El ser y el sueño

Written by on 4 julio, 2012 in Critica, Ensayo - No comments

Ensayo. Crítica.

Por Manuel Gayol Mecías

 

subiendo a los sueños

subiendo a los sueños

Para mi amigo Ángel Rolando

 

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Yo soy quien soy… y por eso sueño. “Mucho” puede estar más allá de mí. “Mucho” porque yo no soy solo yo, sino también mi evolución (y no es una evolución positivista, sino un proceso que va de la carne y de la sangre a la transformación de una energía que cada vez más se anida, y se anima, valga la redundancia, en el alma). Este viaje, a veces lento, a veces rápido, siempre termina siendo sorprendente; y lo es, porque querámoslo o no, proporciona un recorrido creativo.

Yo soy así un punto de partida para mí mismo; una referencia objetiva de mi ser imaginario (porque además de biológico soy imaginación y alma). Por ello el sueño, más que un espejo, es una puerta que se abre a nuestra invisible dimensión no solo creativa, sino también circunstancialmente humana. El sueño parte de nuestras experiencias biológicas y sociales para sumergirse en esos mundos paralelos que se ocultan dentro de uno. De ahí los arquetipos de Carl Gustav Jung que, de hecho, nos enfrentan con un origen mítico y remoto.

Por supuesto que entonces el sueño es narrativo y poético por “pura invención”. Pero resulta que la “invención” es, de hecho, uno mismo. Porque si creamos, si inventamos e imaginamos viene a ser debido a que ha habido un cúmulo de experiencias que se desataron alguna vez por una energía inicial; y algo misterioso (quizás la partícula de Dios) nos dio el recurso de la invención. Y en esa invención trasunta lo narrativo y lo poético y no nada más en la vigilia, sino asimismo en la duermevela y en el sueño propiamente dicho.

En este caso el sueño es la máxima posibilidad, porque funciona más allá de mi control. Es una instancia espontánea que me permite re-crear y hasta descubrir otros mundos u otras vidas, tal vez pasadas, tal vez presentes y paralelas (o quién sabe futuras y espiralmente circulares); vidas que tienen que ver conmigo en el proceso que va del ego racional —transformado por el ergo proteico— hacia el alma y hacia el espíritu.

El sueño, por tanto, no es “algo muerto”, sino por el contrario, algo vivo; probablemente algo muy vivo, porque, al ser “inconsciente en el hombre”, es también independiente de nosotros mismos. Y esta “independencia” pienso que ya la había intuido Jorge Luis Borges cuando escribió su maravilloso cuento de “Las ruinas circulares”, cuando supuso, de manera extraordinaria, que alguien podía soñarnos.

 

2

Si nosotros soñamos con un animal —un perro, un gato, digamos—, el animal también puede soñar sobre nosotros. Lo que sucede es que cada uno sueña a su nivel, y asimismo los sueños se instalan en su debida dimensión. Si el ser humano habla es porque piensa complejamente; por tanto, sus sueños son más difusos, alucinantes y confusos que el de los animales. El sueño de un perro, de un gato, o de cualquier otro animal, es más que todo instintivo. Es puro deseo de lamer el hueso que ayer su dueño no le dio; o el cómodo cojín en el que el gato duerme su primitivo onirismo… Pero cómo se puede afirmar que el animal no sueña, porque sencillamente no hable. Lo que sucede es que nosotros soñamos en la complejidad del habla, que es decir, al mismo tiempo, que soñamos en la complejidad de los instintos, de los deseos, de la intuición, de la sugerencia y hasta de la racionalidad (en su primera y cuarta etapa)1. El mimado animal (piénsese en un bello gato persa azul, que duerme tanto que podría soñar que está durmiendo y que, por supuesto) se queda en los deseos de sus instintos.

En realidad se me podría acusar de imaginativo delirante, pero es que lo imaginativo y lo delirante forman parte de mi constitución humana, y de los valores de la creación, y por ende, entre tantas cosas, forman parte del reino de los sueños. Si yo imagino, y creo un discurso y una trama verosímil, ¿por qué no se puede aceptar —como un hecho muy real— que el gato persa azul, con un milenio de estar durmiendo, en algún momento de ese largo proceso me ha soñado?

En definitiva, la literatura, que es muy real, como los sueños, que la contienen y la desbordan, se proyectan en un mayor nivel al compartir la característica de la ambigüedad. El gato persa azul me sueña porque yo le he dado siempre su comida y le he conseguido su buen colchoncito mullido para dormir, que es lo que más le gusta. Por qué a un gato como este le gusta tanto que lo alimenten y así poder dormir plácidamente? Pues, de seguro, porque así puede vivir sus otras vidas, desde una posición confortable; y en esas otras vidas él me tiene presente cada vez que yo lo alimento y lo cuido.

 

3

La “facultad mental de construir un ego” es la evolución que ha sufrido el ego instintivo hacia un ego más racional, y es este entonces quien lo piensa (de ahí la facultad mental de construirlo), y hasta de soñar su propio ego de una manera distinta; quiero decir, de una manera racional, intuitiva  e imaginaria. Si el ego racional no se deja llevar por su carga instintiva, y en vez de ello, abre las puertas de sus entendederas, logra transformarse definitivamente en el ergo proteico que continuará su evolución hacia el alma.

Por ello no nos estamos separando de la realidad ni de la existencia, sino que estamos viajando desde la realidad —nuestra realidad, nuestra existencia— hacia el reino de Imago, que es el súmmum mismo de los sueños. El hombre no sustituye la realidad por medio de sueños y palabras, claro que no, pero sí con ello reconstruye su realidad, ya que por medio de imágenes y discursos narrativos transforma su vida interior, que al mismo tiempo de que es su fuerza es su otra vida invisible; vida aparentemente ausente pero que también regresa todas las noches en sus sueños.

 

 

4

El juego y el lenguaje es parte viviente de uno mismo, de quién soy yo. Porque todos tenemos, en mayor o menor medida, la capacidad de jugar y de decir nuestro juego. Y es porque forma parte del proceso evolutivo que va de la circunstancia de ser al sueño en (y de) la Imago. Por eso coincido con mi admirado amigo y ensayista Ángel Velázquez Callejas, de que la respuesta para “Quién soy yo?” es indefinida, no clara, sino confusa o, simplemente, no es respuesta; o más bien, la respuesta viene a ser la ambigüedad; el umbral de estar en lo corpóreo y lo imaginario. Podríamos decir que estamos o somos una zona crepuscular (twilight zone). Y de alguna manera este estar aquí y allá define el movimiento constante de nuestro ser. Y este movimiento vibratorio, de entrar y salir de lo físico a lo imaginario y viceversa, que es el hecho de estar diariamente entre la vigilia y el sueño, es lo que nos impulsa a avanzar; nos anima a proyectarnos, y hasta nos hace consciente si lo aceptamos, de que hay algo que nos espera en algún punto del camino. Porque andamos en una evolución en espiral, lenta, lentísima, sí, pero evolución al fin que, por supuesto, en esencia, no entra tampoco en el concepto lúdico de Ortega y Gasset del Hombre y sus circunstancias, quizás lo roce en algo, porque todos de alguna manera siempre hacemos nuestras conexiones, nuestros vasos comunicantes. Pero, en la realidad que yo me planteo, en la que creo, que es una realidad formada inclusivamente por lo corpóreo y lo imaginario, por lo físico y lo espiritual, mis planteamientos así sobre el ser y el sueño no creo que vayan por estos caminos orteguianos, sino más bien, transitan como un gran melting pot (un crisol, ojalá) de Jung, y de Chardin, Harpur, Ibn al Arabi, Borges, Paz y el juego verbal —de lo lleno y lo vacío— de Lezama, al menos, hasta el momento.

5

Es verdad —según Callejas— que una pregunta, tan impresionante, como: “¿Quién soy yo?” es “una construcción lingüística”. Lo que, como dije, es cierto, pero porque también lo lingüístico forma parte de nuestro pensamiento que se traduce en habla y que nos viene de experiencias remotas (muchísimos años antes del descubrimiento del papyrus) y que se fue perfeccionando a través de disímiles experiencias de vida. Quiero decir, lo lingüístico también forma parte de mí y me representa. Entonces Ángel Rolando agrega:

Puede que me tope con que soy un poeta, soy un político, soy un bailarín, soy un actor, soy un ingeniero… pero ninguna de esas respuestas cambia el carácter lingüístico de la pregunta. Decir “soy un político” es verbalizar un hecho. El “soy yo” es recuerdo, palabras. Esta es una segunda cosa que hay que tomar en consideración: el “yo soy” es el ego. El sueño”2.

Y yo me digo que sí, ¡qué me importa que no cambie el carácter lingüístico de la pregunta!, si en definitiva lo que me interesa es que cada una de esas respuestas representan un hecho humano. Lo lingüístico por encima de todo es humano. Y si me respondo que soy un poeta es porque hay experiencias humanas mías que me imponen esta categoría. De acuerdo que “he verbalizado un hecho” y el “soy yo” es “recuerdo, palabras”. Pero asimismo es mi representación de vida. Aun cuando el “yo soy” es el ego, no es el sueño. Mi yo soy, mi ego, entra en el sueño no solo para “descansar” (¿es que físicamente descansamos cuando dormimos? Porque quizás sea cuando más intensamente trabajamos), sino también para vivir otras historias, otras vidas probablemente, o andarnos por diversos mundos paralelos. El sueño aquí es una entrada que comienza en su primera etapa arrastrando experiencias recientes, y que se van transformando (las experiencias) dentro de la segunda etapa, Onírica, y la tercera, Omega, y a no dudar podrían reencontrarse en la cuarta etapa, la de la Incertidumbre, de nuevo, cuando estamos ya en la posibilidad de despertar3. En estas etapas ocurre, inconscientemente, que en el ego (si ya empíricamente es racional) se activa su ergo proteico, y asimismo se avanza de la primera a la segunda etapa en su disposición de acercarse al alma, que lo toma de la mano para transitar esa segunda dimensión complejísima, como Virgilio a Dante, y lo ayuda a recorrer, primero, los niveles del infierno (niveles que pueden ser diferentes en cada historia que se vive; niveles que incluso a veces se mezclan, y de una calle pasas a otra ciudad que se te abre de pronto ante ti, y te ves caminando por unos callejones, que pueden ser de una ciudad como Los Ángeles, pero también, al doblar una esquina, sales a la calle Ánima de La Habana, o te pones a pasear por el Malecón, o por parques específicos de tu pueblo natal, y cuando menos lo esperas te ves hablando en Miami, presentando tu propio libro, y no hay casi público y se te olvidó el discurso, o se te quedaron los papeles que ibas a leer, y miras a tu alrededor y te sorprendes viendo imágenes de Nueva York o del Cañón del Colorado, y de ahí te ves en una reunión de disidentes en algún lugar de Cuba, y te entra un miedo espantoso, pero te obligas a caminar con los demás en medio de una manifestación anticastrista). Pero, de hecho, en todo este proceso que va de la etapa Alfa a la zona onírica de la segunda se ha venido incrementando cierto sentido de espera, cierto sentido de agonía; es la expectativa de algo indefinido, una sensación de incertidumbre. No obstante, sigues porque es el alma aquello que te aprieta la mano, y sientes más que seguridad decisión, y eres capaz de continuar bajando a los niveles más perversos y enrevesados de la imaginación (porque en la imaginación también está la perversidad y lo feo, lo desagradable). En el fondo, en medio de la noche (ahora es una noche muy oscura; una noche profundamente onírica) se encuentran las terribles criaturas y lugares del inframundo, y tú te sientes en peligro, porque la manifestación se disolvió y te van a atrapar para golpearte, para apresarte, y te ves en la necesidad de correr, de huir, y sabes que van detrás de ti (el alma de pronto desapareció) y el miedo te invade… y súbito, encuentras… el precipicio. Y tú mismo te dices: “Me lanzo”, y te lanzas porque sabes que en definitiva es un sueño y antes de chocar con la tierra vas a despertar… Pero no eres tú quién sabes eso, sino el alma, que no quiere que despiertes, y te acoge en el aire, te sostiene, momentos antes de estrellarte, y te alza, te aprieta bien entre sus formas indescriptibles y se eleva contigo fuera de las regiones del Averno.

Ahora es la subida, en vertical, hacia un cielo profundo, anchísimo, extremadamente azul pero que en la vertiginosa subida se va combinando con colores increíbles. Y te das cuenta de que repentinamente el sueño se ha transformado en colores, en combinaciones de colores inexplicables. Y todo se te hace placentero, con una carga enorme de la libido, te sientes como un rayo de adrenalina pura, porque ves a las mujeres más lindas que has conocido4. En este caso final de la segunda etapa, Onírica, estas imágenes son deseos, anhelos, aspiraciones supuestamente imposibles que se hayan tenido. Pero sigues subiendo, rebasas tus deseos terrestres, y ves que el cielo se abre en un confín que no puedes explicar. La única imagen que pudiera acercarse a una explicación (y que no es lógica tampoco) es la del Aleph, de la que habló Borges, y eso porque fue él quien lo describió en su cuento homónimo:

“…Vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph, y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo”5.

Esta es ahora la tercera etapa, la de Omega; es la de la nacencia, en la que sientes la más primordial y original transfiguración de ti mismo… Allá, en el horizonte del universo, hasta donde alcanza tu vista en el sueño, está el Ojo inalcanzable, esa locura particular que, al mismo tiempo (sin ser redundancia), es partícula de Dios, pero que no es Dios (tradicionalmente creído) sino el Misterio, el entramado que ocupa todos los Alephs, y sientes que tienes que avanzar y avanzar. Y es entonces que ocurre algo… imprevisto; algo que no sabes por qué ni qué es, y te lanza hacia abajo, como todas las noches y que te va a depositar en la tierra, como que después de recorrer siglos, apareces de nuevo en breves historias, rápidas, siempre con imágenes inconexas pero muy dadas a tus experiencias recientes, y que cada tanto se van haciendo un poco más lógicas, por ejemplo, lo último que escribías y lo que te costó encontrar alguna información de referencia, porque era sobre un libro que necesitabas y no aparecía, y la Internet en toda su infinita magnitud no te podía suministrar; era la desesperación de que te faltaba algo de tu propio cuerpo, y te prometías a ti mismo que si ese libró no se presentaba, tú lo ibas a escribir… Y aquí despiertas, sudando, y te pasas la mano por el rostro, y tienes la sensación de que hiciste un viaje muy largo… pero que no puedes recordar casi nada de lo que viviste profundamente, solo el libro que necesitas escribir, y la terriblemente agradable sensación que te da la primera frase con que empezarías tu libro: “Yo soy… Yo soy… Yo soy… mi propio sueño”.

 

6

Al tiempo que digo “¿Qué soy yo?”, diría además, como contraste, “¿Quién soy yo?”, porque efectivamente, ambas interrogantes son existenciales. Lo que sucede es que “¿Quién?” es un pronombre inerroigativo más personal, más particularmente humano, en cuanto a que se refiere específicamente a mi persona de carne y hueso, de sangre, de mente, imaginación y sueños; y la expresión “¿Qué?” ya es una interrogante de humanización que yo hago de mí mismo: el concepto cosa de mí mismo; es mi ego en su cercanía a lo irracional (o bueno, diría, lo irracional moderado en cuanto a que soy un objeto de mi existencia para mi existencia). “¿Quién?” es la posibilidad de mi ego hacia el alma; es la posibilidad (búsqueda) de reconocerme a mí mismo en la potencialidad de ser un mejor “yo”.

 

7

Ese sentido connatural y original de búsqueda que tenemos todos los seres humanos (bueno, no sé realmente en el caso de los zombis religiosos y políticos. Estoy seguro que no tienen esta capacidad, ni del “¿Quién?”, ni del “¿Qué?”, para algún día llegar a la búsqueda de sí mismo. Esa búsqueda interior que a Hermann Hesse le costó todo un libro maravilloso: El juego de abalorios, con el cual, supongo, quiso autorreconocerse); ese sentido, repito, es el sueño y al mismo tiempo es la vigilia y, por qué no, la duermevela. Esos tres momentos del diario vivir son características de nuestras diferentes vivencias del tiempo: el tiempo de la vigilia, el tiempo de la duermevela y el tiempo del sueño.

En vigilia soñamos. Pero lo hacemos a través de un mayor control de nuestro ego racional. Aquí, esta vigilia está condicionada a nuestros deseos; es un sueño en el que queremos participar, y somos narradores y poetas, y asimismo, indiscutiblemente, somos protagonistas. De alguna manera, dirigimos la acción de la historia, aunque si somos auténticos, permitimos que la misma acción y los personajes (incluido uno mismo) podamos desarrollar una trama lo más espontánea posible, y es en este “posible” donde tenemos que comprender que en el sueño de la vigilia siempre habrá alguna irrupción del autor, un cierto orden de la historia, por lo que no podemos evitar que la historia se contamine con una cierta lógica creativa, lo que en literatura ha de llamarse “verosimilitud”. Y esto realmente es enjundia para otro trabajo. Lo que, en última instancia, quiero decir es que el sueño de vigilia obedece a un orden de tiempo fáctico, de tiempo corpóreo, cronológico. Es el tiempo del sueño en las coordenadas del tiempo humano. Extremadamente válido, cuando es creativo. Y su valor radica, principalmente, en que es físico, porque se puede expresar, publicar —desde nuestras experiencias más recónditas, testimonial y ficcionalmente hablando— hasta que se hace producción compartida, de lectura, por el otro. Esta es la estimable validez de la crónica de un sueño de vigilia.

El sueño de la duermevela o el clima umbral. Es el crepúsculo, tanto de la tarde como de la mañana. Su puro centro es un umbral creativo, en el que se juntan determinadas experiencias cotidianas con la deformación de imágenes espontáneas que vienen de las lejanas regiones neuronales del surrealismo. Es un momento interesantísimo del ser humano. Es el punto exacto en el que se combina lo corpóreo, físico, biológico de las experiencias con lo imaginario, o sea, lo que está invisible y aparentemente ausente en el afuera de cada individuo. La duermevela, como umbral que es, resulta eminentemente un momento creativo. La mayor parte de las veces se pierde debido a que después de suceder no se escribe, no se retoma como fuente. Pero cuando se puede atesorar en un papel se puede llegar a lograr algo importante. Hacer el testimonio de una duermevela es contribuir a la confirmación de que este mundo físico no es exclusivo, no es el único, sino que hay algo más que nos espera; es contribuir con una llave para abrir la puerta a la desconcertante dimensión de los sueños. Julio Cortázar fue muy tendiente a lograr esta apertura. Muchos de sus cuentos, como, por ejemplo, “La noche bocarriba”, exploran la posibilidad del umbral: de esa frontera entre lo físico y lo imaginario (en el caso del protagonista es su sueño). También “El axotloc”, en el que miramos a un pez que nos mira, y llega un momento en que no sabemos cuál es la verdadera perspectiva del que narra. Si nosotros soñamos al pez o el pez nos sueña a nosotros. Un poco, creo, es lo que sucede con el sueño de Chuang Tzu convertido en mariposa. Su duda propiamente (¿de Chuang Tzu o de Borges?): “Ahora no sé si Chuang Tzu es una mariposa o si la mariposa es Chuang Tzu”. Este estar en “duermevela” es el más real de los tres tipos de sueños: vigilia, duermevela y sueño propiamente. Y para mí es el más real porque responde con exactitud a mi concepto de lo que estimo es la Realidad: el mundo corporal y el mundo imaginario. Creemos que lo real solamente es lo físico; nos hemos acostumbrado (o peor, desde el racionalismo nos han acostumbrado) a ver esto así. Pero no es tal; lo real también es el amor, es la aspiración a algo; es la planeación de una tarea que quiero realizar en un futuro; es el deseo de hacer un poema; es el hecho de poder soñar; de crear una historia válida en una novela que haga que el lector se transporte de su contexto físico a otro mundo paralelo. Es la cara oculta de la Luna; es nuestro ser subjetivo; nuestros anhelos, nuestra fe, nuestra tenacidad, nuestra voluntad, entre tantos aspectos más. El inconsciente inevitable donde se esconde nuestra alma (y que se oculta para evitar los embates del ego irracional).

El sueño per se. Es el más espontáneo de los tres, funciona por sí mismo, como lo indica su nombre. No está atado a ningún control de orden lógico y físico. Se desata solo, de manera inesperada; es lo que Jung siempre entendió como irrealidad. Un sueño hecho de y para los símbolos. El sueño per se es donde cabe la locura de Rimbaud, los celos de Castelo en El túnel de Sábato, o de este mismo autor, su “Informe para ciegos”, de Sobre héroes y tumbas; donde encontramos los daimons de Blake, o de Yeats; la desmesura de Raskolnikof, de Dostoiewski, en Crimen y castigo; el infierno de los campos de concentración nazis; o de la UMAP y las cárceles castristas; el absurdo incomprensible de la vida en los regímenes totalitarios que en el subconsciente se convierten en imágenes oníricas horrendas; los tropiezos con los monstruos y descuartizadores narcos, que de tanto leer la prensa o relacionarte con los medios, se te van grabando, etc. Pero también este sueño espontáneo te ofrece los placeres prohibidos, inesperados encuentros con las sensaciones, el amor filial por los hijos y los nietos y por tu consagrada esposa, siempre ahí, hasta en tus desvelos más íntimos y, a veces, digamos, transformada en símbolos eróticos, en símbolos profesionales, culinarios, domésticos, pero que es ella (el ser que nunca te ha fallado). El sueño por sí mismo te ofrece también la magia de creerte otro; o mejor, de ser otro, de desdoblarte en un héroe o en el simple personaje de una historia, incluso hasta en un tipo mediocre. En fin, este sueño es la recopilación de lo físico y lo imaginario; la sublimación y transfiguración de las experiencias… Dormir, entonces, se puede constituir en un espacio de tiempo-no tiempo donde ocurren cosas que de una manera indirecta, inconscientemente digo, contribuyen a nuestro cambio humano, para bien o para mal, para evolucionar o dejarnos arrastrar por la enajenación de lo irracional… Pero, bueno, esto último lo decide uno en la vigilia.

 

Eastvale, California, 4 de julio de 2012

 

 


1 Ver mi trabajo anterior “Las cuatro etapas del sueño”, en Neo Club Press (http://www.neoclubpress.com/opinion/comentarios-en-neo-club/3655-cuatro-etapas-del-suec3b1o.html).

2 Ver su trabajo “¿Qué soy yo?”, en Neo Club Press, en el que sus ideas y conceptos, muy armónicamente, contrastan con uno de mis trabajos, “Las cuatro etapas del sueño”.

3 Hago la aclaración de que siempre me refiero a una especie de sueño modelo, de una persona normal, que duerme sus horas normales, y que no hay ninguna interrupción exterior. El efecto de las interrupciones, si las hubiese, podría ser pensado en otro trabajo.

 

4 Claro, si somos hombres heterosexuals, si no, pues sería rodearse de los deseos y personas que se han tenido y querido.

 

5 Jorge Luis Borges: El Aleph, EMECÉ EDITORES, Buenos Aires, pp. 192-3.

 

Manuel Gayol MecíasManuel Gayol Mecías es el editor de Palabra Abierta (www.palabrabierta.com).

Escritor y periodista cubano. Graduado de licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, en la Universidad de La Habana en 1979. Fue investigador literario del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas (1979-1989). Posteriormente trabajó como especialista literario de la Casa de la Cultura de Plaza, en La Habana, y además fue miembro del Consejo de redacción de la revista Vivarium, auspiciado por el Centro Arquidiocesano de Estudios de La Habana.
Ha publicado trabajos críticos, cuentos y poemas en diversas publicaciones periódicas de su país y del extranjero, y también ha obtenido varios premios literarios, entre ellos, el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) 1992 [libro censurado por la institución castrista después que el autor viajó a España e hizo declaraciones a la prensa que molestaron al régimen cubano]. En el año 2004 ganó el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano, de Nueva York, por “El otro sueño de Sísifo”. Trabajó como editor en la revista Contacto, en 1994 y 1995, en Burbank, California. Desde 1996 y hasta 2008 fue editor de estilo (Copy Editor), editor de cambios (Shift Editor) y coeditor en el periódico La Opinión, de Los Ángeles, California. Actualmente ha vuelto a trabajar en La Opinión como editor y Copy Editor y reside en la ciudad de Eastvale, California. OBRAS PUBLICADAS: Retablo de la fábula (Poesía, Editorial Letras Cubanas, 1989); Valoración Múltiple sobre Andrés Bello (Compilación, Editorial Casa de las Américas, 1989); El jaguar es un sueño de ámbar (Cuentos, Editorial del Centro Provincial del Libro de La Habana, 1990); Retorno de la duda (Poesía, Ediciones Vivarium, Centro Arquidiocesano de Estudios de La Habana, 1995); La noche del Gran Godo (Cuentos, Neo Club Ediciones, Miami, 2011); Ojos de Godo rojo (Novela, Neo Club Ediciones, 2012)

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About the Author

Manuel Gayol Mecías is the Director and Editor of Palabra Abierta (“Open Word”; mu.gayol3@gmail.com), and a Cuban writer and newspaper man. He holds a 1979 Master’s Degree in Hispanoamerican Language and Literature from the University of Havana. He was a Senior Researcher in the Literature Investigation Center of the Casa de las Américas (Havana, 1979-1989), and was a member of the editorial board of Vivarium magazine, a review published under the tutelage of the Archidiosis of Havana. He has published innumerable critic essays, short stories, novels and poetry in many Cuban and foreign literary reviews and newspapers, and has been the recipient of various prizes in literature, among them the Short Story National Prize of the Union of Writers and Artists of Cuba (UNEAC), 1992, and the Enrique Labrador Ruiz International Short Story Prize of the Círculo de Cultura Panamericano (Pan-American Circle of Culture) of New York, 2004. He worked as editor of Contact Review, from 1994 to 1996. He worked at La Opinión Spanish Newspaper as Editor and Copyeditor (1998 to 2014). At present, he is one of the founders of the Club del Pensamiento Crítico at the Huntington Park Public Library. He is a member of Cuban History Academy in Exile, and a member of Cuban Pen Club in Exile, too, and vice president of Vista Larga Foundation. Published works include Retable of the Fable (Poems, Editorial Letras Cubanas, 1989); Multiple Appraisal of Andre’s Bello (Compilation, Editorial Casa de las Américas, 1989); The Jaguar is an Amber Dream (Short stories, Provincial Center of the Havana Book Editorial, 1990); Return of the Doubt (Poems, Vivarium Editions, Archiepiscopal Center of Studies, Havana, 1995); The Night of the Great Goth (Short stories, Neo Club Editions, Miami, 2011); Eyes of Red Goth (Novel, Neo Club Editions, Miami, 2012); Marja and the Eye of the Maker (Novel, Neo Club Editions, Miami, 2013); Inverse Trip towards the Reign of the Imagery (Essays, Neo Club Editions, Miami, 2014) and The Fire’s Artifice (Short stories, Neo Club Editions, Miami, 2014); Coincidencias de un editor (o el exorcismo de Joel Merlín) (Novel, Palabra Abierta/Neo Club Ediciones, Eastvale/Miami, 2015); La penumbra de Dios (De la Creación, la Libertad y las Revelaciones) (Essays, Palabra Abierta/Neo Club Ediciones, Eastvale/Miami, 2015); Las vibraciones de la luz (Ficciones divinas y profanas). Intuiciones II (Essays, Palabra Abierta Ediciones/ Alexandria Library Publishing House, Eastvale/Miami, 2016).

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