El día en que nació el silencio

Written by on 20 octubre, 2014 in Literatura, Relato - No comments
Literatura. Relato.
Por Reynaldo Fernández Pavón…

Musa del Amor

En un salón de clase del Conservatorio Amadeo Roldán, el profesor Suárez interpretaba al órgano una obra que tocó mi sensibilidad juvenil; le pregunté a mi maestro el nombre del compositor: —Francesco Landini—, contestó  y su voz de barítono se escuchó vibrar en los tubos del instrumento resonando en el espacio con los armónicos del último acorde.

La curiosidad me llevó a la biblioteca de la escuela para indagar sobre la vida y obra del compositor, se trataba de un músico que vivió en Reggio Emilia, provincia de Italia irrigada por el río Po y delimitada por los Apeninos Tosco Emiliano, territorio donde  los cultivos y los bosques  se abrazan para conservar en su seno pintorescos pueblos integrados a un paisaje que  cualquier pintor admiraría.

Regresé a casa después de las clases de escolaridad, y cuando me disponía a entrar en el pasillo donde vivía Daniel, el vecino del primer apartamento, este me salió al paso y me dijo:

—Muchacho, ¿sabes cómo se llama aquella mulata escultural que camina por la acera?

—No, señor—, contesté mientras observaba a una muchacha, como de mi edad, tan hermosa que paraba el tráfico con su andar.

—Se llama María Cecilia. Todos los jóvenes del barrio andan perdidos por ella, y tratan de ganarse su favor—, me hizo saber aquel moreno enorme con cara de brujo.

El rapto de las mulatas, por Carlos Henríquez

No sé qué me ocurrió, pero después que puse mis ojos en aquella mulata, quedé suspendido en un encantamiento que me hizo perder el interés por los estudios de órgano. Sin descanso comencé a buscar ocasión para acercarme a su imagen escapada del Rapto de las mulatas, del pintor Carlos Enríquez.  Tuve la impresión de haberla visto en una tarde de mayo vestida toda de blanco caminado por la calle Obispo, y en otra ocasión me pareció haberla visto pasar sentada en un quitrín por las calles aledañas al Convento de Santa Clara. Se lo comenté a Daniel,  quien al escuchar mi declaración expresó con desdén: —¡Tú deliras muchacho del diablo! Esas son invenciones de tu cabeza calenturienta, debes haber leído la novela Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde—,  y luego de decir esto rio a carcajada batiente.

Cecilia Valdés

No quise discutir acerca de mis “visiones”  (como Daniel le llamaba a mis desvelos), y decidí  no compartir con nadie nuestros encuentros en el parque de la Fuente Luminosa. Sentados en la glorieta le pregunté:

—¿Quién es tu papá?

—Yo no tengo papá—, contestó mientras me miraba a los ojos.

—¿Y… con quién vives?

—Vivo con mi abuela y una de mis tías. De seguro las conoces; mi abuela se  llama Juana y mi tía siempre anda vestida de miliciana. —¡Ah! Sí, claro… ¡Ya sé!  Tu tía es una mujer muy linda—, le dije en el instante en que ella se puso de pie para recordarme que no podía llegar tarde a su casa.

No volví a verla hasta el día 28 de septiembre, fecha en la que todos los barrios celebran el aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución con música bailable y cajas de cerveza. En la avenida donde vivíamos montaron una tarima y su abuela, que era dirigente de la Federación de Mujeres Cubanas, trajo a un grupo de aficionados de la Universidad de La Habana para que amenizaran la fiesta. La vi bailando en medio de la calle y crucé sin mirar a los lados, y una caja de cervezas que se interpuso en mi camino me hizo caer de bruces en el suelo, todos a mi alrededor se rieron, pero en medio de la algarabía Cecilia me socorrió y le besé las manos sin que opusiera resistencia.

—¡Mañana nos vemos!… Tú sabes dónde—,  susurró a mi oído con carita de maldita y fue a sentarse junto a unas amigas, en el contén de la acera, escoltadas por Cuco y Papo, unos tipos buscalíos del barrio, con los que yo ya me había enredado a piñazos cuando una vez me llamaron blanquito de mierda, por lo que decidí no acercarme para evitar problemas.

Comenzamos a encontrarnos en la glorieta de la Fuente Luminosa cuando regresábamos de la escuela. Los abrazos y los besos que nos dábamos eran cada vez más intensos y pensamos que era mejor que nos viéramos en el Monte Barreto con el propósito de ocultarnos de la vista de la gente. El día que hicimos el amor, fue tanta la dicha que se nos hizo muy tarde en la noche y, al regresar, su tía nos esperaba en la acera. Con un solo gesto, sin pronunciar palabra,  le ordenó a María Cecilia que entrará en la casa.

—¡No vengas a buscarla nunca más!—, me dijo. —¡Nunca más! Porque te vas a arrepentir. ¿Me entiendes?—, exclamó con ira; y escuché a mis espaldas dos sonoras bofetadas, mientras María Cecilia gritaba: —¡Abuela, es que nos queremos!—, y por encima de sus suplicas se alzó la voz de la mujer:

—¡Calla, calla, María Cecilia! No llores después de haber gozado, porque creeré que te estás burlando de mí—, expresó con enojo.

Mi padre supo lo acontecido por boca de algún vecino,  y me agarró por el cuello para exigirme que dejara a María Cecilia, o tendría que vérmelas con él de hombre a hombre.  Me sentí culpable por todo aquel torbellino que se había armado, a la verdad que nunca antes había visto a mi padre enfurecido de tal  modo, y decidí liberar a María Cecilia de mi presencia.

El tiempo pasó, había quedado atrás mi primer amor y los sueños de mi adolescencia; y un amanecer, después de caer una tormenta de nieve como de 20 pulgadas sobre la ciudad de Nueva York, llamé por teléfono a mi madre. Luego, Amparo, mi hermana mayor, me hizo saber que María Cecilia había emigrado  hacia tierras lejanas. —¿Quién dará vida a la Calle del Ángel? ¿Qué pasará con las fiestas y las celebraciones de la villa de San Cristóbal si María Cecilia  ha abandonado el país?…—, le pregunté sobresaltado.  —Yo no sé—,  contestó mi hermana y me dejó con la palabra en la boca.

Poco después, El Moro, un amigo de la infancia que salió de la isla durante el éxodo del Mariel, me hizo saber que en el barrio se decía que María Cecilia,  tras recorrer toda Andalucía, se había refugiado en Reggio Emilia, sitio donde jamás hubo inmigrantes cubanos. Yo había conocido la existencia de esa región de Italia desde aquellos estudios de órgano de los cuales todavía tengo el recuerdo. “No puede ser casualidad, mi madre siempre ha dicho que la casualidad no existe”,  pensé. En aquel tiempo en Nueva York se produjo el renacimiento de la fe en los ángeles. A mí en particular, me interesaba saber todo sobre Los Ángeles  Músicos de la Catedral de Valencia, que habían sido descubiertos tres siglos después, porque en realidad nada ha de quedar oculto entre la tierra y el cielo, y yo tenía la obsesión de descubrir la razón por la que los habían tapiado en 1682.

Escuché en la emisora Radio WADO un cometario  sobre una exposición dedicada a  Los Ángeles  Músicos que tendría lugar en el Museo de Reggio Emilia, y viajé a Italia convencido de  que esos ángeles develados a los hombres en tiempos recientes podrían ayudarme a encontrar a María Cecilia; a fin de cuentas, no había dejado de verla en mis visiones, aunque estaba muy entrado en años para hablar de esas  experiencias metafísicas con otras personas.

En Reggio Emilia oré a los ángeles que fueron pintados tocando cítara, organillo, dulcémeles, laúd, viola de arco, arpa, vihuela, dulzaina, flauta doble y trompetas, para que en ese contrapunto de la especie infinita  me fuera revelado el paradero de mi amada… Pero la revelación no se produjo en ese momento, ni durante la semana que pasé en Italia, ni después… Y perdí la fe en los ángeles por aquello de “ver, para creer”.

Una noche de otoño, caminaba hacia  la estación de la 42 y la 8va para tomar el bus que me conduciría a West New York, en el lado del túnel que da a New Jersey, y sonó el timbre de mi celular:

—¡Hola!, ¿sabes quién te habla?—, preguntó una voz trémula de mujer.

—¡María Cecilia!—, grité emocionado, y en ese instante se interrumpió la comunicación. Unos segundos después se produjo el apagón que sumió la ciudad en la obscuridad.

Ese, fue el día en que nació el silencio.

[La primera imagen, como musa del amor, ha sido tomada de la página web del escritor cubano Alejandro Cernuda]

[La segunda ilustración es El rapto de las mulatas, del pintor cubano Carlos Henríquez]

[La tercera ilustración es Cecilia Valdés, un acrílico de 42″  por 54″, del pintor cubano Luis Vega]

Reynaldo Fernández Pavón

 

 

 

 

 

 

©Reynaldo Fernández Pavón. All Rights Reserved

 

 

 

 

About the Author

Reynaldo Fernández Pavón nació en Ciudad de La Habana, Cuba en 1951. Cursó estudios de nivel medio superior en música en la Escuela Nacional de Artes. Es Licenciado en Historia del Arte de la Universidad de La Habana y desde el año 2000 ha impartido clases como profesor adjunto del Departamento de Español y Portugués de Temple University, donde le otorgaron un Máster en Composición. Obtuvo el Premio de Música 13 de Marzo de la Universidad de la Habana como compositor en1975. "Presagios", Su primer libro de poemas recibe la Primera Mención del Concurso David de Poesía, de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, en 1979. En 1980 obtiene el Primer Premio David de Poesía UNEAC con el poemario "Cruzando mares", publicado en 1981 por Ediciones Unión. Posteriormente publica poemas en "Juventud Rebelde", "Caimán Barbudo", "Casa de las Américas", "Revolución y Cultura" y la "Gaceta de Cuba". Sus obras sinfónicas y de cámara han sido interpretadas por prestigiosas agrupaciones, tales como la Orquesta Sinfónica de Matanzas, la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba, la Orquesta de Cámara de La Habana, la Orquesta de Cámara Brindis de Salas y la Orquesta Filarmónica de la República Federativa Rusa. En 1982-1983 recibe el Premio EGREM al Mejor Productor Musical de Cuba por su obra discográfica con el grupo Irakere y el Cuarteto de Jazz de Chucho Valdés. Ha escrito música para documentales del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica (ICAIC) y para seriales y documentales del Instituto Cubano de la Radio y la Televisión (ICRT). En 1996 compuso la música de la obra de teatro Cuentos Negros de Lydia Cabrera, estrenada en el Teatro del Repertorio Español de la Ciudad de Nueva York, obra que gana el Premio a la Mejor Producción Musical de 1997 otorgado por la Asociación de Críticos de Espectáculos (ACE) de New York City. Para mayor información visite: www.elliriodelprado.com y www.eniolarecords.com.

Leave a Comment