricación de religión-superstición. Y su dios, una divinidad mediadora entre cielo y tierra, y no puramente celeste —nos dice el propio Reyes—, puesto que el amor por su singular dios era algo bien afincado en la existencia terrenal —telúrica—, al que nunca desentrañaría de la materia. Religión impura que, por no andar muy lejos del espiritismo y la magia, iría deslizándose hacia estos. Como, asimismo, hacia la astronomía, a la que dedicara durante largos años (para lo que se valdría de un potente telescopio con el que hurgaba la noche, tal refiere en «El color de la luna»).

Y si a todo lo anterior unimos otras coordenadas [dios: amor y muerte; religión: amor y sexo] tendremos, más delineados aun, al creador y su poética sensual, erótica —acorde con el contexto y el gusto literario de la época—, desde los inicios. Ello ya se aprecia en los primeros versos febriles, en los que lo religioso enmascara una precoz voluptuosidad. Ese dios suyo será, ya en aquellos poemas juveniles, «más hermoso que la rubia y la morena».

El misticismo de Nervo —no exclusivo de una religión específica, sino acaso un estado animico, una actitud vital, una disposición íntima de su espíritu, como definiera Diez-Canedo— se advierte, pues, en sus primeros libros Perlas negras y Místicas. Tal relación —religión: amor-mujer-sexo— se distingue a lo largo de su obra, pero hay instantes en que se ofrece aun con mayor nitidez. En «Callados» expresará:

¡Déjame pensar en Dios,

que es tambien pensar en ti!

Para llegar a identificar totalmente esa fusión en los versos de «En todo»:

Yo en todo encarno ideal.

Para mi sed inmortal

todo beso eucarístico,

y pongo un impulso místico

hasta en el amor sexual.

En «Delicta carnis» confiesa su ardor:

Carne, carne maldita que me apartas del cielo;

Carne tibia y rosada que me impeles al vicio…

Y en «Pensando» —donde rezuma su aguzada prosa poética de madurez— subraya: «Dios está más seguramente en los ojos de una mujer hermosa que en todas las filosofías». E insiste luego:

Señor, eres tú, pues, quien me miraba con los maravillosos ojos de Marta; eres tú quien me sonreía con la boca jugosa de Clemencia; eres tú quien me acariciaba con las mantas manos diáfanas, casi inmateriales, de mi madre.

Tal conjunción [Dios-mujer-religión-amor-sexo] se acentuaría en la segunda etapa de su poesía, más concentrada, confesional, cotidiana. Antes intenso y delicado hasta la exquisitez —durante su primera manera, según la denomina Reyes—, ahora este Nervo nítido y directo, a partir de Serenidad, afila su verso, lo humaniza, depura sus ideas, desnuda, en fin, su expresión como buscando la secreta verdad de las cosas, el hondo latir de la existencia.

Ya en su anterior libro, En voz baja, rastreaba su «tono menor, en el que no hay que buscar ni sonoridades, ni oratorias, ni conceptuosismo: es la Vida, en lo que tiene de enigmático, de insinuante y bellamente impreciso, que pasa cuchicheando por esas páginas, tal revelara en «Habla el poeta» (1907). De ahí la maestría de palabras y la estética sincera que halla Reyes en este verso maduro y lozano, íntimo y universal, llano y sentencioso. De ahí, además, la claridad y la espontaneidad —desconcertante y turbadora para algunos críticos— de su lenguaje, un tanto conversacional —del oído al corazón, para decirlo con Unamuno— y con cierto escepticismo, ofrecido a través del humor y la ironía en sus más felices momentos.

Había pasado, sin duda, de la «era de la pedrería y los joyeles» a la «sed de la sencillez y la íntima sinceridad» añorada por los poetas de entonces, según Reyes. Con esa sinceridad tan rara, Nervo lograría no solo que sus colegas se extrañaran ahora de su verso hasta el punto de no poder definirlo como parte de su obra, sino, sobre todo, que le marginara un notable número de lectores, quienes al no asimilar el positivo, dialéctico cambio, pensaron más bien en una extenunación del amado lírico del oropel. Tal deseo de comunicación [confesionalismo de alcance mayor, en tanto se nutre de la propia praxis] le traería, como señaló Darío, críticas e incomprensiones, increiblemente de los jóvenes. En relación con ello, el mexicano confesaría en algún lugar de su obra, con no poca honradez e ironía:

Cuando en mis mocedades solía tomar suavemente el pelo a algunos de mis lectores, escribiendo mallarmeismos que nadie entendía, sobró quien me llamara maestro; y tuve cenáculo, y dizque fui jefe de escuela y llevé halcón en el puño y lises en el escudo… Mas, ahora que, según Rubén Darío, he llegado «a uno de los puntos más difíciles y elevados del alpinismo poético: a la planicie de la sencillez, que se encuentra entre picos muy altos y abismos muy profundos»; ahora que me pongo «toda la tienda sobre el mostrador» en cada uno de mis artículos; ahora que me espanta el estilo gerundiano, que me asusta el restacuerismo de los adjetivos vistosos, de la logomaquia de cacatúa, de la palabrería inútil; ahora que busco el tono discreto, el matiz medio, el colorido que no detona; ahora que sé decir lo que quiero y cómo lo quiero; que no me empujan las palabras, sino que me enseñoreo de ellas; en fin, que dejo escuro el borrador y el verso claro, y llamo al pan, pan, y me entiende todo el mundo, seguro estoy de que alguno ha de llamarme chabacano…

Francamente, estoy fatigado del alpinismo; y ya que, según el amable Darío, llegué a la deseada altiplanicie, aquí me planto, exclamando como el francés famoso: J’y suis, j’ y reste. [Aquí soy, aquí me quedo] (Todos las cursivas, excepto la primera y las dos finales, son mías. WGL.)

Ya entre 1905 y 1909 se va notando la nueva orientación en su verso, entre Los jardines interiores y En voz baja. Sin embargo, solo a partir de Serenidad, el poeta acendra su expresión en aras de esa simplificación que coincide su definitoria relacion con la Dailliez. He aquí el innegable valor humano de su obra, ya apartada de modas e ismos: poesía, pues, de esencias y presencias, no de apariencias.

En otros lugares («Pensando», «Exhibicionismo», «Poesías varias») confiesa ese despojamiento de hojarasca, tras buscar un lenguaje más directo y profundo: «Yo no vinculo versos a esta o aquella  moda: / quiero que duren tanto como la humanidad.»

Asimismo, en «Habla el poeta», confiesa: «No he tenido ni tengo tendencia alguna literaria especial. Escribo como me place. Según el spiritus qui flat ubi vult. [el Espíritu donde quiere se infunde: Trad: WGL] No tengo más que una escuela: la de mi Honda y perenne sinceridad».

Pero esta depuración venía de atrás: en septiembre de 1902 ataca a los autores de versos decadentistas que trabajan «el símbolo alambicado, la grandilocuencia ridícula del estilo»; a los que contrapone a Darío, Lugones y Freire. Y entre sus poetas más queridos están, por supuesto, los primeros, «más altos y poderosos señores de nuestro patriciado lírico», según definiera en «Leopoldo Lugones». Otras preferencias tuvo además Nervo: gustaba mucho de la obra poética y teatral de Maeterlinck; a Verlaine lo llamó (en «Apuntes para un libro que no escribiré nunca») «mi divino poeta» y «peregrino en Bélgica e Inglaterra»; a Mallarmé lo catequiza como «el noble Stéphane» [en su comentario a «Preludios, de González Martínez, de quien diría, el 8 de agosto de 1918, que de los poetas modernos de su patria, es el que «me cautiva por excelencia»].

Fue, sin duda, la poesía francesa la que verdaderamente determinaria su verso, al igual acontecería en Darío y el resto de su escuela: Baudelaire, Verlaine, Mallarme, Villiers, tal expresara el 31 de diciembre de 1897, en «Los modernistas mexicanos (réplica)», donde defiende a «mi grupo»: Dávalos, Tablada, Olaguibel, Ceballos y Couto, de los ataques de Victoriano Salado Álvarez, quien encarga a Nervo que criticara Oro y negro, de Olaguibel, con prologo del propio autor de La amada inmóvil. De Tablada dice, en noviembre de 1899, que es el introductor del modernismo en México y lo llama poeta de verdad.

En «El modernismo» apuntaba a propósito de este movimiento americano:

No cabe ya dudar de que hay una escuela, una tendencia, una modalidad literaria que se llama o la que han dado en llamar «modernismo» […] hemos creado nuevas combinaciones, nuevos regímenes; hemos constituido de una manera inusitada, afín de expresar las infinitas cosas inusitadas que percibíamos.

Y en una entrevista parisina, realizada a Nervo por la Revista de América, definiría conceptual:

Es evidente que la literatura francesa de los cuatro últimos lustros, con todas sus modalidades y evoluciones, ha influido en la literatura americana: influencia directa en los poetas y escritores mejor informados, indirecta y a través de estos, en los demás. Se ha imitado a los franceses y, a través de ellos,  a ingenios de otras lenguas menos accesibles. Pero procede confesar lealmente una cosa: que influida al principio, surgió después, poco a poco una literatura de fisonomía cada vez más propia, con un no sé qué puesto por el ambiente nuestro, y que sí se imitaron los procedimientos franceses (sobre todo cierta mecánica del verso, que lo redimia de los viejos moldes), los verdaderamente enterados, no solo llegaron a crear un arte propio y a dar el idioma agilidades desconocidas, sino que influyeron a su vez de una manera decisiva en la poesía española contemporánea, que ha seguido, a veces gallardamente, el impulso americano […]. El ciclo modernista debe considerarse, en mi concepto, como definitivamente cerrado. El modernismo fue un camino, a veces abrupto, para llegar a suaves y floridas praderas. Si trajo malezas, tambien plantó nuevos rosales de rosas espléndidas. De la aventura modernista quedaron riquezas positivas al idioma, al estilo, y recursos al métier [método; trad: WGL]. La poesía americana surgió de él, depurada, autónoma, con bellezas nuevas, con música no oída antes, con honduras cristalinas.

Este extenso e intenso juicio que tan bien define el proceso generador del modernismo, evidencia el tino del poeta en su faceta de crítico. Sin embargo, Nervo no se consideraba capaz de asumir la función exegética por poseer —decía— exceso de pasión poética y ausencia de criterio analítico. Creo que lo mejor de su prosa evaluativa está en la ironía —suave— de sus ensayos y «divagaciones», como la denominaba.

Pero ya aquí entramos en un aspecto no menos importante de su vida y obra: la modestia y sencillez de su carácter [«era muy sencillo, casi austero su vestuario, nunca usó joyas ni nada supefluo»], esa bonhomía que lo llevó, una y otra vez, a escribir sobre autores noveles, quienes se acercaban a él en busca del espaldarazo amigo. Así, prologó poemarios, escribió artículos, replicó en defensa de obras fraternas, aun a sabiendas de que tales novatos no siempre poseían la calidad que él les otorgaba, guiado por su bondad y deseo de estimular a aquellos. Hay muchas pruebas de lo que digo. Una de ellas: en «Ingenuas», octubre de 1902, confesaba: «[…] quiero demasiado a Urbina y gusto demasiado de sus versos para ser imparcial». Pequeño heraldo del espíritu se autocalificaba en «Pensando», quien según tambien sus palabras, «paso la vida ayudando a los hombres… / ¡y huyendo de ellos!». Nada más cierto. Proverbiales fueron su bondad y calidez. Apoyó y respaldó la publicación de trabajos de Alfonso Reyes y Francisco Orozco, entre muchos otros, en diarios y revistas. Gestionó puestos, favores múltiples para apenas conocidos que tocaban a su puerta —al viento abierta—, incluso en otros países [Francia, Uruguay, Argentina], donde fue diplomático. Ejerció para muchos —dijo Reyes— «un ministerio casi religioso de confidencia y de consejo».

Y por esta zona destaca, significativamente, también, su franqueza, tanta que Darío señalaría: Ha sido un admirable sincero y por eso mismo es un admirable poeta. Al respecto, el propio Nervo expresaría:

He hecho innumerables cosas malas, en prosa y en verso; algunas buenas; pero sé cuáles son unas y otras. Si hubiera sido rico no habría hecho más que las buenas y acaso hoy solo se tendría de mí, un pequeño libro de arte consciente, libre y altivo. ¡No se pudo! Era preciso vivir… De todas las cosas que me duelen, es ésa la que me duele más: el libro breve y precioso que la vida no me dejó escribir.

Sin duda, la fertilidad poética le condujo a escribir excesivamente y a no ser, en ocasiones, tan cuidadoso; esto lo determinaba su facilidad para la métrica —dúctil hasta lo coloquial en él— y la riqueza formal, ya que el soneto y el romance, pasando por la décima y otras estrofas, le brotaban con lozanía y frescura. La constante insatisfacción mostrada en sus cuentos —a los que cambiaba títulos, inicios y finales— no se dio en sus versos, muchos de los cuales han sido, por ello, objeto de dura crítica, lo que ha hecho que se desdeñe y hasta se olvide, en los últimos treinta o cuarenta años, al antes inmensamente popular lírico: uno de los más importantes de su país. Un defensor a ultranza de su poética, en su afán de  reivindicación, lo catequizó décadas atrás como el poeta modernista de la elegancia y la ternura, que no se puede confundir con la sensiblería Y añadió que, no obstante sus defectos [«algunas caídas», precisa], es el poeta del amor puro y sincero; no se le puede acusar de declamatorio y su inspiracion es elevada. 

Sin duda, en su poesía se advierten altibajos y desigualdades, a veces lamentables [de ahí lo exiguo de esta rigurosa selección de carácter antológico]. Pero la salva el humanismo esencial, que siempre atraviesa estos versos emocionados y/o irónicos, llenos de amor a sus semejantes, con recurrentes ¿divagaciones o metafisiqueos? sobre la muerte. Se trata, claro, del testimonio lírico de un hombre cuya humildad y bonhomía trazaron su existencia y su obra.

De esa, «mi pobre vida incoherente y mediocre», se ocuparía en «Habla el poeta»: suerte de autobiografia insólita —con la sinceridad y modestia que aún desarma a algunos ¿poetas?—, de indudable valor para conocer todavía más al creador, al hombre. Dice allí que de no haber sido poeta, hubiera sido rico gracias al dinero de los demás. Pero no se engañe nadie: es la ironía consigo mismo que aflora tambien en estas páginas de desnudez sin igual. Un tanto dolido —eso sí—, subrayaría que la prensa y la crítica se ocuparon de él solamente para «decirme horrores».

Era ya, pues, la madurez creadora de quien escribiera con pleno acierto: La verdadera grandeza es la que no necesita de la humillación de los demás, tal señalara en «Apuntes para un libro que no escribiré nunca», donde llega a definir el oficio de escritor como «La inutilidad más pomposa y la vanidad más grande».

Claro que ese cambio profundo, ese acendramiento de su verso tuvo que ver muy directamente con tal riqueza de espíritu por los años vividos: no en balde sus estudiosos coinciden en que, primero el amor y luego la pérdida de la Dailliez, hacen que su estilo se torne cada vez más claro y que muestre una aparente facilidad, desconcertante para los que se empeñaban en tener y mantener al Nervo de las pedrerías, al del eterno sufrimiento por la [supuestamente] única y ya inmóvil amada…

Sin embargo, algunos de sus conocidos nos presentan a un hombre «muy simpático», de conversación «amena y humorística» que, sin olvidar su hermosa relación con la adorada, pudo enamorarse en sus años finales, y dedicar sus  últimos versos a la historia de una pasión argentina [parafraseando el título de la mejor novela de Eduardo Mallea], durante su estancia en la tierra de Lugones como diplomático.

En consecuencia, lo hispanoamericano es tratado con amor,  especialmente en su prosa, donde defiende la identidad de su pueblo y de nuestra América. Tal preocupación le llevaríá a plantearse, con sumo cuidado, la formación de la niñez mexicana y latinoamericana. En «Robinson mexicano», artículo sobre este libro de Carlos Díaz Dufoo, insiste en la necesidad de escribir para los niños: aboga aquí por que todos los que conozcan de verdad alguna materia, en su tiempo libre deben convertirse en maestros; y añade que «ese supuesto descenso» que es, según algunos, escribir para la infancia, resulta por el contrario una «ascensión». Un poco más allá afirma: «Me he propuesto no morirme sin escribir para las escuelas primarias cuentos o relatos para los niños…» que son, dice enseguida, «el mañana prometedor y lozano de la república». Y así lo haría, pues en los Cantos escolares exalta lo nacional en poemas dedicados a los héroes de la patria, de Hidalgos y Morelos a los niños de Chapultepec.

El elogio de lo latinoamericano, en especial, lo cubano, aparece en diversos instantes de su produccion poética y periodística, reflejado, entre otros momentos, en dos crónicas sobre José Martí. Quiero concluir este prólogo con una estrofa de «Por qué vine a Castilla», que, a pesar de su sencillez, evidencia el hondo cariño que sintió por nuestra Isla —donde tan amado fuera y es el poeta—, una parte de cuya obra en verso entregamos ahora a los numerosos lectores que, sin duda, tendrá esta primera antología de su poesía en Cuba:

Cuba se aduerme, al rumor

del tibio mar que la besa,

en  un  perenne verdor,

y es como una gran promesa

que ha de ser una gran flor.

[En La Habana, junio de 1985]

(Prólogo a: Amado Nervo, La amada inmóvil y otros poemas, Selección y edición de Mayra del Carmen Hernández Menéndez, Editorial Arte y Literatura, Colección Huracán, La Habana, 1987.)

 

 

 

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About the Author

Waldo González López (Cuba, 1946). Poeta, ensayista, crítico literario y teatral, antólogo y periodista cultural. Graduado de Teatro en la Escuela Nacional de Arte, donde creó el Archivo de Dramaturgia e impartió clases de Historia de la Literatura para Niños y Jóvenes, en la Cátedra de Teatro para Niños (cofundada por él) y de Historia del Teatro Universal y Cubano. Cursó estudios de Francés en el Instituto «Máximo Gorki» (1964-1966), Licenciado en Literatura Hispanoamericana (Universidad de La Habana, 1979), integró el Centro Cubano de la Asociación Internacional de Teatristas de la Infancia (ASSITEJ, de la UNESCO), las Asociaciones de Teatro y Literatura de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en sus Secciones de Crítica Teatral, Poesía, Traducción Literaria y Literatura para Niños y Jóvenes. Fue Asesor del Teatro Nacional de Cuba y de los dos Centros Iberoamericanos de la Décima (La Habana y Las Tunas). Sus versos han sido traducidos a varias lenguas y publicados en Francia, Estados Unidos, México, Colombia y Argentina. Ha traducido del francés a los poetas Jacques Prévert, Marie de France, Molière, Joachim du Bellay y realizó versiones para la antología Poesía polaca. Su labor como poeta, crítico teatral y literario, antólogo y ensayista ha sido reconocida entre otros, por las pedagogas y antólogas puertorriqueñas Flor Piñeiro e Isabel Freire de Matos en su volumen Literatura Infantil Caribeña; el profesor y ensayista jamaicano Keith Ellis, en su estudio Cuba’s Nicolás Guillén: Poetry and Ideology, y el antólogo y ensayista español Antonio Merino en el prólogo de su antología Nueva poesía cubana. Ensayos suyos fueron incluidos en las antologías Nuevos críticos cubanos, Acerca de Manuel Cofiño y Valoración múltiple: Onelio Jorge Cardoso. Prestigiosos ensayistas y críticos cubanos y de otros países se ocuparon de sus múltiples libros. Fue jurado consuetudinario en eventos literarios, teatrales y de periodismo cultural, y participó en Congresos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), foros y otros encuentros con especialistas de Cuba y otros países. Entre sus más de 25 libros resaltan los poemarios: Que arde al centro de la vida (1976), Salvaje nostalgia (1991), Casablanca (Colombia, 1994), Las palabras prohibidas, Estos malditos versos, Ferocidad del destino, El sepia de la nostalgia y Umbral de la nostalgia (libro de arte, con sus poemas ilustrados por la artista plástica Julia Valdés); los cuadernos para niños: Poemas y canciones, Donde cantan los niños, Jinetes del viento, Libro de Darío Damián y Voces de la querencia; las antologías poéticas (con selección y prologo suyos): Preciosa y el aire (textos de García Lorca, 1976), Los versos de tu amigo (textos de García Lorca para jóvenes, 1978), Que soy marinero yo (textos de Antonio Machado, 1984, Premio de la Crítica de libros para la infancia, 1985), Cazador de colores (poemas del cubano Emilio Ballagas; 1986), y para adultos: Paris at night (poemas de Jaques Prévert, traduc. y pról. suyos, 1993), Hasta que Dios queme el tiempo (poemas de William Butler Yeats, 1993), Añorado encuentro. Poemas cubanos sobre boleros y canciones (2001), Viajera intacta del sueño. Antología de la décima cubana (2001), Este amor en que me abraso (décimas de José Martí; 2003), De tu reino la ventura. Décimas a las madres (2003) y Que caí bajo la noche. Panorama de la décima erótica cubana (2004). Asimismo, es autor del volumen de ensayos Escribir para niños y jóvenes (1983) y de la antología La lectura, ese esplendor (ensayos de figuras internacionales sobre lectura y literatura (Campaña Nacional por la Lectura, Quito, Ecuador, 2009), Navegas, Isla de Oro. Panorama de la décima para niños (en colaboración con Mayra Hernández; 2009), Esta cárcel de aire puro. Panorama de la décima cubana en el siglo XX (en colaboración con Mayra Hernández, en 2 tomos: 2009 y 2010). Como de los libros de crítica literaria: La décima dice más (2005) y La décima, ¿sí o no? (2006), ambos con reediciones; y las antologías La soledad del actor de fondo. Monólogos cubanos (1989) y Cinco obras en un acto (2001), así como el de crónicas Niebla de la memoria. En Cuba mereció las siguientes distinciones: Diploma al Resultado Científico por Colaborar con la nueva Historia de la Literatura Cubana, en tres volúmenes, otorgado por el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente; el Laúd y la Medalla del Cucalambé (Las Tunas); Diploma por la Labor Realizada en Apoyo a la Décima (Universidad “Camilo Cienfuegos”, de Matanzas); Reconocimiento como Escritor y Crítico Literario (Presidencia del Instituto Cubano del Libro) y Distinción por la Cultura Nacional. EN MIAMI Desde su arribo a Miami (julio de 2011), ha sido jurado en los Concursos Internacionales: de Poesía (2012) y «La vigencia de Tula» en homenaje al 200 Aniversario del natalicio de Gertrudis Gómez de Avellaneda, ambos de la Editorial Voces de Hoy), el Internacional de Poesía «Facundo Cabral» (2013, del Gremio de los Artistas Latinoamericanos, GALA). Asimismo, ha fungido como jurado de los eventos escénicos: 1er. Festival Internacional de Obras de Pequeño Formato (Compañía teatral ArtSpoken, 2011), 1er. Primer Festival Internacional de la Comedia (Compañía Havanafama, 2013) y de Teatro de los Miami Life Awards. Participó como ponente en el «Congreso Internacional de Dramaturgia y Artes Escénicas. Teoría y Práctica del Teatro Cubano del Exilio Celebrando a Virgilio Piñera, en su Centenario» (Universidad de Miami, 2012). Mereció el 3er. Premio de Poesía en el Concurso Internacional «Lincoln-Martí» (2011). Integró los Consejos Asesores del Festival Internacional de Monólogo “A una voz” y del Gremio de los Artistas Latinoamericanos (GALA).

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