“El rostro”, cuento de Diana Fernández Fernández

Written by on 31 enero, 2017 in Literatura, Relato - No comments
Literatura. Relato.
Por Diana Fernández Fernández…

Este libro puede adquirirse en: https://www.amazon.com/Cuerpos-Mujer-Tiempo-Spanish-Fernandez/dp/150788673X/ref=sr_1_5?s=books&ie=UTF8&qid=1432438014&sr=1-5&keywords=diana+fernandez+fernandez

La fotografía de la portada es de Laura Capote, joven fotógrafa que reside en Cuba

Se mira al espejo y se aparta. Aprieta entre los dedos un pliegue de su abdomen y cuenta las tantas arrugas. Cincuenta años son muchos años, se dice. Ayer mismo tenía treinta y creía ser la dueña de su vida. Después de los cincuenta los demás son los dueños de la vida de una: los padres ancianos, los hijos, los nietos llegados o por llegar, el marido, los ojos de los hombres en la calle. Sobre todo, los ojos de los hombres la apresan a ella, expectante de la impresión que causa al pasar, de las miradas que despierta, de las frases que aún anima. Una mujer es cautiva de todo aquello que debería controlar.

Se acerca al espejo. El bombillo ahorrador en la semipenumbra del cuarto arroja un tinte magenta sobre su rostro, le oculta las arrugas alrededor de los ojos. Se consuela pensando que siempre tuvo esas arrugas, desde los treinta, y no le impidieron nada. Pero, ¿a qué tanto mirarse al espejo y buscarse arrugas y no encontrárselas o encontrárselas, si ya no le importa otro hombre que su marido? A estas alturas verse o no verse joven no tiene importancia, creerse o no creerse bella no tiene valor, pensarse o no pensarse hermosa no tiene sentido. La época de las conquistas no es las suya ya, ni le importa. La familia, solo la familia cuenta. Total, si un hombre apareciera de pronto en su vida, no sabría qué hacer con él, para qué le serviría. Se dice que la vida no acaba hasta que se muere. Se mira detenidamente, es bella, se lo repite una y otra vez, se convence, se da el último peinazo y sale a la calle.

Es sábado y no trabaja. Recuerda que es una mujer socialmente útil, profesional, reconocida. A pesar de tener un auto en su garaje, decide salir a pie y mostrar su cuerpo y su cara a la crítica pública. Va hacia el agro mercado. Por el camino saluda siempre sonriente a los vecinos; en el agro selecciona unas frutas, algunas viandas y verduras, bromea con los vendedores y regatea los elevados precios; llega a la panadería, recibe el pan; regresa a la casa y pone las compras sobre la mesa. Tiene una inspiración y decide volver a salir, llegar más lejos. Camina unas cuadras y sube a un ómnibus, las miradas de los hombres se vuelven hacia ella, se siente más segura dentro de su jean apretado, levanta el pecho, respira profundo y eleva el mentón. Ya no se separa de su sonrisa.

Después de algunas vueltas frente a distintos comercios entra a una tienda donde no va a comprar nada o al menos eso cree. Se detiene en la peletería y, tras mucho titubear frente a un estante, elige unas sandalias bajitas y se las prueba. Te quedan muy bonitas, le dice la tendera, a la que total le da lo mismo que las compre o no, piensa y se regocija del halago y el tuteo. Las mira relucir una y otra vez en sus pies bien formados y decide llevarlas. Las llevo, le dice convencida a la tendera y se dirige a la caja para pagar.

En la acera duda entre tomar un taxi o un ómnibus de a peso para llegar a la casa. Se siente como una adolescente. Un hombre alto anda hacia ella con el piropo en la cara, agarrado a sus ojos pícaros, a punto de explotar de su boca sonriente.

—¡Qué rostro tan bello, Dios mío! —dice—. —Esta mujer bajó del cielo —agrega—. —¡Bajó del cielo! —casi grita—.

La mujer no sale de su asombro. Ahora ríe a carcajadas y vuelve la cabeza para ver al hombre que se aleja sin dejar de mirarla.

Un empujón la alerta de que hay un ómnibus en la parada y que debe correr hacia él o escapará la oportunidad de regresar pronto a su casa. Un joven la ayuda a subir y no le suelta el brazo en la escalerilla, ella se libera suavemente. Es demasiado por hoy, piensa. No le cabe tanta autoestima en el cuerpo y tiene que contenerse para no reír por todo como una muchacha. Se apretuja como puede entre los otros pasajeros y entabla conversación con la señora sentada que le sostiene el paquete.

Tres paradas después se escurre con dificultad entre la gente y baja. Ansía llegar a la casa y probarse las sandalias con la saya negra que le regaló su hija. Al entrar tira la puerta y casi piensa en contarle al marido los piropos de los hombres en la calle. En su cuarto, abre el escaparate ruidosamente, se lo probará todo: la saya negra, la camiseta fresa, las sandalias, y se parará frente al marido, impresionante. Se sienta en la cama para poner la sandalia derecha en su pie. Entonces, el grito:

—¿Estás ahí?

—Sí.

—¡Vieja menopáusica, se te quemaron los frijoles! ¿Dónde tienes la cabeza?—. El marido.

Ella levanta la cabeza, mira su rostro oscurecido en el espejo —el maldito espejo— y deja caer la sandalia al piso.

[Este cuento, titulado “El rostro”, pertenece a su libro Cuerpos de mujer en el tiempo, que se puede adquirir en Amazon.com] 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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About the Author

Diana Fernández Fernández (La Habana, 1956). Graduada del Instituto Superior Pedagógico de Lenguas Extranjeras Pablo Lafargue, en la especialidad de Lengua Rusa. Profesora de Ruso y traductora e intérprete bilateral. Es diplomada de edición por el Instituto Cubano del Libro. Tiene varios libros publicados: "Todas las mujeres de Dios" (La Rueda Dentada, Unión 2003); Compañía urbana en la Noche, (Editorial Extramuros, La Habana, 2005); "Cuerpos de mujer en el tiempo", (Editorial Letras Cubanas, 2010); "La Isla novelada, antología de escritores cubanos", (compiladora) Veracruz (México), 2002. "Cuerpos de mujer en el tiempo" (2da edición, Editorial Unos&Otros, 2015)

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