Noche de luz eterna

Written by on 01/04/2024 in Cronica, Literatura - No comments
Literatura. Crónica.
Por Marcelo Morán.

El guía dictó la lista de los artículos que nos llevaríamos con el rigor de un despachador de almacén. Al principio dudé del verdadero destino, pues creí que me conduciría directo a una sesión de espiritistas montada tal vez  en algún insospechado rincón del río Catatumbo. Los suministros constaban de: una caja de tabaco, tres velones amarillos, un kilo de maíz y un litro de ron.

—Vos veis si lo compráis —me dijo el marino llamado Rafael Urdaneta.

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Bobures. Venezuela. Foto tomada de Facebok.

Por accidente llegué a Bobures (pueblo del Sur del lago de Maracaibo en el occidente de Venezuela) en febrero de 2001. Un Ford LTD rojo de los años 70, que me transportaba de Maracaibo a Santa Bárbara del Zulia presentó una avería justo al pasar por Caja Seca, uno de los sitios más pujantes del municipio Sucre del estado Zulia, establecido en la vera de la carretera Panamericana y que constituye además una suerte de encrucijada para llegar expedito a cualquier parte de los estados andinos.

Nunca imaginé que visitaría este pintoresco pueblo por  caprichos del azar y al que solo había llegado a través de la gaita cantada por don Bernardo Bracho con el  Barrio Obrero de Cabimas: Bobures, tierra del santo bendito/ Donde todos los negritos/ Son buenos y sinceros/ Porque tienen negro el cuero/ Lo mismo que San Benito.

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Nelson Agustín Casanova era un moreno sesentón, delgado, de buena catadura y con una credencial de 40 años como chofer de la ruta Maracaibo – Santa Bárbara del Zulia. Según nos dijo, era también amante del tango desde que tenía noción de la vida. Para justificarlo, lucía un borsalino gris, como los que usó en sus tiempos de gloria el Zorzal Criollo, Carlos Gardel.

Nelson Casanova había llegado al Zulia en 1950 procedente de Boconó, estado Trujillo, atraído por el boom petrolero que se desataba en pueblos como Mene Grande, Bachaquero y Lagunillas. Era hijo de una pareja de músicos ambulantes que tocaba en iglesias, fiestas públicas y particulares. “Mi madre tocaba el violín y la flauta y, mi padre, los metálicos: trompeta, clarinete y saxofón. Derivando de allí mi pasión por el tango”.

Después de cantarnos a capela “Cambalache”, modulando muy bien una tesitura de barítono, dio una cátedra de tangos desde Gardel hasta Hugo del Carril, asegurando además que los mejores intérpretes de ese género en el mundo estaban en Buenos Aires y en Cabimas. “Ojalá ustedes pudieran escucharlos alguna vez”, dijo, orgulloso después de recibir un resonante aplauso.

En ese placentero ambiente nos hallábamos cuando de pronto se vio en la necesidad de parar el vehículo por recalentamiento del motor.  Nelson nos hizo creer que era un hombre con un sentido de previsión elevado, pues llevaba dos garrafas con agua que permitió sofocar el vapor que salía como un geiser volcánico por la boca del radiador malogrado. Ese gesto concedió un halo de tranquilidad a los cinco pasajeros que veníamos ansiosos por llegar a destino. Pero el tanguero tenía en mente otro plan.

—Se rompió el radiador y debo reemplazarlo. Ese trabajo debe demorar más o menos una hora. ¿Comprenden?

—No hay problema. Esperaremos —acordamos los cinco pasajeros.

Mientras se enfriaba el motor, fuimos también a relajarnos tras soportar seis horas de viaje sentados, no sin antes escuchar de parte de Nelson el trabajo de mecánica que se aprestaba ejecutar, no en Caja Seca —como creíamos— sino en su casa, en Bobures (quince kilómetros al noroeste), donde tenía el reemplazo del radiador perforado.

Quedamos tan perturbados con la explicación del chofer que uno de los pasajeros, presa de la impotencia, pateó el pavimento y profirió un rosario de blasfemias que fue contestada con ardor por una dama evangélica, cuarentona. La única mujer del grupo.

Nelson trató de encauzar la situación con un argumento más conciliable.

—No se preocupen, señores. Estamos a solo doce minutos de Bobures y, ya, acabo de comunicarme por celular con el mecánico que va a montar el trabajo. Incluso ya me está esperando. Les pido disculpas. Estoy seguro de que se reemplazará en menos de una hora. También ordené almuerzos si alguien de ustedes desea comer —dijo Nelson abanicando su rostro  con el elegante sombrero gardeliano.

Deteniéndonos a cada rato para calmar la sed del viejo LTD rojo, logramos arribar al centro de Bobures un poco más de las cuatro de la tarde. El sol centelleaba aún en el paisaje llevando cada vez nuestra paciencia al borde de un estallido, pero Nelson nos hizo pasar al patio de su casa, flanqueada por frondosas matas de mango donde conseguimos atemperarnos un poco, mientras el mecánico y otros vecinos que portaban también herramientas se integraban al urgente trabajo de reemplazo.

A pesar de que la gentil familia del chofer se esmerara en ofrecer almuerzo y las mejores atenciones, no sentí hambre. Me había embutido en Caja Seca con tres arepas rellenadas con camarones y un sustancioso jugo de guanábana que me dejó una modorra invencible. Así que me tercié el morral, que contenía una muda de ropa y decidí estirar las piernas bajo el amparo de un cielo limpio y plomizo. Por instantes, creí hallarme en El Moján o en el istmo de  San Carlos.

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Llegué a la playa y caminé  luego a través de una pasarela que se internaba  más de cien metros sobre el agua para buscar distracción. Desde allí no solo capté el planeo solemne de los buchones, sino el retozo libertino de varios jóvenes que flotaban sobre cauchos y trataban de mantener el equilibrio entre los aparatosos vaivenes de las olas. Los colores primarios de las casas alineadas a la costa era todavía una suerte de luz ante el deslucido semblante que a esa hora presentaba el lago: pronto empezaría a caer la noche.

Al final de la pasarela observé a un hombre montado en un bote que oscilaba amarrado en un extremo del pequeño muelle de concreto. Era robusto de complexión y vestía una braga de tonalidad azul. Tenía calada hasta las orejas una gorra del mismo color, pero con la visera hacia atrás. En ese instante ponía un recipiente de gasolina de considerable capacidad a un lado del motor para llevarlo de reserva.  Antes, había equipado el tanque con una cantidad similar. En otro compartimiento, próximo al puesto de mando, reposaban dos toneles de plástico rebosantes de agua, y asegurados con mecates a los asideros de las bordas. Fue entonces cuando advirtió mi presencia.

—Buenas tardes, amigo ¿Cómo hago para ir a Congo Mirador, me podría orientar? —dije por no dejar y a manera de saludo.

Congo Mirador, Venezuela. Tomado de Wikipedia.

—Eso queda lejísimo. Si queréis te llevo, ¿quién dijo miedo? Por lo que veo tenéis mucha suerte; soy el único que sale en este momento para allá. Claro, en caso de que decidáis viajar.

—Usted me dirá lo que debo hacer, ¿cuánto va cobrar por llevarme…?

—No te preocupéis. Eso lo arreglamos ahorita. Primero vamos a comprar unas  cosas y nos vamos. ¿Habéis viajado en lancha?

—¡Claro! Soy de Mara y mi padre era de Isla de Toas.

—Bien. Me llamo Rafael Urdaneta —dijo, quitándose la gorra que develó su cabeza calva y sudada. En seguida me extendió una mano para ayudarlo a subir.

El marino aparentaba un poco más de 60 años. Mostraba una barba incipiente de tres días y su tez arrugada y rojiza estaba impregnada de pecas marrones, causadas tal vez por largas exposiciones al sol.

Compramos las provisiones y a las cinco y veinte de la tarde despegamos del muelle de Bobures como impulsados por la fuerza de un hidroavión. Rafael Urdaneta imprimió la máxima velocidad al bote Alejandra  rumbo a Congo Mirador. A partir de allí solo vi un paisaje monótono. Era igual si nos desplazábamos por el cielo o por el lago, porque el espacio visible era gris. En minutos el muelle de Bobures desapareció  del horizonte. De la misma forma había desaparecido también de mi mente la avería del carro que me trajo a esta inesperada aventura por las aguas del Sur del Lago de Maracaibo.

Más al norte, se encuentra Gibraltar: uno de los puertos más importantes de Suramérica en tiempos de la Colonia. Fue saqueado en varias ocasiones por el pirata Henry Morgan, el Terrible. Al este, se halla El Batey, pueblo muy conocido por la producción de azúcar y por ser cuna de Teodoro Petkoff, uno de los venezolanos más ilustres del siglo XX.

A medida que nos acercábamos al suroeste del lago, las aguas se volvían turbias: en ese punto confluyen los deltas de muchos ríos y pareciera la entrada a otra extensión del lago de Maracaibo.

A las 6:45 de la tarde vi asomar entre manglares el rosario de palafitos que conforma la comunidad de Congo Mirador donde viven más de doscientas familias. Los palafitos están concentrados en una laguna cenagosa, y distribuidos en forma simétrica a lo largo de varios canales. En uno de ellos sobresale una hermosa iglesia donde se venera  la  imagen de la Virgen del Carmen. Tiene una torre de 15 metros de altura y sus paredes son de madera. A un lado, hay una placita con faroles en sus ángulos en la que retozaba un puñado de muchachos con uniformes de escolares. También destacaba una edificación de color azul, la más grande del poblado. “Es el colegio”, señaló Urdaneta.

El aspecto de un cielo arrebolado en el ocaso, el verdor de los manglares y la vistosidad de las casitas construidas de tablas y de zinc sobre pilotes de madera y de concreto creaban una composición envidiable para una postal.

Urdaneta desplazó la chalana por diferentes canales para que yo pudiera palpar los detalles de esa incomparable arquitectura que hace más de cinco siglos inspiró el nombre de nuestro país. Todos los canales tenían tendidos eléctricos de donde cada palafito se abastecía de la energía generada por dos plantas que operan con gasolina.

—¿Por qué lo llamaron Congo Mirador?

—Eso no está muy claro.  Mi suegro que se la pasa contando historias de pescadores, como si las sacara de un libro, dice que su bisabuelo llegó en 1915 y fue uno de los primeros habitantes. Se llamaba Ernesto y era de El Saladillo, Maracaibo. Huía después de raptarse una quinceañera de buena familia con la que procreó más tarde cuatro muchachos. Escogió este sitio, porque  aquí nadie lo iba a encontrar, solo Dios. Y así ocurrió. Ernesto era carpintero, construyó un palafito, se dedicó a la pesquería y vivió bendecido por Dios. Como caso extraño, no regresó jamás a Maracaibo. Nadie vino a apresarlo, y él, hombre paciente y de trabajo,  también se olvidó del mundo.

Según mi suegro, Congo era al principio el nombre de esta comunidad palafítica. Luego no se sabe por qué, le agregaron la palabra Mirador, que era como llamaban una parte de tierra firme. Y así quedó. Claro, esa es la versión de mi suegro, que es un hombre memorioso y conversador, pero a la vez muy embustero.

Contuve la risa por la ocurrencia de mi guía, y preferí concentrarme en los detalles  del edénico paisaje lacustre.

—Es muy hermoso.

—Sí. Pero la sedimentación lo está matando a cuenta gotas. La paja de agua y después el manglar lo cubrirán y todo esto se convertirá en una tupida selva pantanosa. Claro, eso será como dentro de 20 años. Cuando eso empiece a pasar te acordaréis de mí. Es inevitable —aseguró Urdaneta con un dejo de nostalgia.

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En seguida hizo girar la Alejandra hacia la derecha para desembocar en un palafito pintado de azul. Amarró el bote a la plataforma que sustenta la pasarela y subimos de un tirón a la vivienda con el propósito de descansar. A pocos metros se incorporaba un cayuco, tripulado por dos muchachos que portaban mochilas de escolares. Un perro blanco saltó de ella y con el mismo impulso cayó sobre una pasarela que conectaba con otras viviendas.

El anfitrión, antes de entrar en su vivienda, me ofreció una silla de mimbre para reposar en el porche de la vivienda y disfrutar un poco del paisaje circundante. “Te dejo con mi suegro”, dijo, apresurado.

El hombre aludido era setentón, delgado, vestía de braga azul y usaba una gorra de pelotero roja, calada hasta su nariz. Enseguida subió al bote y comenzó a bajar con parsimonia la carga: recipientes de agua, aceite, gasolina, una maleta y las provisiones que compré en el puerto de Bobures.

Quedé dormido quizás por una hora, y fui despertado por un brusco sacudón en mis piernas. Al abrir los ojos, observé que el perro blanco que  había llegado en una canoa junto con dos muchachos escolares me saludaba, agitando su rabo y lamiendo mis zapatos. A esa hora, la comunidad flotante ya estaba iluminada.

—¡Fuera Centella, no moleste al señor! —gritó el viejo aún dentro del bote y colocando sobre la extensión metálica de proa un nuevo mechurrio.

El perro obedeció; movió de nuevo su rabo y regresó trotando por la pasarela con una pericia asombrosa. Más allá se escuchaba un bramar lejano y sostenido que parecía venir desde la iglesia. “Es una planta eléctrica”,  pensé.

Pero un continuo: toc, toc, toc, proveniente del interior de la casa terminó de disolver mi sueño. El viejo también lo escuchó. Luego de ejecutar varias maniobras para salir del bote se detuvo con malicia en el umbral de la puerta:

—¿Qué es esa tirazón ahí dentro? —preguntó, alarmado.

—Ninguna tirazón, papá. Estoy tostando el maíz que se va a llevar el señor que anda con Ramón —contestó una mujer sin asomarse.

El viejo me miró con turbación y regresó  de nuevo al bote.

Al poco rato recibí de Rafael Urdaneta la cena: un plato lleno de patacones con huevos fritos. Esa ración aceleró mi letargo, pero una oportuna taza de café, bien caliente, lo disipó.

Después de transcurrir media hora salió mi guía con nueva indumentaria: había rasurado su barba y llevaba un chaleco gris, de cuatro bolsillos, gorra del mismo tono; parecía un reportero de prensa.

—Bueno, doctor, estamos listos. Me imagino que ya preparaste tu cámara —dijo Urdaneta, portando un morral negro y dando saltos hacia el  bote.

—¿Cuál, cámara? —respondí todavía, soñoliento.

—La cámara fotográfica. Turista que no traiga una al Catatumbo; viene a perder el viaje —insistió.

—No. No traje.

Aunque llevaba conmigo un celular, no sería hasta más de un lustro cuando empezarían a comercializarse de manera global con cámaras fotográficas. Le expliqué que mi intención al principio no era llegar a Congo Mirador, sino a Santa Bárbara a visitar a mi primo José Antonio Larreal. La avería del carro de Nelson había trastocado mis planes.

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Río Catatumbo, Venezuela. Tomado de Wikipedia.

Salimos de Congo Mirador un poco más de las 8:00. La penumbra era total. El mechurrio instalado sobre la proa permitía ver imágenes difusas que Urdaneta distinguía como si llevara consigo un aparato de visión nocturna.  Surcamos caños de diferentes anchuras bordeados por tupidos manglares para desembocar después a un punto ubicado al oeste de la laguna de Ologá, irrigada también por las aguas del río Catatumbo. Creo que ese enrevesado viaje nos tomó cerca de una hora.

En el trayecto alcanzamos una romería de chalanas que parecía una peregrinación iluminada a un lugar muy sagrado. Ese sitio tan concurrido por los pescadores de Congo Mirador se  llama Punta Chamitas y se encuentra en la Ciénaga Juan Manuel, donde se halla las más variadas especies de cangrejos.

Un zumbido de mosquitos nos asaltó de repente. Llegaban por oleadas como los jejenes perturbadores de El Moján. Urdaneta encendió de emergencia dos tabacos para contenerlos. Me dio uno para que lo aspirara. El efecto del pesado humo logró ahuyentarlos de inmediato, pero a mí me dejó un mareo terrible, que obligó a acostarme en la plataforma de la Alejandra hasta que pasara.

Urdaneta aseguró que tenía que fumarme cinco para que los mosquitos no volvieran a molestar, al menos por esa noche. En la densa oscuridad perdí el sentido de orientación a causa de los vahídos. No sé si nos dirigíamos otra vez  al lago o alguna parte del cielo. De pronto nos encontramos con una brisa helada que hizo erizar mi piel. En la lancha no encontré un edredón con qué cubrirme y fue entonces cuando vuelve entrar en escena mi redentor: Urdaneta destapó la botella de ron que formaba parte del kit de sobrevivencia y la agitó en el aire para descargarle un sorbo a los difuntos, luego me sirvió en una totuma el equivalente de cinco tragos. “Este es el mejor cobertor para el frío”, dijo, soltando una carcajada. Después de probar el suyo, vino como un iluminado para darme una buena noticia:

—¡Bienvenido al tour del Relámpago del Catatumbo!

Sentí satisfacción al llegar  al sitio por el que había emprendido ese sorpresivo y fascinante viaje. Transcurrieron pocos minutos para que el relámpago empezara a hacer su función y en seguida el panorama pareció adquirir el aspecto del más reluciente oro. Era la primera vez que presenciaba cómo la noche era desollada cuántas veces fuera posible por la aparición de ese portento luminoso. Siempre creí que esa condición solo podría darse en la metáfora de un poeta, pero era tan grande su manifestación en las alturas que por instantes creí hallarme en el núcleo de su refulgencia. Unos segundos antes, me sumía con Urdaneta en un espacio sin forma, hasta que el fulgor de este fenómeno, único en el planeta, empezaba a devolver al paisaje cada retazo arrebatado por la penumbra, como la aparición de un sol vacilante en lo más alto del cielo.

Tan pronto como el relámpago hacía pausa entre descarga y descarga, salían de otro punto del río infinidades de pequeñas chispas que apuntaban hacia arriba. Le pregunté a mi guía de qué se trataba aquel portento: “Son flashes de cámaras que tratan de capturar una imagen ramificada del relámpago”. Cuando alguien alcanzaba la hazaña era celebrada con gritos y aplausos. Al principio creí que yo era el único turista  interesado  en el relámpago. Al retornar el chispazo y ubicarse justo sobre nuestras cabezas, todo el espacio se iluminaba y fue entonces cuando pude ver a decenas de chalanas repletas de turistas.

Urdaneta sacó de la mochila negra dos bolsas de cotufas. “Esto fue tostado con el maíz que compraste en Bobures”, dijo tocando mi hombro.

De modo que terminé comiendo cotufas como si estuviera en un cine. Pero ese escenario era mejor que un cine. Pareciera que estuviésemos dentro del relámpago, en un mundo donde solo fluye luz y más luz. Mundo en el que puede verse las distintas exhibiciones de este fenómeno, materializadas en impresionantes  columnas de rayos y chispazos que se extendían hasta el infinito para anular toda forma de penumbra.

En esa larga estancia fluvial  escuché de Urdaneta todo lo que necesitaba saber de este misterioso prodigio de la naturaleza como si lo hubiera conseguido a través de un buscador de la web. Escuché además, graznidos de aves, aullidos lejanos y chapoteos de animales desconocidos que rozaban con el casco de Alejandra y creaban interrupciones  en nuestra plática.

Relámpago del Catatumbo. Tomado de Facebook.

Según testimonio de investigadores que han estudiado el fenómeno y muchos de ellos transportados por Rafael Urdaneta, el fogonazo se produce por la unión de los vientos alisios que vienen del noroeste con la corriente de aire que baja de las montañas andinas y las emanaciones de gas metano concentrados en ese inmenso cenagal de 250.000 hectáreas que  irriga  el río Catatumbo.

Cuando se da esa convergencia atmosférica se produce el chispazo sin ruido, que llega a durar hasta diez horas por noche a lo largo de 300 días al año, iluminando el cielo hasta alcanzar entre siete y diez kilómetros de altura. Es tanto el trecho que recorre la descarga de luz en el cielo, que puede observarse en varias regiones de Colombia y parte de las Antillas neerlandesas, en el mar Caribe. Asimismo, los expertos aseguran que el relámpago es responsable de producir el diez por ciento del ozono que protege el planeta y ha causado tanta alarma en los últimos años su deterioro. Sin embargo, Rafael Urdaneta tiene su propia versión sobre el origen del relámpago:

—Aquí ha venido gente de muchas partes del mundo a estudiarlo. Van y vienen  y siempre dicen lo mismo, a pesar de traer telescopios, antenas y cuanto aparatos se les ocurre. Hace un mes transporté un pasajero guajiro que iba a El Chivo, un pueblo —que está por allá— por el rio Chama; famoso por la producción de plátano.  Pero ante la caída de la noche le dije que no podía llevarlo a su destino, y decidí  dejarlo en la finca de un wayuu centenario. Aquel hombre tenía como 70 años, llevaba pulseras de oro y vestía con un rico atuendo de dos piezas tejido en algodón. Era de porte mediano y fuerte contextura. Esos atavíos le daban la estampa de un hombre pudiente de otro mundo, o quizás de otro tiempo…  No sé. Aquel viejo me dijo, sin llevar un telescopio encima, que el relámpago del Catatumbo era el alma de la Tierra, no del sur del Lago, sino de todo el planeta. A partir de allí,  terminé creyendo en la idea de aquel viejo, que tenía algo de místico.

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Ser tocayo de un prócer de la patria no siempre es un privilegio; algunas veces trae complicaciones como la experiencia vivida por mi guía en 1960, cuando prestó servicio militar en el Batallón Piar de Barquisimeto. “Estábamos en formación para darle la bienvenida a un nuevo sargento. Era un moreno macizo como de dos metros de estatura. A medida que pasaba revista daba su nombre y también teníamos que dar el nuestro. Justo cuando llegó mi turno, el militar se inclinó ante mí para darme su mano: “Mucho gusto, Simón Bolívar. En seguida contesté: Rafael Urdaneta, para servirle”. Ese hombre cambió de color, y pareció crecer más por la furia causada por mi respuesta. Él creía que yo le había mamado gallo, como debes saber,  Rafael Urdaneta era el mejor amigo y más fiel general del Libertador.  Con sus ojos convertidos en  faros de candela y sus dientes relampagueantes de rabia, me sacó a empujones de la formación para castigarme. “A los graciosos siempre les tengo un buen ejercicio”, me decía en el trayecto, pero en un descuido pude sacar de un bolsillo de mi pantalón, la cédula de identidad  y se la mostré, tembloroso.

—Maracucho tenías que ser, te salvaste de hacer 200 flexiones de pecho y 300 saltos de rana por el patio —me dijo, fingiendo una sonrisa de amistad.

Después de cumplir con el servicio militar, Urdaneta estudió en la Escuela Técnica Industrial de Cabimas de donde  egresó como perito electricista en 1956. “Con mucho orgullo fui de La Primera Promoción. Trabajé nada más veinte años en esa especialidad. Me cansé de recibir corrientazos y desde entonces soy marino en el lago”, recordó, mostrando con una mueca de nostalgia los dedos nudosos de ambas manos.

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Relámpago del Catatumbo. Wikimedia Commons.

En el pasado, el relámpago del Catatumbo servía como faro para orientar embarcaciones de velas: goletas, bergantines, galeones,  que venían por el Caribe con destino a Maracaibo. Mi tío, el padre Alejandro, quien fue párroco de Encontrados (sur del Lago entre 1963 y 1968) me dijo en una oportunidad, que el poeta madrileño del siglo XVII Lope de Vega, dedicó en “La Dragontea” (epopeya que narra las últimas correrías del pirata inglés Francis Drake por el Caribe) un pasaje en el que el bárbaro pretendía saquear Maracaibo, pero fue descubierto de manera oportuna por la luz del relámpago que puso sobre aviso a la guarnición española acantonada allí,  y tras un laborioso operativo logró ahuyentarlo a Panamá.

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A las cinco de la madrugada fui despertado por Rafael Urdaneta: “Estamos en casa de nuevo”, dijo.

Me levanté de la plataforma de la Alejandra, desorientado. Dormí apenas una hora, lo que duró el viaje de retorno. Urdaneta me pasó un jarrón con agua para despabilarme, mientras tanto, en las alturas, el relámpago parecía aniquilar lo que quedaba del señorío de la noche. Luego trajo una taza rebosante de café.

A continuación me despedí del marino Rafael Urdaneta quien debía ir a Barranquitas —al norte del lago— para reanudar sus obligaciones en una contratista petrolera.

—Ya sabéis. La próxima  vez  te venís por Puerto Concha, porque de Bobures no hay transporte para acá. Ayer solo tuviste suerte  —me dijo tras un apretón de manos.

Mi nuevo transporte, la rápida Zulianita, esperaba al otro lado de una pasarela construida con palos de mangle, cuando recordé de pronto la suerte de los tres velones amarillos.

—Aclárame ese misterio —exigí al volverme hacia Urdaneta. Ya conocí el propósito del ron, los tabacos y el maíz.

Urdaneta soltó una carcajada:

—Pensaste que te iba a llevar a una sesión de brujos, ¿no?

—No. De ninguna manera —dije, tratando de negar lo que imaginé cuando me dio la lista de los insumos  que traeríamos a  Congo Mirador. “Creo que si tiene algo de brujo cuando pudo leer mi pensamiento”, añadí en silencio.

—Bueno, la planta eléctrica trabaja hasta medianoche y, después de allí, necesitamos alumbrarnos dentro, porque aquí fuera no nos hace falta, porque tenemos la luz del relámpago. ¿Me entendéis? —dijo Urdaneta, volviendo a sonreír y despidiéndose con un gesto militar.

Urdaneta hizo bramar un par de veces el motor de la Alejandra, y a continuación despegó hacia el norte dejando una estela blanca en las aguas teñidas aún de anochecer.

El alba  presagiaba para ese día  la llegada de un sol glorioso.

Relámpago del Catatumbo. Tomado de Tumblr.

En la rápida Zulianita había nueve pasajeros soñolientos: cuatro mujeres de distintas edades, tres niños y dos hombres mayores con gorras de peloteros. En la travesía a Puerto Concha  —tratando de  superar  un poco los efectos de la resaca y el trasnocho—  cambié de puesto con uno de ellos para que la brisa generada por el desplazamiento refrescara mi rostro. De esa manera intercambié saludos con el capitán, que era un hombre cincuentón, alto, y llevaba una chaqueta marrón roída, sin abotonar. Encendió la radio, desde el tablero de mando, para escuchar las noticias del día, pero ninguna de las estaciones sintonizadas daba buena señal: “Para colmo, esta vaina no sirve”, dijo y la apagó. En seguida volteó, y buscó conversa conmigo: “¿Qué pasó, vos no eras pasajero de la otra lancha? “Sí. Pero ahora voy a Puerto Concha”, le respondí, y así comencé a hablarle de mi anfitrión: “Rafael Urdaneta es un formidable guía, algo misterioso pero muy hospitalario”. El capitán refiló su grueso bigote de pirata con una mano, luego arrugó el entrecejo y la boca, como si mis palabras hubiesen despertado en él viejos resentimientos.

—Él no es de este pueblo; viene por temporadas. Algunos piensan que es de Los Puertos de Altagracia, porque lo han visto por allá contrabandear con whisky. Tampoco se llama Rafael Urdaneta.  En Los Puertos lo conocen como Efluvio Luzardo, y a lo mejor, ni ese será su nombre  —concluyó el marino, reanudando su mirada al monótono horizonte de aguas turbias.

No sé qué tan cierta era la valoración del capitán sobre mi guía. A esa altura del tiempo ya no me importaba cuál era su verdadero nombre y origen. Si en el futuro la casualidad volviera a presentarse en forma de Rafael Urdaneta, le volvería a estrechar la mano y me montaría feliz en su vertiginosa nave de aluminio.

Mientras el sol comenzaba a descorrer el velo de la bruma y hacía asomar en la distancia la silueta costera de mi nuevo destino, atrás, dejaba con nostalgia el único lugar del mundo  donde un relámpago se trasnocha.

©Marcelo Morán. All Rights Reserved

 

 

About the Author

Marcelo Antonio Morán Polanco Nació en Guarero, municipio Guajira del estado Zulia el 2 de abril de 1957, hijo de Guillermina Polanco Apüshana y Pedro Eduardo Morán. En 1958 sus padres se establecen en Las Parcelas de Mara, una comunidad rural del municipio Mara, al norte de la capital Maracaibo, donde desarrolla su niñez y adolescencia. Estudió Primaria en el colegio Dra. Blanca Rosa Urquiaga desde 1964 hasta 1970. En 1971 se inscribe en el Liceo Hugo Montiel Moreno de donde egresó como Bachiller en Ciencias en 1976 en la promoción: “Por amor a nuestros padres”, la primera del plantel. En (1972-1973) estudió dibujo en la Galería Julio Árraga de Maracaibo bajo la dirección del profesor Manuel Vargas, creador de la obra pictórica “El Mural Más Grande”, erigido en 1993 en Ciudad Ojeda, municipio Lagunillas del estado Zulia. Laboró como montador de arte y caricaturista en el Diario Crítica de Maracaibo desde 1979 hasta 1990. Tiene cuatro hijos y está casado desde 1980 con la señora Zulay Marcano. En 1990 fijó residencia en Ciudad Ojeda (Costa Oriental del Lago de Maracaibo) y trabajó en el diario El Regional del Zulia, donde se ofició de diagramador y dibujante hasta 1994. En enero de 1994 expone en la sala Hugo Finol del Club Carabobo de Lagunillas, su primera muestra de caricaturas, titulada: “Personajes de la COL”. Ese mismo año ingresa a Maraven, filial de PDVSA (Petróleos de Venezuela) como Operador de Protección Industrial y en diciembre de 1998 expone en el Club Zumaque de Lagunillas la muestra: “Personajes a color”. Es autor de la galería de presidentes del concejo municipal y alcaldes de Baralt inaugurada en 2001 y conformada por 23 retratos elaborados a lápiz. Fue colaborador del Diario de Córdoba, de España. También colaborador del diario El Regional del Zulia, de Ciudad Ojeda, del portal de noticias web: venezuelausa,org. Con sede en la ciudad de Orlando, La Florida, Estados Unidos. En 2010 funda el grupo gaitero Acero Musical en la que fungía como compositor, destacando en su obra temas como: Alitasía, Pesebre wayuu, Isla Maraca, Encuentro con San Nicolás, entre otros. Publica en 2011 su primera obra literaria: Viaje a Santa Cruz de Wuinpumuin, novela de corte fantástica que refleja parte de la rica cosmovisión wayuu. Recibió en 2014 de la Comunidad Intercultural Alitasía el reconocimiento: Hijo Adoptivo de Alitasía, por resaltar en sus crónicas, dibujos y composiciones gaiteras los valores de La Guajira. En la actualidad tiene tres libros por publicar: Santa Cruz de Wuinpumuin (novela, II edición), El pergamino de un jaguar (novela) y Caminos de verano (crónicas).

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