Literatura cubana: del terruño al universo

Written by on 21 Abril, 2017 in Critica, Literatura - No comments
Literatura. Crítica.
Por Eduardo Lolo…

[Conferencia presentada en la Sesión General de Inauguración del 98º Congreso Anual de la American Association of Teachers of Spanish and Portuguese (AATSP) el viernes 8 de julio de 2016 en el Miami Marriot Biscayne Bay Hotel, en Miami, Florida. Publicada por primera vez en la revista Hispania (Volumen 100, Número 1, Marzo de 2017, Páginas 3-15), como “Hispania Special Feature” de ese número e introducido por Sheri Spain Long (Editora de la revista) en estos términos: “To help us launch Hispania’s anniversary year, I invited esteemed colleague and AATSP member Dr. Eduardo Lolo (see bio below) to publish his engaging address from the General Opening Session of the 98th Annual Conference of the AATSP in Miami, Florida. His plenary reminds us of the special place and space that both Cuban and Cuban-American literature and culture occupy in local, global, and universal letters.” (p.2)]

La Palma Real (Roystonea regia) es el árbol nacional de Cuba, cuya imagen puede verse, incluso, adornando majestuosa el Escudo Nacional. Por su esbeltez y el penacho que la corona –que semeja una cabellera femenina liberada–, José Martí calificó las palmas reales, desde su óptica de exiliado, como “novias que esperan”. Estos árboles gráciles no necesitan cultivo alguno: nacen firmes de manera espon-tánea, a golpe de sol de arrebato y telones de lluvia tropical. A resultas de ello, desde mucho antes de la llegada de los españoles y hasta nuestros días, el palmar constituye la imagen más icónica, generalizada y estable del paisaje cubano, cubriendo todos los campos de la Isla. Sin embargo, no pocas veces las palmas reales se ven bestialmente azotadas por el viento que ruge de boca de los huracanes que frecuentemente visitan el trópico. Salen entonces volando sus cabelleras, cruzando llanos y montañas, dando saltos en las olas de los mares que abrigan la Isla toda: su nobleza verde cabalgando azul, cambiando el idioma de la tierra por el lenguaje de las aguas y, a través de este, al de otras tierras.

Un tanto igual pudiera decirse del desarrollo de la literatura cubana desde su nacimiento en tanto que segmento de un corpus cultural que rebasa el carácter insular de la nacionalidad que le sirve de origen. Consecuentemente, la literatura cubana también se aparta del monolingüismo que constituye el patrón común de la mayoría de las literaturas nacionales establecidas, desarrolladas en la lengua (oficial o no) de la generalidad de sus habitantes. Propicia semejante característica sui generis el devenir/departir histórico de Cuba, con la paradójica condición de ser un país de inmigrantes/emigrantes, en masivos fenómenos cíclicos que han hecho de la Isla de la Palma Real añorado punto de llegada o de trágica huida, en algunas ocasiones de manera simultánea. Como consecuencia de esa incongruente dicotomía, muchas de las obras maestras de la literatura cubana han sido escritas fuera del terruño patrio, no pocas de ellas en una lengua diferente del español.

En sus inicios, el viaje más común fue a la semilla de sus hablantes: España. En efecto, algunos de sus escritores nacidos en la Isla de padres peninsulares o criollos, desarrollaron total o parcialmente sus mejores obras en la tierra de sus antepasados: palmas nacidas entre olivares, abrigadas de vides. Fue tal la calidad de sus trabajos, que algunos de ellos son estudiados como propios tanto en Cuba como en España. Por lógicas rozones de espacio voy a llamar la atención sobre dos de ellos solamente: Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873) y Eduardo Zamacois (1873-1971).

La primera, nacida en Camagüey, hizo el viaje en olas de retorno a la raíz cultural hispana siendo muy joven. Ya las palabras le salían, a borbotones, de la mirada. La misma que, húmeda de nostalgia prematura, diera luz a su más famoso soneto: “Al partir”.

En España su familia se ubicó en el norte de la península. Pero el gris gallego era demasiado lúgubre para las pupilas de la camagüeyana, acostumbradas a la luz de alarido del ardiente sol tropical. Abandona, entonces, el hogar filial y trata de trasplantarse en un suelo más propicio al recuerdo cálido que la perseguía: a Sevilla se fue en busca de soles sin sombras; en Sevilla descansa hoy a la sombra soleada del recuerdo de sus lectores, tanto en Cuba como en España. Pero entre el viaje inicial y el descanso postrero logró desarrollar una vasta obra que cubre diversos géneros literarios; todos en la cima de su tiempo. Vivió tan intensamente como escribía; rompió moldes morales, políticos, sociales y estéticos. En particular su teatro la hizo favorita del público español; su vertical crítica a la esclavitud y su reivindicación del indio, precursora del abolicionismo y el indigenismo; su ofensiva contra el control masculino del status quo de la época, predecesora del feminismo; su nada convencional vida amorosa, poco menos que una estigmatizada moral, aunque a la postre terminara viviendo como una beata ermitaña, escribiendo rezos. Así de compleja, intensa y contradictoria fue su vida, con tantos éxitos en lo profesional como fracasos en lo personal; pues es el caso que la tragedia de su vida superó las tragedias que escribiera.

Son muchas sus obras de alcance universal. Baste mencionar sus piezas de teatro Saúl (1849) y Baltasar (1858), las novelas Sab (1841) y Guatimozín (1845), así como las dos ediciones de su obra poética en 1841 y 1851.

El otro ejemplo de un escritor cubano que conquistó la fama en España que quiero destacar es el del pinareño Eduardo Zamacois. A su salida de Cuba a los 4 años de edad, su familia vivió brevemente en Bruselas y París antes de asentarse definitivamente en España. Agitado y rebelde como la Avellaneda y los penachos de las palmas, abandonó los estudios universitarios para dedicarse al periodismo, faceta en la cual editó importantes publicaciones periódicas; también fue, fugazmente, corresponsal y cronista de guerra. Al mismo tiempo, Zamacois desarrolló una fundamental obra ficcional, básicamente en la narración breve y el teatro. Fue un bohemio extremadamente libertino o “sicalíptico”, como se le llamaba entonces a quienes vivían tan afuera de las normas morales. Quizás por ello sus primeras obras tuvieron un marcado tinte erótico, que escandalizó a la sociedad española de la época. Empero, su prosa narrativa no era nada comercial o descuidada como muchos relatos de características semejantes, sino que se destaca por presentar una especie de fresco realista de la vida ordinaria que refleja. En entregas posteriores el elemento social o histórico sería determinante, con el tratamiento de temas considerados muy espinosos en la literatura peninsular de las primeras décadas del siglo XX, tales como la vida de los presos, el homosexualismo y la existencia marginal de los barrios bajos madrileños.

Lo harían célebre obras tales como Amar a oscuras (1894), El punto negro (1897), Horas crueles (1905), El otro (1909) ‒luego adaptada al teatro por el mismo Zamacois‒, la trilogía novelística que comenzaría con Las raíces (1927), la selección de cuentos La risa, la carne y la muerte: cuentos irónicos, cuentos pasionales, cuentos de asesinos, ladrones y fantasmas (1930), la farsa grotesca Don Juan hace economías (1936), la novela de intención histórica El asedio de Madrid (1938), y un largo etcétera. Fue, asimismo, un exitoso conferencista, precursor del uso de medios audiovisuales en sus presentaciones. No menos notoria fue su labor en la radio, tanto como escritor de libretos dramáticos (las populares “radio novelas” de origen cubano) como de comentarista.

Más allá de su cultivo de las novelas radiales, siempre mantuvo un estrecho nexo con la Isla donde viniera a la vida. Su visita de joven a la finca “La Ceiba” donde había nacido (ubicada en la provincia de Pinar del Río y propiedad suya por mucho tiempo), le hizo entrar en contacto directo con el “guajiro” cubano, cuya sombra adolorida emergería luego tras la figura del labrador español retratado en Las raíces.

Mi selección de Zamacois tiene un objetivo adicional: llamar la atención sobre un autor en la actualidad prácticamente olvidado, tanto por el público como por la crítica, lo mismo en Cuba que en España. Y ello a pesar de haber sido uno de los escritores más leídos de su tiempo y haber llamado la atención de los estudiosos de la literatura desde sus primeras obras.

Conjeturo que semejante olvido pudiera estar relacionado con su nada ortodoxa postura política, mantenida en una época de marcado fanatismo ideológico, en la cual los colores grises resultaban un anatema. Al comienzo de la Guerra Civil Española, Zamacois no dudó en expresar sus simpatías con el bando republicano y demostrarlo en sus escritos. Pese a ello, al final de la contienda las autoridades republicanas ordenaron su apresamiento por razones nunca aclaradas por Zamacois.

Cómo se libró de la ira de los dos bandos españoles en pugna, sería tema para una novela, que él nunca escribió. Paso a hacer un resumen: Cuando se ordenó su apresamiento se encontraba en Barcelona. Unos amigos de las fuerzas republicanas, enterados de la orden de detención en su contra y temiendo por su vida, se adelantaron a quienes debían cumplir la disposición y fingieron su apresamiento, aunque en realidad lo que hicieron fue ocultarlo de sus propios camaradas. Viviendo en la clandestinidad, y a punto de los rebeldes tomar la ciudad, se refugia en una sede diplomática mexicana, temiendo que por sus públicas simpatías republicanas los nacionalistas lo apresaran. En medio del caos reinante, se hace pasar por otra persona y alcanza la frontera con Francia. Allí, los guardias españoles despojaban de todo su dinero a quienes huían, razón por la cual eran internados en campos de concentración franceses una vez cruzada la frontera. Un guardia que lo reconoce decide ayudarlo y lo deja pasar sin confiscarle su dinero, por lo que esquiva la detención fronteriza y logra llegar a París. Pero ahí no terminan sus cuitas: una vez en la capital gala, las autoridades le dan 48 horas para que abandone Francia. Con el pasaporte español que portaba tenía solamente dos opciones: regresar a España o viajar a la Unión Soviética. La representante diplomática de Cuba en París le permitió esquivar uno y otro destino al expedirle de urgencia un pasaporte cubano, con el que pudo regresar a su país de origen, salvado a última hora como a horcajadas de una palma.

Luego de exitosas estancias en Cuba, México y los Estados Unidos, Zamacois se asienta permanente en la Argentina. En los años cincuenta, cuando Franco permitió el retorno de los exiliados republicanos, no se acogió a la amnistía implícita. Ni siquiera quiso viajar a la Península cuando se le ofreció rendirle un homenaje. Visitó Madrid brevemente (a manera de despedida o vuelta de noria sentimental) poco antes de su muerte, pero sin aceptar su repatriación permanente: ya la Argentina convertida en su destino final. Allí su pluma casi que permanece muda hasta su último libro, esta vez de memorias: Un hombre que se va… (1964). De larga existencia (vivió casi un siglo) en el exilio no parece haber mantenido una militancia política activa; sus novelas, otrora famosas, hasta el presente no han sido reeditadas seriamente.

Repito que solamente se puede conjeturar acerca de las razones del injustificado olvido en que han caído Eduardo Zamacois y su extensa obra, incluso desde mucho antes de este morir. La hipótesis que adelanto podría identificar semejante escamoteo histórico e indiferencia crítica en su militancia republicana no comunista y, paralelamente, su rechazo a un retorno a España tras el “perdón” franquista aceptado por muchos otros intelectuales del exilio. De ser cierta dicha suposición, bien que podría ilustrarse su vida y obra como la del más famoso de los crucificados de la historia: muerto en soledad entre dos bandoleros, uno a la izquierda y otro a la derecha.

Francia también sería punto de llegada de varios escritores cubanos decimonónicos, quienes crearían sus obras en el idioma del país que los acogiera. Igualmente en este caso voy a reducir mis comentarios a solo dos: María de las Mercedes Santa Cruz y Cárdenas de Jaruco, más conocida como la Condesa de Merlín o La Belle Créole (1788-1852) y José María de Heredia (1842-1905).

La Bella Criolla vivió su infancia en Cuba, fundamentalmente al cuidado de su abuela paterna y luego de las monjas del Convento de Santa Clara de La Habana, una de las cuales influyó tanto en su formación que terminaría escribiendo su biografía (Histoire de la Soeur Inès, de 1832). A los 12 años la llevan a España, donde su madre era Dama de Honor de la Reina y tuvo su primer contacto con la alta sociedad aristocrática y cultural europea de la época. En las tertulias de la reina conoció a personajes tales como Leandro Fernández de Moratín y Francisco Goya, entre otros ilustres artistas e intelectuales españoles del momento.

Por razones políticas la familia se traslada a Francia, que es donde la joven criolla desarrollaría su obra literaria. En la ciudad luz continúa su vida aristocrática que nunca le abandonaría, rodeada de eminentes personajes de la cultura europea que la admiraban por su belleza, su voz (cantaba muy bien, según testimonios de quienes la oyeron), su atrayente personalidad y el exotismo de sus raíces. Precisamente, en una tertulia de la alta sociedad conoce a Antoine Cristobal de Merlín, un general napoleónico nombrado “conde” por méritos militares, quien la desposa en 1811. A su condición de hija de un conde español añadiría entonces la de esposa de un conde francés, quien le aportaría el nombre con el cual sería conocida como escritora.

La Condesa de Merlín se reconoce como una de las figuras cimeras de la llamada “literatura de viajes” y las memorias, modalidades muy en boga en el siglo XIX. Su primer libro se ubica en el segundo de los subgéneros narrativos mencionados: Mes douze premières années (1831), escrito con un estilo romántico a lo Chateaubriand. Luego le llegaría la fama con los cuatro volúmenes de Souvenirs et mémoires de madame la comtesse de Merlin, publiées par elle mêmem (1836) y otros libros afines. En 1841 publica una obra que sería sumamente controvertida: Les esclaves dans les colonies espagnoles, accompagné d’autres textes sur l’exclavage à Cuba, cuya traducción al español vendría precedida por una nada sorpresiva introducción de Gertrudis Gómez de Avellaneda. El texto, dada su militancia abolicionista, fue criticado tanto en Francia como en España. Pero su obra más famosa sería la de un viaje que pudiera catalogarse a sí misma: La Havane (1844), traducida al español con el título de Viaje a La Habana. Consta de una treintena de cartas (mucho menos en la traducción española) donde, además de presentar su visión de la capital cubana, continúa su mensaje antiesclavista.

La habanera y la camagüeyana pueden considerarse pilares fundamentales de la literatura femenina decimonónica, donde a la calidad literaria y a la belleza femenil unieron el carácter siempre contemporáneamente polémico de las causas justas. Las dos fueron igualmente criticadas por sus vidas amorosas poco convencionales: Gertrudis en su juventud; Mercedes en su madurez, ya viuda. También es de destacar la vigencia de la cubanía en ambas; sin estridencias, pero con amor; su presencia como antídoto de la nostalgia, pues las dos criollas trasplantadas de suelo nunca dejaron de tener sus raíces en el terruño de donde partieron a la universalidad. La diferencia del vehículo lingüístico no fue un obstáculo para todo lo que tuvieron en común. Tula llevó en su cabellera el penacho de la palma, donde anidaron, agradecidas y sorprendidas a la vez, las golondrinas madrileñas. La Bella Criolla, por otra parte, hizo mecerse con el viento parisino una esbelta palma real mucho antes de que la Torre Eiffel hiciera lo propio. Palma que abonaría en suelo galo, incluso con más fama y reconocimiento, otro cubano enraizado: José María de Heredia.

El bardo santiaguero salió de Cuba a la edad de 8 años y no regresó a la Isla sino casi un decenio después. Su estancia habanera sería muy corta, retornando casi de inmediato a Francia, donde recibiría una esmerada educación clásica.

En esas décadas finales del siglo XIX que le tocó vivir al criollo trasplantado, se hizo evidente que el Romanticismo y el Naturalismo habían perdido en Francia toda vigencia como movimientos literarios. Los admirados maestros comenzaron a ser vistos como figuras obsoletas y las nuevas generaciones de artistas galos (entre ellos Heredia) pronto comenzarían la búsqueda de nuevas formas acordes con el nuevo espíritu de fin du siècle que los asfixiaba.

Así las cosas, Théophile Gautier ideó una nueva concepción poética que luego desarrollarían otros bardos más jóvenes, entre los que se encontraba De Heredia. En 1866 apareció el primer número de la publicación periódica Parnasse Contemporain, que se convertiría en la punta de lanza del movimiento y de donde tomarían el nombre sus integrantes. A partir de entonces los parnassiens (como se les bautizó) se dieron a la tarea de cultivar una poesía contraria a la romántica, proclamando un regreso estético a la Grecia antigua (de ahí la referencia al parnaso), practicando una especie de escapismo ideológico mediante el llamado l’art pour l’art y utilizando elementos pictóricos como fórmulas poéticas más allá del lenguaje ekfrástico, entre otras características. A ellos se les debe la ‘recuperación’ del soneto, subestimado por el Romanticismo.

La importancia de Heredia en el desarrollo del parnasianismo y, por ende, de la literatura francesa del período fue tal que en 1893 se le otorgó la nacionalidad francesa como paso previo a su elección, un año después, como Miembro Numerario de la Académie Française; el primer escritor de origen cubano (y posiblemente el único) en recibir semejante reconocimiento.

Su obra, empero, no fue cuantiosa. De Heredia escribió muy poco y publicó todavía menos. No obstante, sus sonetos circulaban profusamente en copias manuscritas, lo cual cimentó su reputación de bardo de aires nuevos incluso antes de estos aparecer en un tomo (con poemas de otras formas) titulado Les Trophées (1893). Además de ese libro, al ser investido miembro de la Académie solamente tenía en su haber unas pocas traducciones y algún que otro trabajo menor. No se conoce de otro escritor que haya sido admitido en la Academia Francesa con una obra tan pobre cuantitativamente. Su importancia residía, exclusivamente, en la excelsa calidad de su factura y su influencia en sus contemporáneos. No en balde otro destacado poeta del momento, François Coppée, calificó el exiguo corpus de Heredia como “légende des siècles en sonnets”.

El soneto más famoso de Les Trophées tiene como tema la hispanización del Nuevo Mundo: “Les Conquérante”. Se trata de una visión que, aunque no ‘políticamente correcta’ de acuerdo a nuestra óptica actual, dice mucho de su admiración y hasta satisfacción por la herencia cultural recibida de quienes llevaron el idioma español a la tierra donde nació. Porque es el caso que aunque, hasta donde tengo conocimiento, De Heredia escribió solamente en francés, siempre mantuvo un sólido nexo con sus raíces. Prueba de ello es la cálida referencia a la isla hispanoamericana donde naciera en su discurso de entrada a la Académie: la palma real ocupando el sillón #4 de la vetusta institución.

La preferencia lingüística señalada no fue, en momento alguno, motivo de claustro. Como en una especie de noria literaria, la obra de Heredia influyó notablemente en la poesía hispanoamericana. Sirve de muestra la fascinación que sus versos ejercieron sobre insignes poetas tales como Amado Nervo y Rubén Darío. Para ellos el penacho de la palma real, aunque expresándose en francés, mantenía todo el esplendor de su trópico de nacimiento.
Las luchas de los cubanos por la independencia de la Isla, extendidas ‒salvo durante un breve período‒ por tres décadas (1868-1898), trajeron como resultado un notable éxodo de criollos independentistas, ya sea por efecto del destierro punitivo o la huida al exilio. Decenas de escritores cubanos fueron forzados a abandonar la Isla o decidieron continuar sus vidas “sin Patria pero sin amo”. Aquí también voy a comentar la obra de solamente dos creadores, tan conocidos que casi basta únicamente con mencionarlos: José Martí (1853-1895) y Cirilo Villaverde (1812-1894).

El primero, desterrado desde su adolescencia, se convertiría fuera de La Habana que lo viera nacer en el más importante escritor cubano de todos los tiempos y uno de los más destacados en idioma español. Creó casi toda su extensa obra en el exilio –fundamentalmente en Nueva York– y se le considera el punto inicial del Modernismo hispano que luego desarrollaría Rubén Darío. Al llamado de las “novias que esperan” Martí regresó a la Isla, donde murió en combate luchando por la independencia de Cuba. Es de destacar, sin embargo, que en ningún momento rechazó la tierra de sus padres o su cultura, pues siempre enfatizó que el enemigo no era España, sino el colonialismo. De ahí que fuera admirado como escritor en toda la Hispanidad. Cultivó la poesía, la novela, el ensayo, el teatro y el periodismo literario. Entre sus obras fundamentales se encuentran: El presidio político en Cuba (1871), Ismaelillo (1882), Amistad funesta (1885), Versos sencillos (1891) y decenas de crónicas periodísticas de marcada calidad literaria. Cultivó también la literatura infantil, sentando las bases postrománticas de dicha categoría con La Edad de Oro (1889), una colección multigenérica considerada una de las piezas clásicas de la literatura para niños en español de todos los tiempos.

El pinareño Cirilo Villaverde, figura cimera de la narrativa costumbrista cubana, concluyó y publicó su inmortal obra maestra fuera de Cuba: Cecilia Valdés o la Loma del Ángel (1882). Por sus ideales independentistas fue condenado a muerte en 1848. Afortunadamente, logró escapar de la cárcel y partir al exilio en los Estados Unidos, donde también escribió, entre otras obras, El librito de los cuentos (1857), Dos amores (1858) y El Penitente (1889), además de una importante obra periodística. Gracias a su labor, no solo la palma real vino a renacer entre las nieves del norte: humearon los ingenios azucareros a la ventisca fría, discutieron en español los caleseros habaneros con los asombrados cocheros neoyorquinos, al tiempo que los colores brillantes del trópico saldrían encandilantes de la paleta gris del noreste estadounidense. Casi un siglo después Cecilia Valdés retornaría a Nueva York, en forma de zarzuela.

Otro exilio posterior, mucho más largo, arrojaría a playas inodoras una nueva oleada de escritores cubanos: el resultante de la larga noche castrista comenzada en 1959 y todavía sin trazas del amanecer histórico que debe sustituirla. Algunos eran autores famosos antes del destierro; otros, alcanzarían notoriedad ya con sus raíces al aire. Una lista de esos creadores exiliados huér-fanos de sol tropical, por muy breve que se intentase, sería demasiado extensa para un trabajo de esta envergadura; comentar tan siquiera unas pocas de sus obras, tema para todo un libro. Paso, entonces, a quienes llegaron de niños al exilio o nacieron en hogares cubanos trasplantados, hablando castellano con acento familiar; pero escribiendo en inglés.

La relación entre el inglés y Cuba data de tiempos de la Colonia. No pocos de nuestros escritores y periodistas del exilio decimonónico escribieron, aunque fuera ocasionalmente, en la lengua de Shakespeare. Luego, dada la importancia histórica de la intervención norteamericana en la Guerra de Independencia en Cuba y la consiguiente reconstrucción del país, el inglés se hizo de una plaza fuerte en la Isla. Fue en Cuba donde por primera vez se llamó sándwich al emparedado. El químico criollo que inventó a principios del siglo XX (presumiblemente a partir de un jarabe medicinal contra la anemia) la fórmula de una soda o refresco que se supone tiene un componente ferroso (en vez del extracto de cola tradicional) la llamó en inglés con un nombre que como que preludiaba el realismo mágico: Iron Beer, pues ni era cerveza ni creo que cerveza alguna pueda hacerse con hierro. El nombre, pese a ser en una lengua diferente del castellano, enseguida se cubanizó fonéticamente; de ahí la lógica rima del conocido lema comercial de “Ironbeer o no beber”.

En sentido contrario, el español cubano tuvo su entrada en los Estados Unidos a través de la música. Inicialmente, gracias a Ernesto Lecuona, en la variante que pudiera calificarse como “culta”. En la música popular llama la atención que el primer estribillo de una canción cubana coreado por los norteamericanos no tenía nada que ver con el castellano, sino que era producto del sincretismo religioso criollo: “Babalú Ayé, Babalú Ayé”, de la canción afrocubana de Margarita Lecuona, una prima de Ernesto. Y de nadie es un secreto que Desiderio Arnaz exageraba su acento cubano como Ricky Ricardo para intensificar la comicidad de sus gags en I love Lucy.

Los intelectuales cubanos del exilio actual llegados adultos continuarían su ahora sangrar palabras en español, la cultura nacional convertida en llaga abierta como su historia misma. Quie-nes llegaron niños o nacieron en el exilio sufrirían una situación nada cómoda: en casa nunca se dejó de vivir en Cuba; umbral afuera, en los Estados Unidos, donde les apremiaba la necesidad síquica de ‘incorporarse’ al nuevo medio como única forma de soslayar la nada disimulada discriminación de sus pares no hispanos: de ‘la frita’ al hamburger, del “pastelito de guayaba” al apple pie.

Algunos de esos escritores desgranan sus angustias solamente en inglés; otros tienen obras tanto en la lengua materna como en la adquirida, aunque la identificación de una y otra no es siempre la misma entre ellos. La diferencia lingüística, sin embargo, no implica una dejación cultural. Al igual que Thomas Mann señalaba que en donde quiera que él se encontrara estaba Alemania, en cualquier lengua que escriban los cubanos exiliados, así como sus descendientes directos criados a la sombra de la cubanía, está Cuba. Aunque sea una Cuba imaginada, ya que al ser compartida a través de la palabra escrita (lo mismo en inglés que en español), la imaginación se vuelve imagen nación.

La literatura cubana en inglés o bilingüe cubre todos los géneros literarios vigentes. Desde el punto de vista estético no logro identificar, hasta ahora, una característica compartida que permita anunciar o tan siquiera conjeturar la existencia de un movimiento literario. Todos los autores tienen en común la presencia en sus obras, directa o indirecta, real o soñada, de la Isla; pero constituyen islas entre sí, algunas distantes unas de otras. Unos pocos han logrado la fama, tanto nacional como internacional; otros permanecen como atrapados en un encierro étnico, más solitario mientras más ambiguo se les vuelve el lenguaje. El tema lo traté en extenso en “When English Speaks Spanish…”, pero aquí también voy a utilizar, como ejemplos ilustrativos, solamente dos autores ‒un ensayista y un narrador: Gustavo Pérez-Firmat (1949) y Oscar Hijuelos (1951-2013).

Gustavo Pérez-Firmat nació en La Habana, aunque se crió en Miami. Quizás por ello es que ha decidido mantener a toda costa la tradición hispana de los dos apellidos a través de ese guion aglutinador (o divisorio) que lo singulariza y que sería tan importante en su obra. Posiblemente Pérez-Firmat sea el escritor cubano-americano que más premios y distinciones haya recibido hasta la fecha. Su obra más conocida se titula Life on the Hyphen: the Cuban-American Way (1994), probablemente el ensayo cubano en inglés más famoso e influyente publicado hasta ahora, con varias ediciones en su haber. Trata de sí mismo en tanto que fenómeno cultural de toda una generación de escritores que sienten que la condición de cubano-americanos implica no ser completamente ni lo uno ni lo otro; de ahí la vida en el guion que sirve de nexo o frontera a ambos gentilicios. Pérez-Firmat va de lo individual a lo colectivo, de sus raíces en lo cubano a sus ramas en lo americano. Pero no hay amargura, rechazo o reticencia en su conclusión. Para el autor, vivir en el guion tiene sus ventajas: una nueva identidad que puede sintetizar lo mejor de los dos elementos a uno y otro lado del mismo. El bilingüismo enriquece el inglés cuando se escribe en español y viceversa; intelectualmente es posible vivir y disfrutar de los dos mundos al tiempo que dichas vivencias y disfrutes pueden servir de punto de partida de un tercero: el simbolizado poéticamente por el guion.

Life on the Hyphen constituye la obra fundamental para comprender a cabalidad el estar aquí y ser allá ‘a la cubana’ de los niños del destierro. Es más, dada la alta calidad literaria de la obra, esta ha calado más allá de sus lectores inmediatos, llevando el mensaje y el retrato del nuevo cubano que no es del todo tal o del bisoño americano que no llega a serlo por completo como un nuevo rostro cultural en el pensamiento norteamericano postmodernista. Pudiera decirse que su salida constituyó la carta de presentación de una nueva cultura (que me resisto a calificar de híbrida) inmersa en la cultura norteamericana en general.

Pero hay más: como por un giro de noria, la versión en español de Life on the Hyphen (aparecida en el año 2000 con el título de Vidas en vilo), permite a los cubanos sin guion el tener una visión de primera mano de sus pares hermanados por este a lo americano. Queda entonces demostrado que hay más de un tipo de cubano desde el punto de vista cultural, como hay más de un tipo de arena en las playas de la Isla lejana, más en tiempo que en espacio, ¿también unidos por un guion?

Otras obras donde el ensayista sigue desarrollando el tema de la cubanía “americanizada” son Next Year in Cuba: A Cubano’s Coming-of-Age in America (1995) y A Cuban in Mayberry: Looking Back at America’s Hometown (2014).
Oscar Hijuelos se diferencia de Pérez-Firmat en que no nació en Cuba, sino en Nueva York, aunque de padres cubanos. Otro aspecto diferenciante es que sus progenitores no llegaron a los Estados Unidos como exiliados políticos, sino como emigrantes económicos. Ambos eran oriundos de la provincia de Oriente; que es decir, coterráneos de Desi Arnaz, quien en los años 50 era el orgullo de la colonia cubana en los EE.UU. Separa a Oscar Hijuelos de Pérez-Firmat otro aspecto fundamental: el no dominar el español como para escribirlo, pues un año de convalecencia en un hospital de Connecticut siendo niño por una perniciosa nefritis (adquirida en Cuba durante unas vacaciones, dicho sea de paso o no) le hizo perder el lenguaje que se hablaba en casa. Quizás por la conjunción de todas esas diferencias es que nunca utilizó el apellido materno, carente entonces del guion donde “viven” los cubano-americanos.

Sus obras fundamentales tienen, no obstante, el sello de la cubanía; especialmente la experiencia de los cubanos en los Estados Unidos. Ya en su primera novela (Our House in the Last World, de 1983) narra las peripecias de una familia cubana en este país durante los años 40, obra con la cual recibiera el Premio Roma de la American Academy of Arts and Letters.

La fama internacional le vendría por su segunda novela: The Mambo Kings Play Songs of Love, de 1989, por la cual recibiría un año después el Premio Pulitzer de ficción, habiendo sido el primer hispano en alcanzar tan alta distinción. La novela se adaptaría al cine en 1992 y al teatro musical en 2005, en versiones igualmente exitosas.
La obra narra la historia de César y Néstor Castillo, dos hermanos músicos que emigran de Cuba a Nueva York en los años 50 y el frustrado amor de uno de ellos. El autor combina sus personajes con breves apariciones en la trama de personas reales; entre ellos el que posiblemente más le sirviera de patrón o inspiración: Desi Arnaz. La prosa de Hijuelos, en la cual algunos críticos han señalado la influencia de José Lezama Lima, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, fluye sin tropiezos, con un tono más elegíaco que crítico, más nostálgico que evocador. La influencia de los ritmos musicales cubanos también ha sido, con razón, señalada.

Cuba, aunque lejos de la fábula que narra la novela, se haya siempre presente; al menos por el ya señalado sortilegio de que donde quiera que se encuentre un cubano está Cuba. Los personajes saltan las aguas divisorias solo parcialmente, tratando de ajustarse al nuevo medio sin poder apartarse del todo de aquel de donde provienen. Hay hasta una nada sutil crítica a la desaparición, por el advenimiento de la larga dictadura castrista, de la Cuba que conocieran los personajes.

Pero la principal presencia de Cuba en la novela la considero en la propia canción que, a manera de un símbolo de (para mí) fácil identificación, pudiera asociar al personaje de María con Cuba. El amor de todo emigrante por su terruño es un amor mal correspondido; de lo contrario, no habría tenido el deseo o la necesidad de emigrar. María-Cuba (o el guion entre ambas, conectando o igualando Mujer y Patria) es sujeto y objeto a la vez de la canción-vida de Néstor: este perdería lo amado; a la postre, lo amado se perdería a sí mismo. Mi especulación inicial al leer por primera vez la novela hace más de una década parece quedar confirmada (o, al menos, no contradicha) por la secuela que Hijuelos daría a conocer en el año 2010: Beautiful Maria of My Soul or the True Story of María García Cifuentes, the Lady behind a Famous Song, en clara referencia al título de la siempre inacabada melodía de Néstor. En esta nueva entrega se narra la historia de María, evocando su juventud, el amor de Néstor y su propio yo (en tanto que María-Cuba) tan perdido como lo fuera ella (o el guion conector) para Néstor, porque es el caso que la saga de María termina en Miami, evidentemente exiliada. El amor de Néstor a Cuba-María, y la canción incompleta (como la historia patria), en las arenas siempre rudas del exilio, consuman la elegía de un tiempo-lugar (e incluyo el guion intencionalmente) ya para siempre consumado, aunque no consumido.

Otro escritor cubano que logró situarse en la cima de una literatura nacional fuera de la cultura hispana es Italo Calvino (1923-1985), aunque su raíz criolla resulta muy poco conocida tanto para italianos como para cubanos. Nació cerca de La Habana, en un breve pueblo de largo nombre ya de por sí sincrético: Santiago de las Vegas, donde se une el homenaje al Patrón de España (Santiago de Zebedeo, uno de los apóstoles cristianos, conocido como Santiago el Mayor) con el cultivo cubano más famoso desde antes del arribo de los españoles: el tabaco. Al momento de su muerte, Italo Calvino era el escritor italiano contemporáneo con el mayor número de traducciones a otras lenguas y fuerte contendiente para el Premio Nobel de Lite-ratura, aunque como el escritor que más influyera en su obra (Jorge Luis Borges) y posiblemente por las mismas razones, nunca llegara a obtenerlo.

Su familia se trasladó de Cuba a Italia (el país de naci-miento de ambos progenitores) cuando Italo tenía 2 años de edad, por lo que es imposible haya tenido ninguna influencia directa de su lugar de origen como no fuera por la flora tropical que su padre (botánico de profesión) trasplantara de Cuba a Italia, entre cuyos árboles crecieran sus hijos. Pero algo debió haber recibido a través del recuerdo de sus padres cuando decidió utilizar el seudónimo de Santiago como nom de guerre al ingresar en la Brigada Garibaldi durante la Segunda Guerra Mundial; selección que no hay dudas era una referencia directa al nombre del poblado habanero donde naciera.

Su desempeño en la guerrilla comunista antifascista le valió convertirse en una especie de protegé del Partido Comunista Italiano, al que se adscribió entusiásticamente. Bajo la tutela de Cesare Pavese y otros intelectuales del Partido, Calvino alcanza pronta notoriedad con una novela y una colección de cuentos: Il sentiero dei nidi di ragno (1947) y Ultimo viene il corvo (1949).

En aquel tiempo era un militante comunista convencido; sin embargo, bastaron unos pocos años de militancia activa para hacerle dudar de la solidez de la ideología que profesaba. Su naciente duda política quedó reflejada alegóricamente en la novela Il visconte dimezzato (1952), que escribiera en solamente 30 días. Una breve estancia en Moscú y la invasión soviética a Hungría en 1956 lo hizo denunciar públicamente el carácter imperialista de la Unión Soviética y apartarse del Partido Comunista, aunque no abandonaría del todo la filosofía inherente al mismo. La experiencia la llevaría a la literatura dentro del subgénero que caracteriza la mayor parte de su obra: la narración satírica alegórica. La gran bonaccia delle Antille (1957) denunciaría el inmovilismo de los partidos comunistas, razón por la cual sería excomulgado por una izquierda stalinista que a la sazón controlaba el mundo cultural europeo.

Su relación con Cuba se reafirmaría cuando decide regresar a la Isla en 1964 para conocer su lugar de nacimiento y casarse con una traductora argentina, a través de quien es posible le haya llegado la influencia y la amistad de Borges. Entonces creía ‒como otros muchos intelectuales de culturas varias‒ que el experimento socialista cubano podía ser diferente del soviético. La invasión rusa de Checoslovaquia en 1968, apoyada por Fidel Castro, les atascaría toda posibilidad de una lógica esperanza al respecto. Repudiado por una izquierda que lo consideraba traidor, a Italo Calvino le fueron vedados muchos reconocimientos, presumiblemente hasta el Premio Nobel de Literatura que sin lugar a dudas merecía, en lo que pudiera haber sido una repetición de la discriminación política que se lo escamoteara a su admirado amigo y mentor argentino.

Más allá de ese tan importante viaje a la semilla y futuro de su historia y sus referencias a la flora tropical y a las Antillas, actualmente desconozco qué otros elementos asociados con Cuba pudieran encontrarse en su obra: ello es algo que dejo para estudios futuros. Pero resulta interesante que la crisis de identidad ‒tema común a los escritores cubanos trasplantados de todos los tiempos‒ se repite en, al menos, una de sus obras fundamentales: Il cavalieri inesistente (1959), de la famosa trilogía I Nostri Antenati. Como fuente de la fantasía alegórica de la trama, me parece entrever una angustia existencial de identificación que como que preludia la vida en el guion explicada mucho después por Pérez-Firmat. Quién soy, con relación a lo que me rodea, ha sido siempre la pregunta (muchas veces sin respuesta) de todo trasplantado. En Italo Calvino, dadas sus dolorosas frustraciones ideológicas y su desarraigo doble (físico y filosófico) su visión no pudo ser más pesimista: de ahí que la armadura del caballero terminara estando vacía.

Otro caso italo-cubano, y contemporáneo con el anterior, fue el de Alba de Céspedes (1911-1997), nieta de Carlos Manuel de Céspedes (en Cuba considerado el Padre de la Patria) e hija de un diplomático del mismo nombre que llegara a ser, aunque efímeramente, Presidente de la República. Nacida en Roma como hija natural (su padre no se casaría con su madre, una italiana divorciada, sino en 1915), Alba tuvo el mismo inicio ideológico de Italo Calvino, con quien cultivó una estrecha amistad alimentada por la militancia antifascista y la raíz cubana que ambos com-partían. Pese a nunca dejar de ser una incondicional socialista, a su abolengo histórico criollo añadió la pertenencia a la más rancia aristocracia europea. Ello lo logró al casarse con un conde Italiano y vivir toda su existencia (incluso luego de divorciados) en consonancia con el estatus social de la nobleza burguesa del Viejo Mundo. La combinación de ambas características hizo que se convirtiera en una “socialista chic” o “comunista de salón”, personaje muy común en los medios intelectuales europeos del siglo XX.

Alba de Céspedes escribió, fundamentalmente, en italiano, aunque su manifiesta francofilia la impulsó a experimentar también en francés. Su obra recibió una gran promoción en vida de la autora, con muchas traducciones y presentaciones en salones burgueses. Su primera novela Nessuno torna indietro (1938) fue prohibida por Mussolini, pero resultó (quizás por lo mismo) un gran éxito internacional en ese entonces, al punto de aparecer su adaptación al cine solamente cinco años después. Es de destacar que De Céspedes tuvo muy buenas relaciones con notorios cineastas, con algunos de los cuales llegó a colaborar estrechamente, como lo prueba su participación en la confección del guion (basado en un texto de Cesare Pavese) de Le Amiche ‒el filme de Miche-langelo Antonioni estrenado en 1955‒, y la versión cinematográfica de su novela La Bambolona (1967) ‒aparecida un año después de publicado el libro‒ bajo la dirección de Franco Giraldi y una memorable actuación de Ugo Tognazzi. Quaderno proibito (1952) también fue llevada a la pantalla en forma de serie televisiva.

En francés escribió el poemario Chansons des filles de mai (1968) y la novela Sans autre lieu que la nuit (1973), obras que no alcanzaron la categoría ni la fama de su producción en italiano, y mucho menos el reconocimiento galo que conquistara José María de Heredia.

Los temas de las obras de Alba de Céspedes se consideraron extremadamente rebeldes y progresistas en su tiempo, con especial énfasis en la defensa de los derechos de la mujer, que sería el argumento recurrente en todos los géneros literarios en que incursionó. En efecto, la emancipación femenina aparece en todos sus escritos, lo mismo en prosa que en verso, el ensayo o la ficción, a veces como tragedia y otras como comedia. Por lo que no sorprende que fuera catalogada en su tiempo como “una scrittrice scandalosa”, título que muy bien pudiera ‘emparentarla’ con Tula.

Desconozco si Alba de Céspedes escribió y publicó algo en español. Es más, en aparente contradicción con su estrecha relación con Cuba a partir de la muerte de su padre en 1939 en la Isla y su madre haber permanecido en Cuba hasta su deceso, no parece que el país de su progenitor haya tenido nunca un sitio en sus escritos más allá de alguna información histórica o un esporádico uso de palabras en castellano. Quizás en reciprocidad por esa ausencia de cubanidad en su obra, sus libros tuvieron muy poca (si alguna) resonancia en la Isla.
Tras la muerte de su madre enloquecida de amor en 1956, hay un drástico cambio en su actitud hacia Cuba, considerándose finalmente cubana de origen e italiana por adopción. Comienza entonces una novela con la cual pretendía llevar a la literatura su nueva relación con la Isla mediante la redacción de una especie de saga histórica de Cuba y su familia paterna, incluyéndose ella misma.

La confiscación de todas sus propiedades en Cuba por parte del Gobierno de Fidel Castro (destino común de todos sus compatriotas con algún bien), y hasta de su cuenta bancaria por negarse a residir permanentemente en la Isla, no mermaron su nuevo amor patrio. Es más: su relación con Fidel Castro sería, definitivamente, corregida, no sé si mediante el pago de algún tipo de indemnización financiera o por oportunismo político de la escritora a fin de no sufrir del ostracismo de la izquierda que tanto daño le infligió a su amigo Italo Calvino. El gobierno castrista, incluso, le publicó el único de sus libros que vería editado en Cuba.

Sin embargo, quebrantando los contratos legales que le extendían los plazos de entrega una y otra vez, Alba de Céspedes nunca llegó a terminar su “novela cubana”. Desconozco qué razones frustraron su agónico y dilatado intento. El propio Castro la presionó (supongo que amigablemente) para que la concluyera antes de 1979, a fin de publicarla por el vigésimo aniversario de su llegada al poder. Inútilmente: contratos y compromisos fueron igualmente vanos. Con motivo del centenario de la autora, su editor hizo lo mejor que pudo para darle coherencia a los fragmentos por ella dejados, logrando una narración postrera (aunque inconclusa) que publicaría con el título de Con gran amore (2011).

Es de destacar que la fama le sonrió a Alba de Céspedes durante toda su vida; pero, a pesar del protector equilibrio político burguesía-socialismo que consiguió mantener, su notoriedad como escritora no logró sobrevivirla. Sus libros se destacaron más por el contenido que por el continente: revolucionario el primero; convencional el segundo. Los avances en la emancipación femenina de las últimas décadas le han hecho perder a su literatura el carácter insurrecto y agitador que la hiciera famosa; quedando su factura, desprovista del hálito rebelde del mensaje, sumida en el aburrimiento de la cotidianidad estilística. De ahí que, prácticamente olvidada luego de su muerte, no ha sido sino recientemente que se ha emprendido una especie de reivindicación de su justo lugar en las letras italianas con la reedición de algunas de sus obras con motivo del centenario de su natalicio.

Su rezagado viaje literario a la cubanía, no por tardío e inacabado resulta menos importante a los efectos de este ensayo. Su propia madre, no obstante haber sido italiana, nunca abandonó la tierra donde muriera su amado esposo, permaneciendo en la Isla desde su viudez hasta alcanzarlo demente unas dos décadas después. Alba de Céspedes, aunque nunca renunció a su burguesa vida parisina, parece haber escuchado el llamado de sus ancestros cubanos, cuya historia de dos siglos intentó (aunque sin éxito) narrar. De lo que puede inducirse que Alba ‒como Mercedes con anterioridad‒, independientemente de una cursi vida de aristócrata europea, terminó siendo ‒y pese a su sincera u oportunista miopía política‒ lo que por determinante línea paterna siempre debió haber sido: una escritora “de donde crece la palma”.

Ejemplos de la literatura cubana desterrada aparecen a veces en lugares impredecibles. Por ejemplo: en el Himno Nacional de un país extranjero, como es el caso de la letra del Himno Nacional de Guatemala (considerado uno de los más bellos del mundo), obra del patriota y poeta cubano José Joaquín Palma (1844-1911). Dicha pieza, presentada a concurso nacional firmada como “Seudónimo”, ganó el certamen convocado al efecto y su creador mantuvo el secreto de su autoría hasta poco antes de su muerte. Las estrofas de Palma se conservaron invariables desde 1897 hasta 1934, en que se decidió ajustarlas a la realidad histórica de Guatemala pues se consideró, con justicia, que reflejaba más el proceso independentista cubano que el guatemalteco: la palma real guerrera en lugar del quetzal diplomático.

De todo lo anterior se infiere que la cubanía, de inicios en taíno y desarrollo en español salpicado de chino, congo o carabalí, ha seguido su bogar lingüístico a través de importantes obras literarias de cubanos o sus descendientes, escritas tanto en el castellano peninsular, como en francés, italiano, inglés y, posiblemente, hasta en otras lenguas. Sus autores pueden sentirse o imaginarse “cubano-algo”, o viviendo en el guion que une o separa lo cubano del otro elemento dicotómico. Sus obras pueden haber sido creadas tanto en español como en la lengua de sus circunstancias culturales, según les pluguiere o pudiesen. Pero, por los temas recurrentes que desarrollan directa o indirectamente, y el tratamiento de sus historias y personajes, no hay dubitación posible: los delata una isla y sus tiempos adoloridos en medio de la frente, que es la quintaesencia del ser cubano; en cualquier lugar y en cualquier idioma. Resultante en el viaje histórico de la literatura cubana, con escala en la angustia, del terruño al universo.
¿Y las palmas? Bueno, al menos para mí, siguen siendo “novias que esperan”.

New York-Miami, verano de 2016.

OBRAS CITADAS

Bonilla Ruano, José María. Anotaciones críticodidácticas sobre el poema del Himno Nacional de Guatemala. Guatemala: Unión Tipográfica, 1935.

Calvino, Italo. El sendero de los nidos de arañas. 1947. Presentación del autor. Milano: Mondadori, 2007
. — El último es el cuervo. 1949. Presentación del autor, con un ensayo de Geno Pampaloni. Milán: Oscar Mondadori, 2011.
—. El vizconde Cloven. 1952. Presentación de Claudio Milanini, curada por Daria Carenzi. Milán: Escuela Einaudi, 2003.
—. “La gran bonanza de las Antillas”. Open City, Año I, número 4-5, 25 de julio de 1957. L’Espresso, III, 34 25 de agosto de 1957; I Meridiani Mondadori, vol. 3, Milán 1994. 221-225.
—. Los caballeros inexistentes. 1959. Presentación de Claudio Milanini, curada por Daria Carenzi. Milán: Escuela Einaudi, 2002.

Céspedes, Alba de. Nadie regresa. 1938. Milano: A. Mondadori, 1966.
—. Notebook prohibido. 1952. Milano: A. Mondadori, 1967.
—. El bambolona. 1967. Novara: Mondadori-De Agostini, 1986.
—. Chansons des filles de mai. París: Umbral, 1968.
—. Sin lugar autre Que la nuit. París: Umbral, 1973.
—. Novelas. Por Marina Zancan. (Contiene: Nadie regresa, de su parte, Notebook prohibida, En la oscuridad de la noche y la novela autobiográfica sin terminar Con gran amor). Milano: Mondadori, 2011.

Gómez de Avellaneda, Gertrudis. Sab. 1841. Barcelona: Linkgua, 2008.
—. Poesías de la señorita Dª. Gertrudis Gómez de Avellaneda. Madrid: Estab. Tip, 1841.
—. Guatimozín. Último Emperador de Méjico. Novela Histórica. 1845. Barcelona: Linkgua, 2011.
—. Saúl. Tragedia bíblica en cuatro actos. Madrid: Imp. de Don José María Repullés,1849.
—. Baltasar. Drama oriental en cuatro actos y en verso. 1858. Facsímil de la Primera Edición de 1858. Introducción de Eduardo Lolo. Miami, FL: Editorial Cubana “Luis J. Botifoll”, 2014.

Heredia, José María. Trofeos y poemas completos. 1893. París: Editions Points, 2016.

Hijuelos, Oscar. Nuestra casa en el pasado mundial. 1983. Introducción y Epílogo por el autor. Nueva York: Persea Books, [2002].
—. Los reyes del mambo tocan canciones de amor. 1989. Edición 25 Aniversario. Nueva York: Farrar, Straus Giroux, 2015.
—. Maria hermosa de mi alma o la verdadera historia de María García Cifuentes, la señora detrás de una famosa canción. Nueva York: Hyperion, 2010.

Lolo, Eduardo. “When English Speaks Spanish: literatura cubana en inglés.” La palabra frente al espejo y otros ensayos. Miami, FL: Alexandria Library, 2015. p. 229-241.

Martí, José. El presidio político en Cuba. 1871. En: Obras Completas de José Martí. Prólogo y Síntesis biográfica por M. Isidro Méndez. Vol. I. La Habana: Editorial Lex, 1946. 9-34.
—. Ismaelillo. 1882. En: Obras Completas de José Martí. Prólogo y Síntesis biográfica por M. Isidro Méndez. Nota preliminar y Epílogo de Mariano Sánchez Roca. Vol. II. La Habana: Editorial Lex, 1946. 1335-1349.
—. Amistad funesta 1885. En: Obras Completas de José Martí. Prólogo y Síntesis biográfica por M. Isidro Méndez. Nota preliminar y Epílogo de Mariano Sánchez Roca. Vol. II. La Habana: Editorial Lex, 1946. 1581-1654.
—. Versos sencillos. 1891. En: Obras Completas de José Martí. Prólogo y Síntesis biográfica por M. Isidro Méndez. Nota preliminar y Epílogo de Mariano Sánchez Roca. Vol. II. La Habana: Editorial Lex, 1946. 1350-1363.
—. La Edad de Oro. 1889. Edición Crítica de Eduardo Lolo. Miami, FL: Ediciones Universal, 2001.

Merlin, María de las Mercedes de Santa Cruz, condesa de. Mis primeros doce años. París: Impr. Gaultier-Laguionie, 1831.
—. Historia de la hermana Inés. París, 1832.
—. Recuerdos y memorias de la condesa de Merlin, se publicaron memem. 1836. Prefacio Hector Bianciotti; introducción y notas de Carmen Vásquez. París: Mercurio de Francia, impr. 2010.
—. Los esclavos en las colonias españolas, junto con otros textos sobre exclavage Cuba. 1841. La introducción de Adriana Méndez Rodenas. parís; Budapest; Kinshasa [etc.]: El Harmattan, 2006.
—. La Habana. 1844. París: Indigo y Cote-mujeres ed., 1998.

Palma, José Joaquín. Poesías. Precedidas de un prólogo de Ramón Rosa, de una alocución de Marco Aurelio Soto y de varias cartas. Tegucigalpa, Honduras: Tipografía Nacional, 1882.

Pérez-Firmat, Gustavo. La vida en el guion: el camino cubanoamericano. 1994. Austin, TX: Univer-sidad de Texas Press, 2012.
—. El próximo año en Cuba: Un cubano de la mayoría de edad en América. 1995. Houston, TX: Arte Público Press, 2005.
—. Un cubano en Mayberry: Mirando hacia atrás en la ciudad natal de América. Austin, TX: University of Texas Press, 2014.

Villaverde, Cirilo. Cecilia Valdés o la Loma del Ángel. 1882. Estudio crítico por Raimundo Lazo. México, DF: Editorial Porrúa, 1972.
—. Dos amores. 1858. Introducción de A.M. Eligio de la Puente. La Habana: Cultural, S.A., 1930.
—. El penitente. 1889. En: Tres novelas: Teresa, Dos amores, El penitente. Edición Crítica e Introducción de Diana Álvarez Amell. Valencia, España: Aduana Vieja, 2013.

Zamacois, Eduardo. Amar a oscuras. 1894. Buenos Aires: La novela picaresca, 1919.
—. El punto negro. 1897. Buenos Aires: Tor, 1948.
—. Horas crueles. Barcelona: Ramón Sopena, 1905.
—. El Otro. 2da edición. Madrid: [Prudencio Pérez de Velasco, 1910].
—. Años de miseria y de risa: escenas de una vida en que solo hubo erratas. Madrid: [N. Rico], 1916.
—. Las raíces. Madrid: Renacimiento, 1927.
—. La risa, la carne y la muerte: cuentos irónicos, cuentos pasionales, cuentos de asesinos, ladrones y fantasmas. Madrid: Renacimiento, 1930.
—. Don Juan hace economías: farsa grotesca en once jornadas. Madrid: Edit. Resurrección. Bolaños y Aguilar, 1936.
—. El asedio de Madrid. 1938. Barcelona: AHR, 1976.
—. Un hombre que se va… 1964. Edición de Javier Barreiro y Bárbara Minesso. Sevilla: Renacimiento, 2011.

Zarzuela Cecilia Valdés (1932). Música de Gonzalo Roig y Libreto de Agustín Rodríguez y José Sánchez-Arcilla.

Eduardo Lolo en un momento de su conferencia magistral. (Foto y pie de grabado de Gerardo Piña-Rosales)

 

 

 

 

 

 

 

©Eduardo Lolo. All Rights Reserved

About the Author

Dr. Eduardo Lolo, Académico Numerario y Miembro de la Junta Directiva de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). Académico Correspondiente en Estados Unidos de la Real Academia Española (RAE). Senior Bibliographer, Modern Language Association of America (MLA) Comendador de Número de la Imperial Orden Hispánica de Carlos V. (http://eduardololo.com)

Leave a Comment