¿Paralelos histéricos? (II)

Written by on 7 enero, 2019 in Critica, Literatura, Política - No comments

Política. Literatura. Crítica.

Por P. Sabbatius (*)

1- Canciones inconvenientes:

Hace casi 50 años yo tenía un amigo que trabajaba como ayudante de musicalizador en la (no sarcásticamente) llamada Radio Progreso, de La Habana. Entre sus obligaciones estaba copiar de un carrete de cinta magnética (de aquellos, de los grandes) las canciones que integrarían la programación de aquel memorable programa llamado Nocturno, que varias generaciones cubanas posiblemente recuerden con nostalgia.

Nunca me quedó claro de dónde provenían las cintas que llegaban a la emisora, pero lo cierto es que su contenido primero tenía que pasar por el correspondiente chequeo de los censores del Santo Oficio, es decir, del Partido (a secas y con mayúscula, pues es el único que hay allí). A cada cinta se le añadía una lista con los títulos de las canciones y una nota al lado expresando si estaban aprobadas o no para su difusión.

Silvio Rodríguez
en 1969. Fotografía tomada por Mario García Joya.

Obviamente hubo muchas canciones (e intérpretes) prohibidas, incluso hasta del posteriormente famoso alabardero Silvio, por contener críticas más o menos veladas al sistema. Aunque Silvio sea mayormente conocido por su larga misión como propagandista musical del castrismo y muchos no lo conciban de otra forma, quizás los cubanos más viejos recuerden que el chico empezó como un rebelde, atreviéndose incluso a quejarse en una letra de que las autoridades le podían “suspender la función” si se le iba la mano con sus canciones, como le sucedió en el Festival de Varadero de 1970 con las reclamaciones con membrete de su famosa “Resumen de noticias”. No solo la prohibieron en la radio, sino que la crítica, supuestamente tan ácida contenida en la bendita canción, le valió a Silvio ser enviado a un largo viaje de meditación al Atlántico Sur a bordo de un barco pesquero, llamado Playa Girón, de donde regresó iluminado, y transformado de crisálida rebelde en esa mariposa-comisario musical que tanto han adorado los filocastristas latinoamericanos y españoles por varias décadas.

Pero la historia de una canción prohibida se me quedó particularmente marcada como epítome de lo absurdo: Resulta que en una de esas cintas que mi amigo debía transcribir había una canción que sacó George Harrison (¡otra vez él!) en su disco en solitario de 1970, llamada “What Is Life?” (¿Qué es la Vida?). Pero en la lista adjunta, junto al título, había una


Photograph of George Harrison as the Beatles arrive in New York City in 1964. Wikimedia Commons.

nota al margen que decía con grandes mayúsculas “NO USAR”. Cuando a mi amigo se le ocurrió preguntar por qué se prohibía una canción de un ex-Beatle (todavía eran oficialmente famosos en Cuba, no los prohibieron totalmente hasta el año siguiente), se le dijo que ese título lucía un tanto nihilista, y por lo tanto de potencial efecto nocivo para los jóvenes. Por supuesto, el censor no se había molestado en escucharla, y mucho menos entender la letra, donde se evidencia que What Is Life no era más que otra tonta canción de amor (Silly Love Song?) en la que el malogrado bardo inglés se preguntaba a sí mismo qué es la vida sin tener a su lado el amor de la novia de turno que se tratara. Pero, en fin, el Poder es el Poder, y los que lo poseen tienen licencia para cometer toda suerte de estupideces (o cabronadas) sin mayores consecuencias para ellos.

Esta curiosa anécdota seguro hubiera permanecido sepultada pacíficamente en el fondo de mi memoria si no hubiera sido por lo que se ha visto en la prensa durante esta última Christmas, con ciertas emisoras de radio de este país “libre”, censurando y prohibiendo añejos clásicos navideños como “Rudolph The Red-Nose Reindeer” porque a algún idiota se le ocurrió que contenía una exaltación del bullying, o “Baby It’s Cold Outside” porque otro (u otra) imbécil se imaginó que la letra parecía sugerir un intento de violación, o que en fin era algo políticamente incorrecto en la era del #MeToo… (Dios, que tirria le he cogido a ese simbolito #). Como dirían los gringos, eerily similar a lo que pasaba (o pasa) en radio Progreso…

2- La “crisis del humor”:

Fernando Ortiz dijo ya hace más de un siglo que una de las características deplorables del cubano era su tendencia al choteo, es decir, a tirarlo todo a relajo, lo que según él le impedía acometer empresas serias y trascendentales, tales como llegar a ser un pueblo del Primer Mundo igual que los alemanes. También hay quien dice que la tendencia al choteo y a no tomar en serio su desgracia es uno de los factores que le ha permitido al cubano sobrevivir más de medio siglo de horrenda tiranía, alimentándose de chistes clandestinos a costa del afortunado pero tardíamente finado Mangante en Jefe. En fin, que esto ha motivado que haya en Cuba una larga tradición de ácido humorismo.

Detrás de la fachada, con Enrique Arredondo.

Existían programas humorísticos en la televisión, algunos de ellos supervivientes de la remota era precastrista (como Detrás de la Fachada) que mal que bien hacían reír a la gente gracias al innegable talento de legendarios cómicos de la talla de Enrique Arredondo (Bernabé-Cheo Malanga-Dr. Schappotín), Carlos Moctezuma (Ñico Rutina) y Reinaldo Miravalles. Sin embargo, por alguna extraña razón, a partir de mediados de los 80 ni siquiera aquellos titanes de la risa eran ya capaces de siquiera evocar una modesta torsión de labios en la aburrida teleaudiencia. Y es que se habían agotado los chistes a costa de los politiqueros de la antigua “seudorrepública”, los imperialistas yanquis y las suegras atravesadas… Y en la televisión los comentaristas y analistas (siempre me he preguntado si analista viene de ano, pero seguro que alguien como Cabrera Infante ya se hizo esa pregunta, así que por si acaso pido excusas por el posible e involuntario plagio) empezaron a manosear la frase “crisis del humor” y a clamar que los gastados comediantes criollos produjeran alguna solución que devolviera la risa perdida a sus amargados compatriotas telespectadores.

(Der.). Reinaldo Miravalles. Tomado de Flickr.

Tuve el privilegio de conocer personalmente a Miravalles porque vivía cerca de mi casa, y era en verdad un tipo sencillo, buena gente y nada engreído a pesar de su fama. Una mañana en que me encaminaba a mi trabajo me encuentro al actor gruñendo ajetreado y sudoroso alrededor de su Lada, que por alguna arcana deficiencia técnica se negaba a arrancar. Le pregunté: “¿Que pasa Reinaldo, quiere que le eche una mano para empujar?” a lo que me respondió exasperado mientras le daba una patada a una goma: “¡No me jodas viejo! ¡Y todavía estos comemierdas dicen que hay crisis del humor! ¿Cómo coño no va a haber crisis del humor? ¡No te puedes reír de los locos, no te puedes reír de los cojos, no te puedes reír de los mancos, no te puedes reír de los bobos, no te puedes reír de los negros, no te puedes reír del Gobierno! ¿Entonces como cojones quieren que la gente se ría?

Por supuesto, a estas alturas deben estar claras para todo el mundo las consecuencias de violar esos tabúes en la TV cubana, como le pasó al inmortal Arredondo cuando se le ocurrió, en una de sus célebres improvisaciones conocidas como morcillas, súbitamente amenazar al personaje de su travieso nietecito en Detrás de la Fachada diciéndole: “¡Pórtate bien o te pongo los muñequitos rusos!”, a lo que el niño reaccionó aterrorizado y suplicando: “¡No, abuelo, no!

Todo el mundo se rio a mares y comentó el chiste al día siguiente por todas partes, pero Arredondo estuvo perdido un buen tiempo y al niñito no se le vio más en TV. No les extrañe entonces que me haya acordado mucho de Arredondo (y de Miravalles) al ver lo que le sucedió recientemente a la famosa pero malhadada comediante gringa Roseanne Barr (será la barr-era cultural o idiomática que me impide comprender plenamente cierto humor americano, pero en mi modesta y desautorizada opinión no creo que Roseanne sea ni la chancleta de Ñico, Arredondo o Miravalles, solo que tuvo la inmensa fortuna de nacer en el lugar adecuado).


Roseanne Barr at the Hard Rock Cafe in Maui in 2010. Author: Leah Mark. Wikimedia Commons.

Barr tuvo la malaventurada ocurrencia de hacer un chiste (bastante malo,
por cierto) a costillas de una de las muchachitas exfuncionarias de Obama, comparándola con el producto de un cruce entre la hermandad musulmana y un personaje del Planeta de los Simios… El estallido de furia en el omnipresente y omnisciente mecanismo de control conocido como Twitter (¡Racista!  ¡Racista!) produjo la inmediata suspensión del programa en horario estelar de Barr, su pública y rabiosa condena por sus colegas celebrities y una casi automática censura y prohibición de la presencia en las pantallas de TV americanas de la desventurada cómica, aparentemente de por vida. De nada le valieron ni su inmediata y abyecta hara-crítica ni sus solemnes juramentos de que ella no es racista-racista, ni islamofóbica, ni cosa que se parezca, ni siquiera echarle la culpa a las drogas que tomaba. Ni siquiera en 2012, cuando públicamente se agarró el lugar donde debían estar sus genitales y escupió, después de “cantar” desentonando a propósito el himno nacional en un juego de pelota [1], aparentemente como expresión pública de su desprecio al Imperialismo Yanqui, sufrió Barr nada ni remotamente cercano al masivo mitin de repudio que siguió a su ultimo chiste.

Porque lo que resulta especialmente irónico en este caso es que la tal Roseanne hasta hace unos pocos años era una furibunda izquierdista radical [1], hasta el punto de haberse postulado a la presidencia de este país [2] por el Peace and Freedom Party, una curiosa organización “comprometida (entre otras cosas) con el Socialismo…” [3]. Pero por razones todavía arcanas, Roseanne súbitamente hizo un giro político de 180 grados y le dio por defender a Trump. Y la apostasía, como les contaré en una futura entrega, es uno de los más imperdonables pecados, por lo que parece que sus excolegas izquierdosos decidieron darle una buena dosis de su propia medicina. Cosas veredes, Sancho

Por supuesto, aún existen aquí algunas diferencias con la pobre Cuba. Por una parte, en Cuba las purgas solían hacerse en discreto silencio, y cuando alguien desaparecía nadie hacía ni contestaba preguntas, mientras de este lado el auto de fe es público, notorio y estentóreo. Otra importante diferencia es que todavía aquí es permitido (yo diría más bien obligatorio) en la televisión burlarse del presidente de los Estados Unidos, puesto que hay suficiente cantidad de gente que lo odia tan acerbamente como para seguir riéndose de cualquier cosa que digan de él, y los cómicos seguir haciendo dinero a su costa. Pero por suerte o por desgracia Trump no va a durar para siempre. ¿Qué va a pasar cuando ya no esté y haya otro presidente demócrata del que los cómicos gringos no puedan (o quieran, o se atrevan a) reírse por televisión, como ninguno de ellos se reía (que yo sepa) de Obama o de sus satélites? ¿Tendremos entonces otra crisis del humor de este lado del charco?

No quiero pecar de paranoide, pero una vez más insisto en que debemos estar inquietos y preocupados por estos paralelos, pues revelan un fondo mental (mindset) muy similar entre nuestros viejos y entrañables fanáticos castristas y las fuerzas que actualmente controlan el mundo cultural, académico e incluso empresarial de esta nación. Solo espero contra toda esperanza que este control no se haga total…

[1]- https://en.wikipedia.org/wiki/Roseanne_Barr

[2]- https://en.wikipedia.org/wiki/Peace_and_Freedom_Party

[3]- https://ballotpedia.org/Peace_and_Freedom_Party

Flavio P. Sabbatius. All Rights Reserved

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Flavio P. Sabbatius es el "nom de plume" adoptado por un profesional que siente que el impulso irresistible de expresar su opinión heterodoxa o políticamente incorrecta, en el actual clima totalitario de rabiosa intolerancia vigente en las instituciones académicas de este país, arriesga la pérdida de su empleo y la capacidad de mantener a su familia si su identidad es revelada públicamente.

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