El destino de los Soler

Written by on 9 abril, 2017 in Literatura, Novela - No comments
Literatura. Novela (capítulo).
Por Christian Echevarría…

Breve reseña de la novela La primavera del silencio
Emilio y Natalia son dos periodistas guatemaltecos que, sin saber, son reclutados por la Embajada de Estados Unidos a través de un periódico local y la fachada de un reportaje, para investigar y acercarse a algunos de los grandes líderes de los movimientos ciudadanos anticorrupción de Centroamérica. En una historia de intrigas, pasiones, amor y sexo, vinculan sus vidas de forma repentina en medio de una gigantesca crisis política al filo de un estallido social; deciden revelar el complot desde adentro, desatando un escándalo mediático con sus filtraciones que, además resultaron ser el detonante de una revolución que casi nadie esperaba. Su autor nos entrega una historia de ficción, pero de un tema muy actual que hace de este libro una lectura muy atractiva. 

 No había ninguna nube en el cielo. Una de las monjas llegó a su aula e interrumpió la clase de idioma español. Le susurró algo a su maestra, otra monja, y esta le pidió [a Natalia] que acompañara a la madre Beatriz a la dirección. Cuando preguntó qué ocurría, las monjas le devolvieron miradas de compasión y ninguna palabra. No tuvo más remedio que guardar sus cosas frente a la expresión angustiada de sus compañeras. La madre Beatriz la condujo a la oficina del padre Granados, y al llegar a la entrada, le pidió que esperara sentada sobre la banca de madera asignada a las visitas en el corredor de aquella casona colonial quetzaltecalos. La puerta entreabierta se abrió más con el aire. Ya sentada, dobló la cabeza hacia atrás para ver mejor hacia adentro y vio a su madre, estoica y desgarrada, sentada al filo de una silla, apretándose las manos sobre el regazo, rodeada por el padre Granados, y otra religiosa. El cura estaba inclinado frente a ella, benévolo, tratando de darle contención, mientras la monja le acariciaba el antebrazo izquierdo. Natalia vio entrar a la madre Beatriz a la dirección y la oyó avisar suavemente que ella ya estaba esperando afuera. En ese instante, presintió qué ocurría. Intentó perderse en el agua de la fuente del patio, pero no pudo. Cerró sus ojos verdes, tono de musgo, pero los abrió porque le dio miedo la oscuridad. Se inclinó de nuevo y vio que su madre asentía con dolor a las palabras del cura, tratando de no claudicar. Ya no escuchaba bien qué se decía. Ya no entendía nada… “La muerte nos engañó a todos”, pensó. No era como nos dijo papá, se suponía que solo estaba en los poemas que él leía, que se reía cuando le dábamos vino en Navidad y cuando brindábamos por los muertos. Se suponía que la vestíamos de cucurucho en Semana Santa y la maltratábamos en Viernes Santo… eso se suponía, ¡eso nos dijo!, y no que viniera así nada más… ¡Eso no fue lo que dijo papá!, se gritaba por dentro.

Natalia Soler tenía diez años, cuando su padre murió en un accidente de carretera. Siempre la acompañan las mismas imágenes de aquella mañana en el colegio cuando su madre llegó por ella, varias horas antes de lo normal.

Aquella mañana, Natalia se encontró con la muerte en los sollozos de su madre. La sintió implacable, sin memoria. Se levantó de la banca. Quiso salir corriendo, pero no se podía. Se sentó otra vez. Trató de perderse de nuevo en el agua de la fuente y no pudo. El padre Granados le lanzó una mirada certera e inmediata a la madre Beatriz, y esta salió al corredor por ella. Entraron juntas. La religiosa la envolvió fuerte con sus brazos, como sosteniéndola en medio de nada. A Natalia se le olvidó todo lo que estaba pensando y solo empezó a llorar. El cura iba a decir algo pero su madre se puso de pie primero, se acercó a ella separándolas a las dos de todos y le dijo tomándole las manos con fuerza:

—Natalia, mija. Mirá y escuchá, tu papá murió hoy temprano. Tuvo un accidente…

Así, conoció el silencio.

♦♦♦

El papá de Natalia se llamaba Sergi Soler. Fue el primer hijo nacido en Guatemala de una pareja de humildes exiliados catalanes republicanos, asentados en Totonicapán durante la Segunda Guerra Mundial. No solo fue el arquitecto más brillante de Quetzaltenango por varias generaciones, sino la dignidad hecha persona y destacado funcionario público. Natalia lo recordaba culto y consciente, aunque siempre con una sonrisa. Fue el sol absoluto de su familia y un eco constante, íntimo. Por años nunca supo de dónde venía la música invisible que siempre oía en las situaciones límites. Era él, don Sergi Soler.

Aunque desde el principio de su carrera como arquitecto estuvo cerca del poder, fue él quien lo definió con sus gestos y no al revés. Natalia siempre lo decía. Tal fue así, que pasados varios años después de su muerte, el poder aún tenía una gran deuda con él, y Natalia sin querer, sin saber, sin pedirlo, tendría que cobrarla.

♦♦♦

Calaba la noche en Quetzaltenango. Natalia salía de la tina de agua caliente del enorme baño de la casa de su madre. Se miró en el espejo empañado, desnuda. Iluminaba solo una pequeña lámpara que ella encendía siempre en lugar de la luz alta del techo. Así le gustaba. Con sus manos abiertas se lanzó todo su pelo denso y oscuro hacia atrás. Se puso una bata para darse calor en la piel. Sus ojos agudos de gata estaban contentos. De pronto oyó a su madre pasar por el corredor.

—¿Mamá? ¿Estás ahí? —preguntó Natalia.

—Sí mija —respondió doña Carmen Serena, deteniendo su camino hacia su cuarto—. Aquí estoy.

—Entrá. Te tengo noticias.

Su madre entró.

—¿Te lo dieron? —preguntó Doña Carmen.

—Solo digamos que de ahora en adelante iré de compras más seguido a la capital…

—¡Ay!, ¡yo sabía! ¡Te felicito, mija! Ese reportaje te va a abrir puertas…

—Sí, lo sé. Gracias mamá. Pero me preocupa Renato. ¿Creés que estará bien sin mí todos los días acá?

—Pero, ¿por cuánto tiempo te vas, pues?

—Cerca de tres meses, más o menos. No se sabe. Dependerá de cómo logremos contactar a la gente que tenemos que entrevistar y de cómo marche la investigación. Hoy en la tarde me llamó el director de La República. No me dijo a quién entrevistaremos aún, seguro me dirá después cuando llegue allá. Pero debe ser gente que vive en la capital, por eso la embajada preparó ya un apartamento para mi compañero y yo.

—¿Compañero? ¿Tendrás un compañero?

—Sí, mamá. Ya te lo había dicho, ¿te acordás? Tendré un compañero, ya fue seleccionado. Yo tomaré las fotos y él hará las entrevistas…

—¿Y quién es? ¿Es buena persona?

—No sé. No lo conozco personalmente. Es alguien conocido en el periodismo. Se llama Emilio Navarro.

—¿El periodista que escribía en la prensa? ¿Aquel que entrevistó al general Albino una vez?

—Sí, ¡cabal! Ése mismo.

—Bueno, se ve un tipo decente y bien preparado al menos. No parece cualquier tipo y es joven.

—Sí, lo es. Dicen mis amigos en la universidad y en el periódico que es el mejor entrevistador de Guatemala. El mejor, mamá. Eso me tiene emocionada. Puedo aprender mucho. Además, ya sabés cómo son los gringos, para ellos el que dos colegas de sexos opuestos compartan apartamento por asuntos de trabajo, no tiene nada de raro. Nada.

—Sí, pero que sea buen periodista no lo hace buen tipo. Tené cuidado, mija. Ya no se sabe. Ten mucho cuidado.

—Lo sé. Lo haré. Ya me sé cuidar sola. Tengo veintiocho. Además, tu hijita hermosa, que ves ahora mismo sonriente y eufórica, es una excelente fotógrafa. Lo dice el mismísimo director de La República. Me dijo que le gustaron mucho las fotos que le tomé al alcalde de acá y a Miss Guatemala el año pasado. Que reflejaban muy bien sus emociones internas, que tengo potencial.

—Eso no se discute —respondió Doña Carmen, sonriendo—. Tenés el ojo de tu tata.

—El ojo, el corazón, las nalgas planas… pero decime, aún no has contestado mi pregunta, ¿creés que Renato estará bien sin mí todos los días?

Doña Carmen tomó otra toalla y empezó a secarle el pelo a Natalia, poniéndose detrás de ella y viéndose las dos al espejo. Eran idénticas.

—Bueno, mija, yo estoy aquí. Yo soy su abuela. Renato es un niño inteligente. Ya es casi un adolescente. Estoy segura que estará bien. Además, esta oportunidad es lo que estabas buscando, ¿verdad? Yo creo que si vos estás bien, él está bien. Tus hermanos y yo estaremos pendientes como hasta ahora. No te preocupés. Además, si no hay otra salida, supongo que vendrás los fines de semana sin falta, ¿verdad? La capital no está lejos. Son solo doscientos kilómetros.

—Sí, pero Renato nunca ha estado lejos de mí tanto tiempo. Sabés que es muy sensible. Además, ya no quiero abusar de mis hermanos. La Montse se va a casar y Juan y Pancho tienen sus problemas. Esta vez es distinto. Ya no quiero sentir que me aprovecho de ellos. Ya no. Renato es mi hijo, es mi responsabilidad, y sabés muy bien que con el idiota del papá no se cuenta para nada.

—Eso ni lo menciones, por favor. Te lo he dicho muchas veces. Pero mirá pues: Sobre tus hermanos y yo, vos sabés que a Renato lo queremos como si fuera hijo nuestro. Somos familia, entendelo. Vos concentrate en el futuro inmediato, en hacer buen papel en este trabajo. Solo procura estar pendiente del niño y ya. Él entenderá, estará bien. Esto te lo merecés. ¡Ay mija, tu papá estaría feliz!

—Y hablando de mi papá, ¿conocés al padre Santiago Aramburu?

Silencios…

—¿Santiago Aramburu? ¿Un cura español? ¿No es ese el decano de tu facultad?

—Sí, es él. ¿Lo conocés? Trabajó con papá cuando este fue ministro de Fomento.

Doña Carmen guarda silencio por unos segundos

—Sí. Lo conozco. ¿Por qué la pregunta?

—Tranquila. No quise molestar. Te pusiste tan seria de repente.

—No, estoy bien. No pasa nada. Pero ¿por qué la pregunta?

—Por nada importante. Es que el director de La República lo conoce muy bien y sabe quién fue mi papá, aunque no lo conoció, claro. Sabe que trabajaron juntos para el Gobierno. Solo eso. Yo estaba chiquita. Seguramente cuando vio en mi expediente que estudio periodismo en la Católica, le llamó la atención. Es que como siempre nos hablás de qué hacía mi papá en la política, pues pensé que lo conocías, aunque nunca lo has mencionado. Yo no sabía que papá trató de cerca con el padre Aramburu, lo supe por Martín Jurado. Ese cura es un genio y es muy carismático. Cuando lo vea se lo diré. Le dará gusto.

—Ya, entiendo. De todos modos mija, tratá de ser más discreta, sabés que no me gusta que se ventilen cosas familiares fuera de casa. Mejor no comentés nada.

—Pero no creo que haya nada de malo, ¿o sí?

—Es que ese cura Aramburu es un sinvergüenza. A tu papá no le caía bien. Lo trataba, porque era parte de su trabajo, pero nada más.

—¿En serio? Pero, ¿por qué un sinvergüenza?, ¿qué pasó?

—Nada, mija. Cosas de la política. Aramburu es un político hábil y los políticos no son gente honesta. Son esa clase de gente. No te digo nada que no sepas o que no te diría tu papá. Como vos misma decís, ya tenés veintiocho, ¿verdad? Solo te pido que no comentes nada con él ni con nadie, y menos sobre tu papá o cosas de la familia, ¿entendés? Y no me extraña que el director de La República conozca bien a Aramburu. Esa gente se sabe todos los pasos. ¡Ay, mija!, ¿ves lo que te digo? Por favor, tené cuidado. Ya empezamos mal.

—No, tranquila. Perdón por preguntar. No diré nada. Seré una tumba.

—¿Y vas a renunciar en El Altense? Esta semana arranca tu nuevo semestre en la universidad, ¿vas a seguir?

—Sí, renunciaré pronto. Y tomará unas semanas aún empezar con el reportaje. Arrancaré el semestre. Por cierto, ¿sabes quién será mi catedrático en el nuevo curso? —preguntó Natalia, lúdica.

¿Quién? —respondió Doña Carmen, ya ligeramente preocupada.

—Mi nuevo y flamante compañero, don Emilio Navarro en persona.

—Que Dios y tu papá te guíen…

♦♦♦

Natalia era hermosa como la rabia juvenil. Todos los eneros, desde que se había divorciado de Manuel García —el pusilánime alcohólico que la embarazó en la adolescencia y con quien estaba predispuesta a una relación de codependencia ambivalente—, sufría ante su conciencia por el porvenir de Renato, nunca reconocido como hijo legítimo. Pero solo sufría un poco. Natalia era una de esas adolescentes tardías, eternamente enamorada del amor, que había construido su universo con las sensaciones que le daba su piel como materia prima. No había nada más y no hacía falta. Leía a Julio Cortázar y hasta llevaba siempre en su bolsa un pequeño ejemplar de Rayuela. Todos sus amantes permanecían bajo el más estricto secreto. Quetzaltenango era una ciudad creciente que se empeñaba en seguir pequeña y feudal. Natalia era una máscara bucólica de buenas costumbres, que ocultaba un animal libidinoso y pervertido. Era brillante y carismática. Magnífica amiga y ágil conversadora. Tenía muchos amigos varones para todo tipo de intención, con los que le atraían físicamente, entablaba largas y vanas tertulias sobre filosofía y política en cualquier restaurante y café. Ese ritual le servía como excusa y maquillaje ante la ciudad y ante sí misma, para ocasionalmente fornicarles con desenfreno. Con los demás, los ya muy viejos o feos para llenar su necesidad estética, practicaba sustitutos del sexo como sesiones fotográficas o paseos por el parque, haciéndose acompañar siempre por un chaperón para evitar malos entendidos y romper corazones. Nunca lo lograba, siempre los rompía…

[Capítulo de novela, “El destino de los Soler”, del autor Christian Echeverría enviado por Unos & Otros Ediciones]

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