Literatura. Crónica.
Por Marcelo Morán.
Una mañana de octubre de 2017, tropecé con Adalberto Farías Estrada en una esquina de la plaza Bolívar de Ciudad Ojeda. Pese a sobrepasar los 75 años, lucía muy bien y exhibía los pasos arrogantes de un adolescente. Quizás sea por su menuda figura, que recuerda en el acto la silueta de un jinete jubilado.
—A esta hora, estimado amigo, no acostumbro salir de mi oficina, pero necesitaba respirar el aire balsámico que exhalan estas plantas de Dios para relajarme. Vamos a tomarnos un cafecito, allá en la esquina —dijo, abanicando su rostro con una carpeta marrón.
Tabeto es un extraordinario conversador. Habla muy despacio con una cadencia muy particular, heredada quizás de sus primeros maestros, que enseñaban en un estilo romántico, como si estuviesen recitando de memoria un pasaje del Quijote. Adalberto es un hombre carismático y respetuoso. De su boca nadie ha escuchado alguna vez una palabra obscena o altisonante.
En el trayecto hacia el café nos cruzamos con transeúntes que le expresaban gestos de cariño y esperaban de él un chiste o una frase sobrevenida como estímulo para estos tiempos de infortunios. Él los complacía: “Esto pasará pronto, ya lo verán”.
El pseudónimo Tabeto es una variante del nombre Adalberto, acuñado por sus familiares y amigos en la remota década de los años cuarenta, y así quedó.
Tabeto nació en la calle Ayarí, de Tasajeras, el 17 de mayo de 1941, una localidad del municipio Lagunillas, estado Zulia, en el occidente de Venezuela, a orillas del lago de Maracaibo.
Tasajeras es hoy un pueblo borrado del mapa y de la faz de la tierra. Pero él lo hace revivir cuando se le antoja por medio de una típica forma de invocación: “Mi pueblo palafitoide”.
El origen del nombre Tasajeras —según Tabeto— deriva de tasajos o de la manera en que se rebanaban los pescados. Una vez cubiertos con sal, se colgaban en enramadas donde eran solicitados por clientes para la preparación de mojito. “A esas cadenas de enramadas donde los pescadores exponían la carne al sol y llamaban tasajeras, se fueron generalizando en la conciencia de la gente hasta adoptar el nombre para el pueblo. Así quedó para la posteridad”.
En su niñez, Tabeto solía ir temprano al puerto de Tasajeras: un planchón de madera que se internaba varios metros sobre la superficie del lago en el que atracaban piraguas con las cuales los moradores intercambiaban productos de distintos géneros. En esas prolongadas esperas, Tabeto tarareaba canciones y observaba embelesado los planeos solemnes de los buchones hasta que al fin del brumoso horizonte lacustre aparecía una, cual si fuese una altiva gaviota que venía empollando quimeras sobre fugaces anillos de espumas. Tabeto brincaba de contento al identificar esa señal reservada solo para aquellos que habían nacido y crecido como él en una costa del lago de Maracaibo. De repente, en el plano real de la conversación que sostenemos, salta el tiempo y la arrebata de su evocación sirviéndose de un fragmento de la gaita El mercado de los buchones, de Astolfo Romero: “Las piraguas ya llegaron/Del distrito Colón…”. Pero no logra terminar la estrofa; una ronquera inoportuna lo asalta.
—Así, como dice ese verso, vi llegar las piraguas reventadas de víveres a mi pueblo palafitoide. Qué tiempos aquellos —suspira, después de acodarse sobre la mesa y acariciar su barbilla.
En esa escena de la infancia, acudía acompañado de sus hermanos mayores, Diógenes y Labinio, a fin de intercambiar botellas con los piragüeros. Estos, a cambio, entregaban sacos de plátano, guineos, pescados u otro tipo de especies provenientes de Santa Bárbara del Zulia.
Los marinos tenían preferencias por los envases de Marazul: una marca de loción que venía en un frasco grueso y rectangular, usado por familias pobres y barberos ambulantes para refrescar los cuellos de sus clientes después de una pelada. Otros optaban por los envases de aceite de ricino, que Tabeto recuerda con terror, pues en su niñez rehuía al repugnante sabor cuando su mamá le daba pequeñas infusiones para combatir parásitos.
Conocí a Tabeto en 1990, cuando participábamos en el despegue de El Regional del Zulia (el diario de la Costa Oriental del Lago). Él fungía como ejecutivo de ventas y coordinaba a la vez una sección de hipismo que se mantuvo en la preferencia del público durante un largo tiempo. Alternaba esas tareas con anécdotas y retazos de boleros de Felipe Pirela, al que imitaba muy bien y hacía arrancar inusitados aplausos de sus compañeros.
Tabeto no siguió estudios universitarios, pero tenía una vocación muy grande por las letras, a la que llegaba a través de la lectura escrupulosa y el roce con personajes de diferentes campos de la cultura. Un día, que él ya no recuerda, cayó en sus manos el libro Los hermanos Karamazov, de Fedor Dostoiewski, que leyó de un tirón. “Me impresionó tanto la trama, que la leí dos veces”, dijo. Pero las disciplinas con las que más lidió desde su juventud fueron el boxeo y el béisbol, claro, después del hipismo, donde se hizo una autoridad.
Tabeto puede desgranar la historia de un purasangre, con la misma disposición que un cronista describe la vida de un personaje. Por ese motivo fue invitado a Caracas en 1988 al programa Monitor hípico que conducía Aly Khan y se transmitía los domingos en Venezolana de Televisión.
En ese catálogo de preferencias no podía faltar la música. Desde su adolescencia vio desfilar muchos cantantes y orquestas en el bar El alma del barrio, del comerciante trinitario Paco Mauricio, a quien hizo compadre. “Él era el padrino de mi hija Joselín. Buena persona”, recuerda con nostalgia después de sorber su café.
En 1965, cuando ya era un joven de 24 años, no imaginó conocer a uno de los cantantes más populares del continente: Julio Jaramillo, quien para esa época residía en Maracaibo. Aquel día —aseguró Tabeto— que cuando el “Romántico de América” terminó su presentación, dio instrucciones para que los músicos retornaran a Maracaibo, pues él iba a continuar la parranda con un excelente guitarrista de Tasajeras llamado Arcilio Vicent. Pero al cabo de dos horas, el intérprete de Nuestro Juramento sucumbía de borrachera y dormía de bruces sobre una mesa, ante la mirada absorta de Tabeto.
Esta anécdota la escuché por primera vez en 1995 de parte del mismo Arcilio Vicent, en una reunión organizada en Ciudad Ojeda por una hermana de nuestro amigo el doctor Guillermo Piñeiro Ríos, a donde fui invitado.
Tabeto debutó en 1960 en el boxeo aficionado (peso mosca) con el nombre de Kid Rayo y participó en más de veinte peleas. En seguida contó con el respaldo de su pueblo, que para entonces estaba ávido de héroes. Pero en la rutina se dio cuenta de que a través de ese deporte rudo e ingrato no hallaría el camino para consolidar sus anhelos, y lo abandonó.
Al siguiente año se fue a Caracas a fin de hacer realidad su sueño de ser un animador de radio y televisión, pero se encontró con una barrera infranqueable: para optar a un certificado de locución, los aspirantes tenían, como mínimo, ser bachilleres. Ese obstáculo lo llevó a buscar otra opción salvadora. “Pensé en un amigo de infancia llamado Exiquio Villalobos, Nato. Él se había ido de Tasajeras dos años antes y consiguió trabajo como barman en uno de los restaurantes más famosos del este de Caracas”, dice Adalberto. “Al principio viví en pensiones, pero cuando se me acabaron los cobritos tuve que dormir en plazas y amanecía envuelto en papel periódico, como una momia”.
La policía lo despertaba a las cinco de la mañana para evitar reclamos cuando empezaran a circular el aluvión de transeúntes. En una de esas frías madrugadas, coincidió por casualidad con dos viejos camaradas de Tasajeras que se convertirían más adelante en sus cómplices e incondicionales aliados. Aquellos dos policías resultaron ser otros compañeros del barrio: Felipe Gómez, Lipe, y Luis Mendoza Ballesteros, Pata e loro. Los dos habían ingresado en la Policía Metropolitana después de cumplir con el servicio militar en Fuerte Tiuna a mediados de 1960. Ambos eran policías de punto y hacían rondas en las inmediaciones de esa importante zona comercial. No podía esperarse más de estos funcionarios con los cuales Tabeto había jugado metras en la infancia.
Una tarde en que Felipe Gómez cumplía su acostumbrada ronda, fue llamado de urgencia por el administrador de un establecimiento para someter a un sujeto que se resistía a pagar una cuenta: era Tabeto. El policía, fingiendo la rigidez de guardia pretoriano, se llevó detenido al vivaracho comensal para soltarlo en medio de una risotada en la próxima esquina. “Cuando no aparecía Lipe era Pata e loro quien me llevaba preso”, recuerda Tabeto esbozando una sonrisa de picardía.
Esa complicidad fraternal se repitió con éxito en varios negocios hasta que Tabeto decidió entrar en las filas del Ejército a comienzos de 1962. “Ese contingente duró dieciocho meses y salí de baja a finales de 1963, en los días en que mataron a Kennedy. A partir de allí no volví a dormir en plazas. Ya había contactado a mi amigo Exiquio, quien me dio alojamiento en su residencia ubicada en Boleíta hasta 1965”.
Exiquio Villalobos lo recomendó al administrador del restaurante y al cabo de dos días, Tabeto se estrenaba como barman auxiliar. En ese reconocido establecimiento acudían figuras de la talla del maestro Billo Frómeta y otros notables. Un día, el local recibió la grata visita de Celia Cruz y Tabeto tuvo la ocasión de estrecharle la mano. Pero el personaje que lo marcó y aún mantiene vivo en su recuerdo es el ilustre Arturo Uslar Pietri. El novelista frecuentaba el sitio acompañado de su esposa, y Tabeto tenía oportunidad de conversar con él. “El doctor Uslar me recomendó que continuara estudiando y no dejara el hábito de la lectura por nada”.
El escritor, que más tarde sería merecedor del Premio Príncipe Asturias de las Letras, lo consideraba muy acucioso y simpático por esa chispa tan espontánea que identifica a los zulianos. No obstante, de las dos recomendaciones del afamado escritor, Tabeto solo llegó a cumplir a cabalidad la segunda. Aunque a mediados de los setenta ya había obtenido su título de bachiller en la ciudad de Cabimas, continuó su cabalgata por los senderos de la vida sin detenerse.
Y así, a lo largo de varios meses en el honroso oficio de servir tragos y mesas a ilustres visitantes, había llegado diciembre con las primeras gaitas de la temporada 1965. Esta música tan pegajosa que acompaña al último trimestre del año empezó a taladrar en la mente de Tabeto como el redoble de un martillo de aire en una construcción. No aguantó más: preparó su maleta y se vino a toda marcha a Tasajeras para estar presente en las fiestas patronales de San Benito.
Las fiestas patronales de San Benito con sus chimbangleros y los desfiles de carnaval por las salitrosas calles de Tasajeras desaparecieron en 2004, cuando esta comunidad fue reubicada por el gobierno nacional a Ciudad Urdaneta, 18 kilómetros al este de Ciudad Ojeda, como medida de previsión ante el continuo hundimiento del suelo a causa de la explotación petrolera. Pero los ruidos, colores y los rostros alegres de su gente siguen viviendo con definición plástica en la memoria de este inquieto y sencillo personaje del municipio Lagunillas.
Ahora, parte de esa añoranza la vierte los sábados en horario de 8 a 10 de la mañana a través de un espacio radial llamado Marullos de mi lago, que comparte con su hija Joselín. Marullos de mi lago también era el título de una columna semanal publicada en El Regional del Zulia durante los noventa. En esa audiencia de dos horas, Tabeto cuenta anécdotas de sus amigos, tararea canciones y comenta sobre temas musicales o deportivos.
Tabeto es el último romántico de Tasajeras. El soñador que despierta cada día tratando de retener en sus manos rugosas la estela de un sueño generoso, como el caballero andante que se empeña en plantar su lanza bienhechora sobre el cuerpo de un espejismo para someterlo a una rendición.
“Quiero ver otra vez una patria que rebose de prosperidad, donde se le dé cabida a todo el mundo como ocurrió en el pasado. Ver el lago de Maracaibo transparente, limpio, sano, donde los buchones y las garzas compitan con los recuerdos de mi infancia. Una patria en la que nunca vuelva a verse un niño durmiendo en el suelo o pidiendo limosna en la calle. Ese es mi sueño y ojalá Dios me conceda tiempo para verlo”, dice con firmeza.
Tabeto es articulista desde 2010 en el diario capitalino Tal Cual, que fundara Teodoro Petkoff en el año 2000. En su columna semanal hace revivir aquellas hermosas experiencias de su pueblo y la constante denuncia que él vierte con una mezcla de humor e ironía.
Entre otros proyectos, Tabeto comentó la culminación de su libro: Valores humanos de mis amigos que recoge una síntesis de las trayectorias empresariales, políticas y artísticas de sus más cercanos allegados. El libro será prologado por el médico y cronista saladillero doctor Guillermo Piñeiro Ríos, y espera bautizarlo a mediados de noviembre del presente año.
Después de una hora de amena conversación, salimos del café y caminamos por la avenida Bolívar rumbo a la plaza Alonso de Ojeda. En una esquina nos despedimos y “El último caballero andante de Tasajeras” continuó su marcha hacia el bulevar Sucre, con el arrebato de un fogoso atleta, pero de pronto, me asaltó una última pregunta:
—¿Tabeto, dónde queda tu oficina, para visitarte la próxima vez?
Volvió su cara sin detener sus pasos, y respondió risueño con una de sus trastadas:
—En la esquina de aquel edificio mollejúo —señaló con la carpeta que llevaba en su mano izquierda— me paro todas las mañanas… Ahí me conseguís.
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